Relatos Salvajes: Los inicios

A mí a cada rato cuando estoy contando algo que me ha pasado me dicen – ¡ay, tú deberías escribir un libro!-. Como si las cosas que yo cuento mereciesen estar en un libro. Ya bastante mala literatura hay en las librerías y estanterías del mundo para que yo contribuya a una causa con la cual no simpatizo. Dicho esto, tras mucho pensarlo sí que creo que algunas de las historias disparatadas de las que he sido partícipe -voluntaria e involuntariamente- son dignas de ser contadas, aunque sólo sea para la lectura, crítica, risas, deleite y decepción de un grupúsculo de amigos.

Muchos de los que ven mis fotos de viajes no tienen ni idea de cómo fue que yo empecé a viajar y ahora no voy a contar todos los detalles, eso lo dejo para otro capítulo. Pero créanme, llegar de A a B no fue precisamente un trayecto recto o fácil, algunos viajes tuvieron tintes épicos –OK, estoy exagerando- pero con ello quiero decir que muchas de estas aventuras que voy a narrar fueron el resultado de una gran curiosidad y voluntad por salir a conocer el mundo a pesar de las dificultades pecuniarias y legales que me acompañaban.

Seguramente estarán de acuerdo conmigo en que todos los viajes son especiales, ahora bien, esos primeros viajes, al recordarlos, están recubiertos de una pátina especial que el paso del tiempo no hace más que reforzar hasta convertir un recuerdo mundano en algo legendario. Y eso es precisamente lo que ocurre con estos recuerdos y con este viaje.

Por allá por el año 2002 se me metió en la cabeza viajar a Italia. Digo se me metió en la cabeza porque era más fácil que hubiera elegido un destino más cercano, dentro de la misma España, o que hubiera ido a Francia que está, como quien dice, allá al lado.
Para ponerlos un poco en antecedentes, a finales del 2002, cuando empieza esta historia, yo acababa de cumplir 21 años, llevaba 3 años y pico en España y mi situación legal no era tal, vivía indocumentada con un pasaporte que no valía nada. Pero nada de esto fue óbice para viajar, ya sé, qué locura, si me cogían podían enviarme de vuelta a esa isla que flota a la deriva en el Caribe, pero bueno, no siempre el sentido común se ha impuesto en mis decisiones.

Así que en aquella época -recordemos, 2002, pre Google, Youtube, cuando aún no existían vuelos low cost, ni más hostels que los de la Asociación de Albergues Juveniles, cuando apenas se encontraba información online sobre destinos, alojamiento, y aún estábamos perdidos en la conversión de las monedas locales al recién estrenado euro- yo decidí que me iría a Italia. El cómo aún no lo sabía, pero la semilla del viaje había sido plantada.

La idea inicial era pasar varias semanas viajando pasando por Milán para visitar a unos amigos, de ahí a Venecia, luego Florencia, Pisa y Roma. Un circuito bastante clásico y trillado lo sé, pero raramente alguien va por primera vez a Italia para ver Ancona o Bari –que también habría que verlas- pero en otro viaje. Yo fantaseaba con incluir Rávena en mi recorrido y ver los mosaicos de San Vital o el Mausoleo de Gala Placidia –creo que ahora tendría que aclarar que por aquella época yo estaba en mi segundo año de Historia del Arte, motivo de peso para que quisiese ir a Italia- pero el presupuesto aniquilaba cualquier tentativa de ampliar el recorrido.

Julio y yo –ah por cierto, este viaje no lo hice sola, pero ya hablaré más adelante de Julio y le daré su justo peso en esta historia- pensamos en ir en coche, así tendríamos más libertad para movernos y hasta podríamos dormir en aquel viejo Ford Fiesta del 77 para ahorrar dinero. Pero el frío extremo que hizo ese diciembre, la nieve que dificultaba nuestro camino, y la experiencia del viaje a Portugal en coche –en el que tuvimos que parar a cada rato porque el motor se calentaba, nos tuvo que recoger la grúa a medio camino para reparar no sé qué, y la vuelta desde la frontera portuguesa la tuvimos que hacer en un taxi, por suerte cubierta por el seguro- nos hizo desistir de la idea romántica de pasearnos por Italia en un coche antiguo cual si fuéramos Marisa Tomei y Robert Downey Jr. en aquella película llena de clichés en la cual la vida en Italia parece un viaje al edén.

