Berlín por una gran poetisa cubana

Atardecer desde Warschauer Straße

Siempre me quedará Berlín

Berlín, amada ciudad, refugio y adalid, donde reposan todas mis verdades… inconmensurable espacio donde los pasos trituran el tiempo y luego se diluyen…
donde las sombras caen en ese minuto que late, del día que es noche, de noche que ya es día…
Quisiera hablarte ciudad de mis cuitas viejas y nuevas en soliloquio alegre pero me vuelvo una brasa que se aleja de tu realidad y se consume en el pedestal de un sueño incesante, de una psicopatía…
Ciudad de reflectores sonámbulos, de charcos de nieve callados, te veo desde el puente de todas mis miserias… te leo y escribo mientras hablo contigo, que es hablar conmigo… y vuelvo a ese instantáneo simulacro de la sonrisa del paseante… desde mi ventana…
El río oscuro corre bajo el puente de dolores que me está prometido…..
tal vez se aleje, poco a poco… todo corre, fluye, suave río… como fluyen las horas y los amores… que no son o que no fueron nunca amores… que son puentes como las palabras… que danzan atadas con su cadena de nombres… Berlín: si te hablo a tí es porque me hablo a mí misma… porque soy la mujer que has hecho de mí ahora, delante del soplo de un espejo… y no encuentro la sonrisa que me prometías… sólo sombras y el río cayendo a mis pies…
Es una invitación a saltar, descender a otro silencio… ?
Todo se disipa en el aire… en el tiempo… Todo… El dolor y el amor… que no era sino deseo espoleado por el deseo, llaga avivada por más laceraciones, celos hincados por la rabia, la soberbia de las palabras fingidas y las no dichas… la quimera de los estupores guardados, de las ansiedades que se convierten en única virtud…
Todo se disipa en el aire y en el tiempo. Todo… Hasta la propia muerte… Sólo el epitafio queda, eterno, en su jeroglífico de autodestrucción.

María Ares Marrero

 

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La nostalgia de un lugar y de un momento

Hoy no tenía pensado escribir en el blog. Tenía mil cosas en mente, pero ninguna pasaba por escribir.

Hasta que encontré este precioso vídeo en Vimeo, Eine Liebesgeschichte (una historia de amor). Dedicado a Berlín, a todos aquellos que se han enamorado alguna vez de un lugar y momento preciso, que por más que se intente repetir en otras geografías no se logra. Muchas veces he intentado explicar lo que me unía a esa ciudad, lo que la hace tan especial aún hoy que no vivo en ella. Creo que las palabras de este vídeo ayudan.

Imposible intentar diseccionar aquí lo que he sentido. Pero han venido tantos buenos recuerdos a mi mente. El olor de la ciudad en primavera y verano, cuando todo parece empezar a vivir al cien por cien tras salir del letargo invernal. El sonido de una urbe única, en la que cual Babel se oyen mil lenguas que le dan ese aspecto de capital del esperanto. El ver a los que llegan con la misma ilusión que tú alguna vez llegaste y que encuentran como tú los mismos motivos para amarla. Berlín puede no ser especial per se, quizás no es más que la historia de todos aquellos que una vez intentaron conquistarla lo que la hace fascinante. Esas primeras horas de andar por una ciudad que te supera a todos los niveles, un antes y un después en tu vida queda marcado, como advirtiendo del peligro de amar tanto un objeto tan promiscuo. Tras varias idas y venidas por el mundo, no he encontrado lugar igual. ¿O es que no hubo momento igual? En cualquier caso, ella fue el lugar y el instante.

Volver siempre es una opción, pero se corre el riesgo de terminar anclado en el pasado, en un pasado casi perfecto, pero que es eso, un tiempo que ya terminó.

En cualquier caso, danke Berlín por los buenos tiempos.

Lo que extraño de Berlín

No hace apenas un mes que he dejado Berlín pero casi que me veo obligada a escribir este post tras escuchar la misma pregunta una y otra vez. ¿No extrañas Berlín? Es quizá la pregunta que me viene acompañando desde que he vuelto a España antes de seguir mi aventura por lo que he llamado “Piratas del Caribe” (esto de por sí merece una entrada aparte).

Pues bien, no, no echo de menos o extraño Berlín en sí misma. No extraño la ciudad, ni el frío, ni la nieve, ni mi casa allá. Extraño solamente a las personas que he dejado de ver. A mis queridas amistades con las cuales me comunico por Email,  Facebook o Skype pero no hace falta decir que no es igual.