Tras muchas pesquisas, algunas por aquella Internet que iba lenta, conectada por un cable a un módem cuyo ruido al conectarse recuerda los ruiditos de R2 –creo que me estoy poniendo nostálgica-  y otras yendo a la estación de tren y haciendo llamadas telefónicas, decidimos que iríamos en bus hasta Barcelona y desde ahí cogeríamos trenes nocturnos, de los que paran en cada estación y tardan siglos en llegar a cualquiera que sea su destino, pero que eran increíblemente baratos para aquellos tiempos.

Una vez decidido el recorrido y el medio de transporte, quedaba por averiguar dónde dormiríamos. Como ya dije, era en una época en la cual viajar aún era un lujo y las opciones de alojamiento eran más bien caras, encontrar habitación barata en Venecia, Florencia y Roma podía convertirse en la búsqueda de la piedra filosofal. Pero aquellos que me conocen saben que yo tengo, o tenía, una voluntad de acero –el hierro se oxida- y a eso hay que añadirle mi debilidad por los desafíos. Así que con tremenda paciencia empecé a buscar alojamiento en Venecia, nuestra segunda parada en el viaje, pues en Milán nos quedaríamos en casa de unos amigos.

Y así fue como pasé varias semanas buscando en páginas de affittacamere en Venecia, que en aquella época iban desde alquileres de cuartos en casas particulares a pensiones y un largo etcétera de opciones difíciles de clasificar.

Y di con el lugar ideal. O con el precio ideal. Una habitación para dos personas en un apartamento detrás de la Plaza San Marcos. El precio: 30 euros la noche. Repito: detrás de la Plaza San Marcos, 30 euros la noche.
Créanme, era mejor de lo que esperaba encontrar. Recuerdo hablar con la propietaria por teléfono, en mi recién estrenado italiano y preguntarle varias veces cuánto costaba porque no podía creer que hubiese dado con semejante ganga. Para los que no saben cómo era hospedarse en Venecia en aquella época les contaré que dormir en algún lugar -ni tan siquiera decente- no bajaba de los 80 euros la noche y ello quizá en Mestre, no en Venecia. Así que imagínense mi alegría al pensar que 5 noches en Venecia nos saldrían por 150 euros, o lo que es lo mismo, 75 cada uno. Sólo quedaba saber si el lugar era decente, pero qué nos importaba, éramos jóvenes, estábamos enamorados y nos íbamos a Italia.

Y fue así como con algunos cabos sueltos emprendimos nuestro viaje unos días después de mi vigésimo primer cumpleaños y con todos mis ahorros de los últimos meses.

Esas primeras horas en el tren, de noche, no podíamos ni queríamos dormir para no perder detalle. Hubo que bajar en Port Bou para cruzar a Cerbére, en la frontera con Francia. La noche se hacía eterna mientras esperábamos el próximo tren aguantando el frío ¡pero era tan vivificante! Es curioso cómo a veces al cruzar una línea imaginaria en apenas 3 pasos te emociona estar en otro lugar cuando en realidad estás en el mismo, sólo cambian los nombres, a veces las leyes, la lengua, pero el sol no calienta más del otro lado de la frontera, tampoco el aire es más puro y si el corazón late más rápido es producto de la emoción, o de los nervios porque ves acercarse a los gendarmes y ese puede ser el final del viaje tal y como tú lo tenías pensado.
Luego llegaron los pueblos dormidos en la costa mediterránea francesa, pueblos que ni sabíamos que existían y que están ahí desde el principio de los tiempos. Y así, hasta Ventimiglia a la mañana siguiente.

Viajar en tren tiene todos los ingredientes para construir un gran recuerdo, uno de esos que hace que tu viaje parezca una película memorable. Viajar en tren es romántico, es lento, el tiempo se dilata y el espacio se convierte en una sucesión de paisajes que no siempre cambian mientras el traqueteo de los vagones y el murmullo de los pasajeros que suben y bajan aportan monotonía a la aventura.

Pero volvamos a la historia en la cual estamos en Ventimiglia, en la frontera mediterránea entre Francia e Italia a la mañana siguiente. Empezaba nuestro itinerario hacia Milán que no era más que una parada técnica para alcanzar Venecia y nuestra habitación detrás de la Plaza San Marcos por el módico precio de 30 euros la noche.

 

Continuará…

 

 

El viaje más largo

Tras 10 meses sin escribir en el blog pensé que quizá debía dar una explicación a aquellos fieles seguidores -que no son muchos, pero no por ello dejan de ser importantes- por esta ausencia tan prolongada que además no fue anunciada. O quizá este post sólo es el medio para hacer catarsis.
El viaje más largo hace referencia a un viaje, no a uno de los que estáis acostumbrados a leer por aquí, este es un viaje con un destino incierto, como lo es la propia vida.
El pasaje me llegó inesperadamente un 31 de marzo de 2014 cuando mi padre me llamó para decirme que mi madre estaba en el hospital porque había sufrido un derrame cerebral y había que operarla. Ha sido el momento más difícil de mi vida, esa ha sido la llamada que más he temido durante los años que he pasado de saltimbanqui de un lado a otro. Y llegó como llegan todas las cosas buenas y malas, sin que las esperes. Esta vez la distancia geográfica no era tanta, pero la incertidumbre del momento, el coger un tren en medio de la noche y pasar toda la madrugada sin tener noticias hizo de este viaje el más largo y triste de toda mi vida. Cuando finalmente llegué a mi destino tuve la inmensa suerte de volver a ver a mi madre antes de que su vida y la mía cambiaran para siempre. Mi madre sobrevivió a la operación y durante la primera noche que pasó en reanimación me quedé en el hospital, pensaba que si estaba cerca, nada malo podría sucederle. Cuestiones o no del azar la sala de reanimación y la de parto estaban muy cerca, y esa primera noche que me quedé sentada esperando a que pasasen las horas veía cómo llegaban los futuros padres nerviosos, asustados pero muy ilusionados, mientras también llegaban los celadores del hospital a trasladar a alguien cuyo tiempo se había acabado. El ciclo de la vida en apenas 5 metros de distancia.
Tras 18 días en el hospital comenzó una nueva aventura para nosotras, el camino a la rehabilitación, a intentar volver a armar el rompecabezas que era mi madre empeñándonos en que todas las piezas encajasen de nuevo y el rompecabezas resultara en el mismo dibujo.
Una vez más volví a cambiar de domicilio, esta vez no fui a vivir a otra ciudad, no había mucho que contar del paisaje, el idioma, las costumbres. O lo había, pero no quería contarlo.
La nueva realidad era un pabellón de hospital dedicado a pacientes afectados por daño cerebral. Y sí, fue muy duro, muy emotivo, pero también muy enriquecedor. Los tres meses que pasé en el hospital llenaron de matices ese inmenso lienzo que es el paso de la vida. De repente cada pequeño momento se convierte en algo trascendental dentro de nuestra cotidianidad que deja pasar tantas cosas desapercibidas. Y aunque suene a frase manida, las pequeñas cosas adquieren una relevancia que no podías imaginar en tu anterior vida. Todos sabemos que nuestro tiempo aquí es tremendamente finito, pero me atrevería a decir que la mayoría de nosotros no actuamos consecuentemente. Postergamos los sueños, vivimos anhelando algo que no llega, y el aquí y ahora no suele ser con lo que más disfrutamos. Somos animales de costumbres, y estamos demasiado acostumbrados a hacer planes, a vivir en una proyección de un futuro que puede llegar o no.
Curiosamente, el lema que hace años escogí para este blog tiene mucho que ver con todo esto: porque la vida es el viaje más largo, porque para mí viajar es algo más que cambiar de geografías, y no hay mejor viaje que el que empezamos cada día sin saber en qué estaciones bajaremos o cuáles serán los pasajeros que nos acompañen.