Y hay otra cosa que extraño de Berlín. Las sopas vietnamitas. Esas sopas de verdura con mucho cilantro, cebollino, brotes de soja y tofu que me alimentaron durante esos casi 4 años y que fueron el mejor remedio contra la resaca jamás visto. Eso aquí me va a costar encontrarlo y aunque parezca banal es el aspecto de vivir en Berlín que más extraño.

Sopa vietnamita cortesía de Una mesa verde

Sopa vietnamita cortesía de Una mesa verde

Seguramente esta entrada tendrá continuidad en algún: Lo que extraño de Berlín II Parte cuando de verdad empiece a sentir nostalgia y falta de la ciudad. Pero por ahora creo que he contestado las preguntas que me van persiguiendo cada día.

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Pasajes subterráneos

Una de las mejores y más originales visitas que se puede hacer en Berlín es la de los pasajes subterráneos que hay por la ciudad. Estaciones de metro, búnkeres, refugios antiaéreos, todos ellos conforman una extensa red subterránea que puede visitarse a través de Berliner Unterwelten, una asociación sin ánimo de lucro que gestiona este interesante “inframundo”.

Con seis diferentes recorridos, cada uno con una temática diferente, el visitante puede tener una noción de cómo ha se ha ido construyendo y deconstruyendo debajo de la superficie de la ciudad, sirviendo siempre a diversos intereses. Con el tour 1 llamado Mundo en Tinieblas -que fue el que yo hice- los curiosos, fanáticos de la Historia del Tercer Reich, turistas, pero también personas que como yo vivimos en Berlín, podemos enterarnos de una fascinante historia pocas veces narrada en las películas que tratan sobre el Tercer Reich o la Segunda Guerra Mundial, la cual tiene que ver con los lugares de protección para los ciudadanos durante la cruenta guerra.

Búnker del recorrido Mundo en Tinieblas. Foto cortesía de Berliner Unterwelten

Ya en 1933 cuando Hitler llega al poder tenía claro que sus planes de expansión en busca de espacio vital para la raza aria desencadenarían un conflicto bélico. Esta vez no sería una guerra de trincheras como fue la Primera Guerra Mundial, sino una guerra con una nueva estrategia para destruir ciudades, asesinar a civiles y dañar la producción que alimentara la batalla: la estrategia de los bombardeos. Y ya en estos primeros años comienzan los preparativos para lo que se avecina. Se informa a la población de cómo evitar los bombardeos con propaganda en diversas revistas, con carteles en escuelas y centros de trabajo. Pero además se comienza la construcción de diversos búnkeres (que no refugios antiaéreos) que servirían si bien no de protección (pues no cumplían con las características necesarias para resistir los bombardeos, dato que la población no sabía) sí daban la sensación de seguridad a los ciudadanos autorizados a permanecer en el búnker durante los mismos. Y digo lo de ciudadanos autorizados porque no todas las personas podían entran en él, ni judíos, ni homosexuales, ni personas que tuvieran cargos por “desafecto al Tercer Reich” ni hombres en edad militar -pues se supone que tenían que estar en el frente luchando- para el final de la guerra serían prácticamente todos aquellos cuyas edades estuvieran entre 16 y 60 años podían recibir cobijo bajo tierra.

¿Y por qué estos búnkeres no protegían de los bombardeos? Quien haya visto algunas películas en la que aparezcan bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial quizá tenga en mente imágenes de ingleses acudiendo al metro de Londres para protegerse contra los bombardeos. Sí, en Londres las galerías subterráneas del metro al encontrarse muy profundas resistían los ataques aéreos. En Berlín, no. Berlín es una ciudad construida sobre una zona pantanosa, con gran humedad. Su terreno es bien húmedo y por ello las estaciones de metro se encuentran a no mucha distancia de la superficie. Esta característica y el tipo de construcción utilizada para cubrir las estaciones hacía de ellas lugares vulnerables a bombardeos. Pero como ya dije antes, la población berlinesa no lo sabía. Otro importante factor durante los bombardeos -que en Berlín empiezan a recrudecerse a partir de 1943 cuando los aliados se encuentran más cerca y pueden permitirse más horas de vuelo- es que las bombas van siendo perfeccionadas tanto de un bando como de otro y cada vez tienen más alcance en cuanto a la capacidad de destrucción y de perforación. Ello hizo que estos búnkeres construidos a lo largo y ancho de Alemania fuesen más bien obsoletos.