Esperemos que el viaje sea largo, y si no lo es, que al menos sea intenso para que cuando lleguemos a la última estación nos bajemos satisfechos del recorrido.

Priego de Córdoba, para no perdérselo

Si digo aquí que este es uno de los pueblos más bonitos de España -al menos que yo haya visitado- seguramente pensarán que exagero y que siempre digo lo mismo. Hace unos meses, otorgué a Frigiliana ese honor, lo cual no impide que siga añadiendo lugares a esa lista, que dicho sea de paso tengo que actualizar.

Priego, en la provincia de Córdoba, es una de esas paradas obligadas en cualquier viaje por el interior de la provincia, pero también es accesible en poco tiempo desde Granada, Jaén, Sevilla o Málaga. Su localización en un cruce de caminos es lo que hizo a esta preciosa villa un lugar tan codiciado en épocas remotas. Fundada por los primeros invasores musulmanes en el siglo VIII, caerá definitivamente bajo dominio cristiano en el siglo XIV y tendrán que pasar dos siglos para que la ciudad vuelva a alcanzar un período de esplendor que se tradujo en la prolífica construcción de edificios religiosos y civiles de apariencias y formas manieristas, barrocas, rococós y neoclásicas. La preciosa Iglesia de la Asunción, con un sagrario rococó que puede causar tortícolis al intentar apreciar todos los detalles de la cúpula y el friso que la recorre, es junto a la Iglesia de la Aurora uno de los imprescindibles en una visita a la ciudad.

Sagrario rococó de la Iglesia de la Asunción

Sagrario rococó de la Iglesia de la Asunción

Cúpula del Sagrario, Iglesia de la Asunción

Cúpula del Sagrario, Iglesia de la Asunción

Iglesia de la Aurora, Priego de Córdoba

Iglesia de la Aurora, Priego de Córdoba

Fachada de la Iglesia de la Aurora, Priego de Córdoba

Fachada de la Iglesia de la Aurora, Priego de Córdoba

Para no perderse también está el pintoresco Barrio de la Villa, antigua barriada musulmana con casas -¿cómo no?- encaladas y con macetas con flores adornando sus fachadas. No hay que olvidar que estamos en Andalucía, en Córdoba, provincia por excelencia de los patios y del buen gusto en cuanto a decorar con plantas se refiere. Este pequeño e intrincado barrio te hace sentir en un laberinto, y ese es uno de sus mayores encantos, pues cuando menos te lo esperas te encuentras con joyitas como la Plaza de San Antonio, una recoleta placita que hace las delicias de cualquier visitante. 

Plaza de San Antonio, Priego de Córdoba

Plaza de San Antonio, Priego de Córdoba

Plaza de San Antonio, Priego de Córdoba

Plaza de San Antonio, Priego de Córdoba

Ventana en el Barrio de la VIlla, Priego de Córdoba

Ventana en el Barrio de la VIlla, Priego de Córdoba

Barrio de la Villa, Priego de Córdoba

Barrio de la Villa, Priego de Córdoba

Bordeando el Barrio de la Villa se encuentra el Balcón del Adarve, un balcón natural que se abre sobre un mar de olivos y que actúa como mirador de gran parte de los alrededores de la ciudad. En su parte noroeste se acerca al Castillo de Priego, fortaleza musulmana que luego sirvió de castillo cristiano y que desgraciadamente no se encuentra en muy buen estado de conservación -sobre todo teniendo en cuenta la cercana Fortaleza de la Mota en Alcalá la Real, tan bien conservada- pero sí que vale la pena subir a uno de los extremos de la muralla para tener magníficas vistas del perfil de Priego.

Vistas desde el Balcón del Adarve, Priego de Córdoba

Vistas desde el Balcón del Adarve, Priego de Córdoba

Una de las torres del castillo de Priego de Córdoba

Una de las torres del castillo de Priego de Córdoba

Entrada al castillo, Priego de Córdoba

Entrada al castillo, Priego de Córdoba

Plaza de Santa Ana, frente al castillo, Priego de Córdoba

Plaza de Santa Ana, frente al castillo, Priego de Córdoba

Detrás del Castillo encontramos las Carnicerías Reales, matadero y mercado de la carne del siglo XVI, en muy buen estado de conservación que alberga una pequeña exposición. Más abajo, en la Plaza de San Pedro y luego en la Calle de San Juan de Dios, localizamos dos bonitas iglesias barrocas dedicadas a los santos ya mencionados. Un paseo también merecen las calles Río, Carrera de Álvarez o la Carrera de las Monjas, todas con magníficos ejemplos de casas señoriales con un genuino aire andaluz.

Casa señorial, Priego de Córdoba

Casa señorial, Priego de Córdoba

Paseando por la calle del Río se llega a las famosas Fuente del Rey y de la Salud, dos fuentes monumentales de épocas diferentes que dan un carácter regio a la villa de Priego.

Fuente del Rey, Priego de Córdoba

Fuente del Rey, Priego de Córdoba

Fuente del Rey en primer plano y Fuente de la Salud al fondo, Priego de Córdoba

Fuente del Rey en primer plano y Fuente de la Salud al fondo, Priego de Córdoba

Y si aún se tiene ganas de seguir paseando, subir a la Ermita del Calvario es el final perfecto, pues desde arriba puede verse toda la ciudad, con sus blancas casas y sus campanarios de piedra (lástima que mi cámara se quedara sin batería y no pudiera sacar fotos, una excusa para volver a Priego).

 

 

 

 

 

 

 

Berlín por una gran poetisa cubana

Atardecer desde Warschauer Straße

Siempre me quedará Berlín

Berlín, amada ciudad, refugio y adalid, donde reposan todas mis verdades… inconmensurable espacio donde los pasos trituran el tiempo y luego se diluyen…
donde las sombras caen en ese minuto que late, del día que es noche, de noche que ya es día…
Quisiera hablarte ciudad de mis cuitas viejas y nuevas en soliloquio alegre pero me vuelvo una brasa que se aleja de tu realidad y se consume en el pedestal de un sueño incesante, de una psicopatía…
Ciudad de reflectores sonámbulos, de charcos de nieve callados, te veo desde el puente de todas mis miserias… te leo y escribo mientras hablo contigo, que es hablar conmigo… y vuelvo a ese instantáneo simulacro de la sonrisa del paseante… desde mi ventana…
El río oscuro corre bajo el puente de dolores que me está prometido…..
tal vez se aleje, poco a poco… todo corre, fluye, suave río… como fluyen las horas y los amores… que no son o que no fueron nunca amores… que son puentes como las palabras… que danzan atadas con su cadena de nombres… Berlín: si te hablo a tí es porque me hablo a mí misma… porque soy la mujer que has hecho de mí ahora, delante del soplo de un espejo… y no encuentro la sonrisa que me prometías… sólo sombras y el río cayendo a mis pies…
Es una invitación a saltar, descender a otro silencio… ?
Todo se disipa en el aire… en el tiempo… Todo… El dolor y el amor… que no era sino deseo espoleado por el deseo, llaga avivada por más laceraciones, celos hincados por la rabia, la soberbia de las palabras fingidas y las no dichas… la quimera de los estupores guardados, de las ansiedades que se convierten en única virtud…
Todo se disipa en el aire y en el tiempo. Todo… Hasta la propia muerte… Sólo el epitafio queda, eterno, en su jeroglífico de autodestrucción.