Literas en el búnker de Gesundbrunnen. Foto tomada de Berliner Unterwelten

El recorrido por el subterráneo es muy interesante, los guías de la asociación Berliner Unterwelten muestran un gran despliegue de conocimiento, no sólo sobre el búnker en particular sino sobre Historia en general. En una hora y media se atraviesan baños, enfermería, sala de mando, y mientras tanto nos van explicando datos muy interesantes, como cómo podían saber cuánto oxígeno quedaba en cada habitación pues aunque en las paredes aparecen pintadas las capacidades máximas de personas en cada habitación, no encontramos ninguna cifra que nos refiera por cuánto tiempo. Para ello se utilizaban velas. Ponían velas a diferentes alturas, a medida que se iban apagando por la falta de oxígeno podían saber cuánto tiempo les quedaba aún y decidir si morir asfixiados o arriesgarse a salir a la superficie donde quizá y a pesar de las bombas tendrían más suerte. A través del diario de una mujer que se encontraba en el búnker podemos saber cuán aislados se encontraban allí abajo que no se enteraron de la rendición de la Alemania nazi hasta dos días después de haber tenido lugar.

Tras la guerra, Berlín, como tantas otras ciudades alemanas quedó en un estado ruinoso. ¿Qué hacer con esos escombros? Pues allí entraron en acción las Trümmerfrauen o mujeres de los escombros, mujeres de entre 15 y 50 años que se encargaron de las actividades de desescombro de la ciudad y que la población masculina había mermado considerablemente. Estos escombros forman parte de colinas artificiales que hay por todo Berlín y alrededores. En algunos parques vemos elevaciones que parecen naturales, pero no lo son, son el resultado de los escombros allí almacenados sobre los cuales han crecido hierba, maleza o árboles.

Búnker en la Reinhardtstrasse, Berlín

¿Y con los búnkeres, qué ocurrió? Tras una guerra que había dejado millones de muertos, ciudades completamente arrasadas y un coste económico inconmensurable, los aliados decidieron borrar toda huella nazi y realizaron un proceso de desnazificación. Símbolos, edificios, estandartes, búnkeres y refugios fueron destruidos. Aún así quedan algunos que son perfectamente reconocibles desde su exterior, como el búnker de la Reinhardtstrasse que alberga una vivienda con una costosísima colección privada de arte contemporáneo que puede ser visitada previa cita y pago de 10 euros.

de cafés y canciones

Wohnzimmer, Prenzlauer Berg

Desde hace unos días salgo cada mañana a la “difícil tarea” de elegir un café donde sentarme a estudiar. Y digo difícil tarea porque si hay algo que puedes encontrar por todo Berlín son cafés de todos tipos: cutres sin estilo, glamourosos (los menos), bohemios alternativos (muy abundantes), cafés de barrios en los cuales familias con niños toma el kuchen (tarta) y disfrutan de los helados en verano. Algo tiene Berlín que hace de estos cafés lugares muy acogedores, donde puedes pasar horas y horas sin querer moverte de allí con el consecuente resultado para el bolsillo y la figura (yo nunca puedo resistirme a probar cuanta tarta hay).

Pues bien, mientras buscaba qué café invadir hoy cual okupa con mis libros, cuaderno, bolis, kleenex y demás, me fijé que del otoño queda bien poco y si hace dos semanas salir a la calle era un espectáculo de color otoñal ahora de ello no quedan más que los restos pues cual migajas tras un gran banquete lo que hay es un extenso manto de hojas secas en las calles y aceras que parecen esperar a que alguien las recoja o a que el viento se las lleve a un lugar muy lejano. Estos días hace un viento potente, frío, que nos avisa que el otoño termina y que quizá en una semana damos la bienvenida al gélido invierno berlinés.

Pero eso aún no ha pasado y mientras escribo esto miro las ramas peladas de los árboles agitarse de un lado a otro, y veo a la hojarasca moverse cual remolino, pero me siento a salvo de todo eso mientras estoy sentada tomando un café en la Hufelandstr.