María Ares Marrero

 

Centrál Kávehaz, el esplendor de los cafés centroeuropeos

Exterior del Céntral Kávehaz en Budapest

Exterior del Céntral Kávehaz en Budapest

No sé si a alguno de los que me lee le pasa como a mí, pero yo cuando pienso en los países centroeuropeos siempre vienen a mi mente ciertas imágenes que las hago comunes a todos: grandes urbes históricas y monumentales rebosantes de actividad cultural, palacios barrocos por doquier, los ríos Moldava y Danubio, las buenas cervezas y mejores sopas, los pueblos recoletos que parecen detenidos en el tiempo, las escenas, en definitiva, que quizá arquetípicamente hemos construido en nuestra imaginación sobre cómo serían estos países, ya fuera a través de la lectura, del cine o de las postales que nos enviaban desde allí. Y si bien todas estas cosas podrían no ser ciertas, para mí si hay algo que unifica a Europa Central: sus cafés, que bien han tejido gran parte de la historia de estos pueblos. Uno de estos emblemáticos cafés que materializa mi idea de un otrora ambiente intelectual, creativo, bullicioso, hijo de una época de cambios en Europa en general, y en Europa Central en particular es el Centrál Kávehaz de Budapest.
Si alguien me hubiera preguntado que cómo me imaginaba un gran café, elegante, centro de reunión de escritores y pensadores de finales del XIX en Hungría, no habría sido tan certera. Y es que el magnífico Café Central (como lo traduciríamos en castellano) que abrió sus puertas en 1887, pronto se convirtió en toda una institución de la cultura húngara, una cultura, la húngara, que buscaba que se reconociese su identidad dentro de un imperio tan vasto y variopinto gobernado estrictamente desde Viena. Fruto de ese constante ir y venir de intelectuales que prácticamente viven en el café nace la famosa frase de: mi café es mi castillo, acuñada por el escritor húngaro Dezső Kosztolányi que hábilmente estaba parafraseando a un sir y jurista inglés, Sir Edward Coke, cuando dijo aquello de: mi casa es mi castillo. Volviendo a Kosztolányi, no exageraba al hablar del café como su castillo o fortaleza pues muchos de sus colegas y otras personalidades de la época pasaban gran parte del día aquí bebiendo café, comiendo, discutiendo y creando. Entre otros, será aquí donde comience sus andaduras la revista literaria A Hét (La semana) la cual será la principal publicación de este tipo a principios del siglo XX en Hungría y cuyo relevo tomará Nyugat* (Oeste) otra publicación literaria que marcará a toda una generación de poetas, escritores e intelectuales del país magiar y que también nacerá en el Centrál Kávehaz.

El Céntral Kávehaz a finales del XIX

El Centrál Kávehaz a finales del XIX

Céntral Kavehaz hoy en día

Centrál Kavehaz hoy en día

Las lámparas son magníficas

Las lámparas son magníficas

Así las cosas, este precioso café avanza en el siglo XX adaptándose a las nuevas tendencias que llegaban desde Estados Unidos en cuanto a ambiente y decoración de cafés se refiere, pues se abren nuevos establecimientos en la capital del Danubio llenos de espejos y mármoles intentando emular al magnífico Café New York, que abierto unas años después del Centrál Kávehaz era su más estricta competencia en cuanto a belleza y círculos literarios. No voy a entrar en la “disputa” de cuál es más bonito, es cuestión de opiniones. A mí la elegancia del Central me gusta más que el boato del New York, es cuestión de gustos, y también de bolsillos, pues el Central sigue siendo accesible a todos y el New York se ha vuelto demasiado caro.

El Central de noche, foto tomada de la web del Café

El Central de noche, foto tomada de la web del Café

Como os podréis imaginar, las andaduras del Centrál Kávehaz irán viento en popa hasta la llegada del Comunismo a Hungría, cuando se nacionaliza la propiedad privada el café será cerrado hasta que lo vuelven a abrir como comedor para obreros en los años ’60. Con los años cambiará de uso y aspecto, cayendo, como muchos otros magníficos edificios en el olvido y total abandono. Afortunadamente en 1999 el café fue comprado por un magnate húngaro y devuelto a su esplendor y refinamiento de antaño. Si bien algunas cosas han cambiado entre el café original y el actual, sí que se ha conservado la rusticidad refinada de sus primeros tiempos y actualmente, la madera, que fue elemento predominante en el Café sigue siendo la auténtica responsable de esa sensación de calidez incluso cuando afuera hace tanto frío. Las lámparas de la apertura, mucho más barrocas, han sido sustituidas por otras menos recargas pero igualmente hermosas. Quizá el conjunto ha perdido el eclecticismo de esos primeros años a finales del XIX para adaptarse a un gusto más de la época actual.

Detalle del techo y la lámpara, foto tomada de la web del Café

Detalle del techo y la lámpara, foto tomada de la web del Café

Detalle, foto tomada de la web del Café

Detalle, foto tomada de la web del Café

En cualquier caso, el Café Central continúa siendo un lugar ideal para reposar, tomarse un buen café y un exquisito pastel, o probar la no tan conocida comida húngara mientras se disfruta de las magníficas piezas de piano que se tocan en vivo*.

 

*Muchos creen que la revista Nyugat se fundó en el Café New York pero no fue así, será el Centrál Kávehaz el lugar en el cual se funde. Años después los intelectuales de la Nyugat se reunirán en el Café New York, hasta 1920 cuando vuelvan a elegir al Centrál como castillo inexpugnable.

*Desgraciadamente la mayoría de las fotos que hice con mi cámara se ven movidas o con poca nitidez, de ahí que haya utilizado algunas fotos de la página del Café.

Si te ha gustado esta entrada, puede que quieras saber más sobre Budapest.

Budapest y el Art Nouveau

Damnatio Memoriae y Memento Park

Resort o cómo hacer un café a partir del reciclaje

Eso es lo que es el Resort, un café-bar en el centro de Varsovia que no dejará a nadie indiferente por la gran creatividad de la que hace gala.

Reutiliza, reduce, recicla, el lema del Resort

Reutiliza, reduce, recicla, el lema del Resort

Si bien no entra en la categoría de los cafés más lindos del mundo que he visto, sí que está entre los más originales y creativos de los que he encontrado viajando.

Barra hecha de libros

Barra hecha de libros

Los libros son los materiales con los cuales se hizo el mostrador

Los libros son los materiales con los cuales se hizo el mostrador

Un mostrador hecho con libros, lámparas que no son más que tambores de lavadoras, una bañera cortada y con cojines hace de sofá, un carrito de compra recortado para hacer de él un asiento o butacones hechos de tubos de cartón son algunos de los elementos reciclados que nos dejarán asombrados porque quizá nunca antes los vimos como otra cosa ni con tantas posibilidades de encajar dentro de un café.

Carritos de la compra convertidos en silla

Carritos de la compra convertidos en silla

Interior del Resort con bañera-sofá

Interior del Resort con bañera-sofá

Butacas hechas con tubos de cartón, bien ergonómicas por cierto

Butacas hechas con tubos de cartón, bien ergonómicas por cierto

Tambor de lavadora convertido en lámpara

Tambor de lavadora convertido en lámpara

En una pared hay un gran mapa de Varsovia del cual salen flechas con artículos sobre lugares que visitar, un detalle muy original y didáctico para el que está por primera vez en la ciudad. En los baños, un dispensador de papel nos recuerda que debemos gastar papel con responsabilidad al ver una imagen de Sudamérica y el istmo centroamericano con la deforestación causada por el consumo de papel en el mundo.

Mapa con información sobre la ciudad

Mapa con información sobre la ciudad

Dispensador de papel para concienciar sobre cómo afecta el consumo a nuestro planeta

Dispensador de papel para concienciar sobre cómo afecta el consumo a nuestro planeta

El Resort incluye barra, mesas, área de juegos para niños, todo ello en un ambiente muy relajado e informal, en el cual los perros son bienvenidos.