Normalmente nunca vengo por aquí, y eso que esta parte de Prenzlauer Berg es preciosa, con sus calles adoquinadas, sus edificios antiguos de cuatro alturas, todos bien pintaditos y cuidados, y sus tiendas recoletas, la mayoría de adornos para la casa hechos en talleres berlineses, manualidades de gran delicadeza pero algo caras por ser producción artesanal. También hay algunas librerías bien interesantes, creo que es en la Marienburgerstr. donde hay una librería de libros en inglés que es una maravilla, ahí es donde quiero comprarme A time of gifts de Patrick Leigh Fermor, un libro que un amigo al que no conozco (suena raro no?) me ha recomendado encarecidamente. Ahora que trabajo puedo permitirme el lujo de comprar libros nuevamente.

A los cafés de Prenzlauer Berg les pega la música de Yann Tiersen, sé que suena rebuscado pero es así. Me encanta Tiersen y tengo bastante música suya en el móvil, no sólo las bandas sonoras de Amélie o de Good Bye Lenin! (que para mí es la música de Friedrichshain), también sus canciones de C’etat ici o de Tout est Calme, piezas preciosas para escuchar mientras recorro el barrio con mi bici, es algo muy personal, y no sé si seré capaz de explicarlo bien, pero cuando voy por estas calles de “mi barrio” oyendo a Tiersen, creo en el destino, en que tenía que venir aquí a descubrir cuán feliz se puede ser sólo por el hecho de estar enamorada de una ciudad.

Berlín puede ser pobre, desesperante a la hora de encontrar trabajo, frustante por las pocas expectativas profesionales que me ofrece, pagadora de míseros sueldos, pero todo ello lo olvido cuando salgo a la calle y vuelvo a ver esta gran urbe que a veces parece sólo un barrio inmenso.

siguiendo el Spree

pastelería alemana

pastelería alemana

La pereza de ayer la he cambiado por la hiperactividad de hoy, he aprovechado el día soleado que ha salido y temprano en la mañana me he ido a correr, tengo que adelgazar los 8 kilos que he cogido desde que llegué a Berlín hace casi 7 meses, kilos ganados de una forma nada despreciable, se los debo a los bretzeln, a los spritzkuchen y todos los kuchen (tortas) habidos y por haber, a las wurst, a los kebabs, a la cerveza y sobre todo, a las tostadas con nutella de por las mañanas.

No me arrepiento de esos kilos de más pues disfruté mucho ganándolos, pero ahora me empiezan a molestar cuando veo que toda mi ropa de invierno del año pasado prácticamente no me entra. Así que al principio por una cuestión más de que economía que de salud y estética, decidí que tenía que terminar con el hábito más largo que he tenido desde que llegué a esta ciudad: la de comer de todo a todas horas. Espero mantenerme firme, aunque a veces en un ataque de dictador quisiera mandar a cerrar todas las panaderías, dulcerías y similares de la ciudad.  Después de correr durante casi 1 hora me duché y cogí la bici rumbo a Rosenthaler Platz para encontrarme con Thaty, mi amiga brasileña que conocí nada más llegar mientras iba a la Volkshochschule a aprender alemán. Hace 2 semanas que no nos vemos, todo un récord pues solemos vernos con bastante frecuencia, pero desde que yo no voy a la escuela se hace más difícil. Decidimos entrar a la cafetería del Circus, el Hostel donde hace años cuando vine por primera vez a Berlín me hospedé, buenos tiempos aquellos, buenos recuerdos también. Nunca más he vuelto a entrar, y eso que paso por aquí casi a diario. Los domingos tienen un buen desayuno en la cafetería, un buffet bien surtidito por sólo 5 euros, mucho mejor que muchos brunch de la ciudad que alcanzan los 8 y 9 euros. Conversamos, nos ponemos al día después de tantos días sin vernos, se siente bien cuando te das cuenta de que has encontrado personas importantes en este nuevo viaje, personas que hacen que Berlín sea más excitante, pero también más cálido, menos gris y con más color. Mi amiga me cuenta de lo peculiares que le parecen los hombres alemanes, sus costumbres, lo diferente que son respecto a los hombres brasileños cuando les gusta una mujer e intentan conquistarla. Pero esto será otro capítulo… Salimos a la terraza a tomar el sol y beber café, necesito cafeína, llevo días sin tomar café con cafeína y mi cuerpo lo siente, estoy con un sueño perenne. Tras la charla bajamos hasta Oranienburgerstr. donde Thaty ha quedado con una nueva Tandem Partner que va a conocer. Yo sigo en la bici rumbo a Tiergarten, me apetece aprovechar el día y pasear por ahí, perderme un poco por zonas por las que no paso regularmente.

cancillerías

Columna de la victoria

Bordeo el Reichstagufer, un camino que hay junto al río Spree, paso cerca de la Haus der Kulturen der Welt, paro, hago algunas fotos, sigo y paso frente al Schloss Bellevue -donde vive Angela Merkel- y luego me acerco hasta la Siegessäule, la columna de la victoria que conmemora la victoria de Prusia sobre los daneses en 1864.

Justo a uno de los lados de la rotonda se encuentra el monumento a Bismarck, he pasado por aquí algunas veces pero nunca me he parado a mirarlo, así que aprovecho hoy para verlo con calma. Me impacta la figura de un hombre que lleva un orbe sobre su espalda, hay un gran dramatismo en su postura, en su rostro. Continuo mi camino por la Altonaerstr. para ver los edificios del Hansaviertel, un barrio que fue construido a finales de los años ’50 por importantes arquitectos del momento como Walter Gropius, Oscar Niemayer o Alvar Aalto. Paseo junto a los edificios muy detenidamente, fijándome en cada detalle, adoro la arquitectura, y el proyecto que se creó aquí en 1957 fue todo un ejemplo de arquitectura racionalista y funcional, en el que se da prioridad al confort, a las necesidades de habitabilidad del espacio, se aprovecha la luz al máximo y a pesar de ser edificios predomina la horizontalidad, los ventanales, las plantas poco compartimentadasPB151387 Vuelvo a coger la bici y esta vez me aventuro hacia Charlottenburg, un barrio al que voy bien poco. Tengo que confesar que Berlín oeste me gusta poco, no encuentro el Berlín que a mí me gusta en esta parte de la ciudad, podría ser cualquier barrio en cualquier ciudad, pero no “mi Berlín”. Llego a la Ernst-Reuter Platz y subo por la Otto-Suhr-Allee, y confirmo mis sospechas, no me gusta el barrio, me parece muy impersonal, con poco encanto, pero sigo hasta la Luisenplatz y por primera vez que yo recuerde paso por delante del Schloss Charlottenburg, uno de los palacios que los Hohenzollern tenían en Berlín. Ahora se pierde un poco la perspectiva de la fachada desde la calle pues han montado unas casetas para el tradicional mercadillo de Navidad de todos los años. Parece mentira, estamos a mediados de noviembre y ya hay mercadillos de Navidad, y aún falta más de un mes, con este tipo de cosas las fechas como estas dejan de ser algo especial. Bajo luego hasta la Ku’damm, hace tiempo que no vengo por aquí de hecho esta semana quiero hacer algún paseo por la zona para explorarla más a fondo, pero de día. Ahora ya es noche cerrada y tras casi 4 horas pedaleando por la ciudad empiezo a tener ganas de volver a casa.

Día tranquilo

Hoy me siento vaga, desde que me he despertado siento que el cuerpo me pesa y no tengo ganas de nada. No sé si es porque durante toda la semana he estado despertándome bien temprano y acostándome bien tarde y a ello se ha juntado el haber trabajado ayer: sí, por fin encontré un trabajo, nada especial pero un gran paso para mí y para mis proyectos de quedarme en Berlín.

Además de la buena noticia de haber encontrado trabajo, hay otra cosa que me tiene muy ilusionada, y es que el otro día cuando volvía de correr pasé por delante del Lichtblick Kino de Kastanienallee y vi que este mes tienen una programación inmejorable, con un ciclo dedicado a Antonioni, del cual están poniendo Blow up (que la quiero volver a ver fijo), otro sobre los comienzos del Neorrealismo italiano (con de Sica, Fellini, Visconti), uno dedicado a Billy Wilder -grande entre los grandes- y otro ciclo dedicado a la ciudad de Berlín, con títulos como Berlin Alexanderplatz basado en la novela de Döblin (la versión es la de Phil Jutzi de 1931), berlin_pl1o El cielo sobre Berlín de Wim Wenders, película que para ser sincera me pareció muy larga y monótona cuando la vi pero que quisiera volver a ver por ver ese Berlín dividido, el Berlín de los ’80, justo antes de la Caída del Muro. Así que espero poder tener una buena sesión de cine este mes, pues ya hace tiempo que no veo buenas películas, entre otras cosas porque donde antes vivía no tenía ni tele ni dvd, y a los cines voy bien poco, pero ahora con la llegada del frío este es un buen pretexto para meterse en los cines y retomar la cinefilia, y cuando la cartelera es tan apetitosa como la del Lichtblick, aún mejor.