Área para que los niños juegen

Área para que los niños jueguen

El interior es muy luminoso pues los ventanales abundan

El interior es muy luminoso pues los ventanales abundan

No sólo se sirven cafés o refrescos, también cócteles y bebidas con alcohol, y platos simples como pizzas, sándwiches, además de postres.

Así que sabéis, si os gusta el reciclaje, en el Resort os sentiréis como pez en el agua.

Maître Café y Bistro, Leipzig

Hace ya casi dos años caminando por las calles de Leipzig encontré este precioso café y restaurante todo-en-uno que sobresale por su esmerada decoración. Era tarde y ya había cenado pero me propuse volver al día siguiente a desayunar. Menos mal que lo hice! Al entrar en el Maître Café me sentí en una época anterior, entre las sinuosidades del Art Nouveau y alguna otra época más cercana pero aún lejana en el tiempo. Mis ojos gozaban con tanto detalle, molduras, puertas y suelos restaurados, vidrieras de colores, mostrador recuperado de esa otra época, botellas extrañas, carteles, lámparas redondas. Enseguida me puse a hacer fotos y a leer sobre la historia de tan exquisito lugar.

Interior del Café Maître

Interior del Café Maître

Café Maître con sus magníficas puertas art nouveau recuperadas

Café Maître con sus magníficas puertas art nouveau recuperadas

Magníficos vitrales

Magníficos vitrales

Resulta que el Maître comenzó sus andanzas (bajo otro nombre y propietario) por allá por 1903 como café y pastelería y fue decorado en el estilo que por aquellos años tanto éxito estaba teniendo por toda Europa, el Art Nouveau o Jugendstil, como se conoce en Alemania. Posteriormente la decoración fue cambiando según quien administraba el café que estará abierto sin interrupción hasta 1987, aunque a veces sólo continuaba la pastelería como negocio y el café permanecía cerrado. Serán los actuales propietarios -que en 1987 compran el café- los que redescubran los tesoros que hay en el actual Maître que será restaurado y devuelto a ese esplendor de otro tiempo hace apenas 3 años. Entonces salieron a la luz esas molduras, se recuperaron mesas con cubierta de mármol, sillas de madera curvada al gusto de la época. El resultado es cum laude para la estética. Los grandes ventanales y su posición privilegiada en una esquina permiten que puedan admirarse los detalles con más nitidez.

La decoración del Maître es de las más logradas que he visto

La decoración del Maître es de las más logradas que he visto

Las lámparas me fascinan

Las lámparas me fascinan

Espacios diferenciados en el café-restaurante

Espacios diferenciados en el café-restaurante

Detalles

Detalles

Puerta original restaurada

Puerta original restaurada

Como ya he comentado, el Maître es café y restaurante, y además justo al lado tiene una pastelería también parte del negocio que es la que suministra los pasteles y croissants al restaurante. Cualquiera pensaría que desayunar o cenar aquí es un lujo por el aspecto del lugar o de sus camareros uniformados, pero los precios son otro de los motivos por los cuales desayunar o comer en el Maître. Un desayuno con croissant, mermelada y café con leche cuesta 5 euros, es el precio estándar que se paga en Alemania, un país en el cual el desayuno a veces sale tan o más caro como un menú de mediodía. En el caso de la comida, el Tagesgericht o plato del día sale por 6 euros y suelen tener raciones abundantes de un plato único, a veces pasta, otras lentejas, pescado o carne, en internet tienen colgada la carta del mes para uno saber qué es lo que toca. En cambio la cena es más elaborada y los precios son más o menos como los de cualquier restaurante en Alemania y más barato que muchos en España, con costillas de cordero por 11 euros, entrecot de ternera por 17, para hacernos una idea. Los vinos, todos franceses, tienen una buena relación calidad-precio.

Mi desayuno estaba buenísimo

Mi desayuno estaba buenísimo

Exterior del Café Maître

Exterior del Café Maître

Exterior del Maître

Exterior del Maître

En cualquier caso y si se pasa por la Karl-Liebknecht-Strasse aunque no tengáis previsto comer allí, asomaos al Maître, vuestros ojos lo agradecerán.