Relatos Salvajes: Los inicios

A mí a cada rato cuando estoy contando algo que me ha pasado me dicen – ¡ay, tú deberías escribir un libro!-. Como si las cosas que yo cuento mereciesen estar en un libro. Ya bastante mala literatura hay en las librerías y estanterías del mundo para que yo contribuya a una causa con la cual no simpatizo. Dicho esto, tras mucho pensarlo sí que creo que algunas de las historias disparatadas de las que he sido partícipe -voluntaria e involuntariamente- son dignas de ser contadas, aunque sólo sea para la lectura, crítica, risas, deleite y decepción de un grupúsculo de amigos.

Muchos de los que ven mis fotos de viajes no tienen ni idea de cómo fue que yo empecé a viajar y ahora no voy a contar todos los detalles, eso lo dejo para otro capítulo. Pero créanme, llegar de A a B no fue precisamente un trayecto recto o fácil, algunos viajes tuvieron tintes épicos –OK, estoy exagerando- pero con ello quiero decir que muchas de estas aventuras que voy a narrar fueron el resultado de una gran curiosidad y voluntad por salir a conocer el mundo a pesar de las dificultades pecuniarias y legales que me acompañaban.

Seguramente estarán de acuerdo conmigo en que todos los viajes son especiales, ahora bien, esos primeros viajes, al recordarlos, están recubiertos de una pátina especial que el paso del tiempo no hace más que reforzar hasta convertir un recuerdo mundano en algo legendario. Y eso es precisamente lo que ocurre con estos recuerdos y con este viaje.

Por allá por el año 2002 se me metió en la cabeza viajar a Italia. Digo se me metió en la cabeza porque era más fácil que hubiera elegido un destino más cercano, dentro de la misma España, o que hubiera ido a Francia que está, como quien dice, allá al lado.
Para ponerlos un poco en antecedentes, a finales del 2002, cuando empieza esta historia, yo acababa de cumplir 21 años, llevaba 3 años y pico en España y mi situación legal no era tal, vivía indocumentada con un pasaporte que no valía nada. Pero nada de esto fue óbice para viajar, ya sé, qué locura, si me cogían podían enviarme de vuelta a esa isla que flota a la deriva en el Caribe, pero bueno, no siempre el sentido común se ha impuesto en mis decisiones.

Así que en aquella época -recordemos, 2002, pre Google, Youtube, cuando aún no existían vuelos low cost, ni más hostels que los de la Asociación de Albergues Juveniles, cuando apenas se encontraba información online sobre destinos, alojamiento, y aún estábamos perdidos en la conversión de las monedas locales al recién estrenado euro- yo decidí que me iría a Italia. El cómo aún no lo sabía, pero la semilla del viaje había sido plantada.

La idea inicial era pasar varias semanas viajando pasando por Milán para visitar a unos amigos, de ahí a Venecia, luego Florencia, Pisa y Roma. Un circuito bastante clásico y trillado lo sé, pero raramente alguien va por primera vez a Italia para ver Ancona o Bari –que también habría que verlas- pero en otro viaje. Yo fantaseaba con incluir Rávena en mi recorrido y ver los mosaicos de San Vital o el Mausoleo de Gala Placidia –creo que ahora tendría que aclarar que por aquella época yo estaba en mi segundo año de Historia del Arte, motivo de peso para que quisiese ir a Italia- pero el presupuesto aniquilaba cualquier tentativa de ampliar el recorrido.

Julio y yo –ah por cierto, este viaje no lo hice sola, pero ya hablaré más adelante de Julio y le daré su justo peso en esta historia- pensamos en ir en coche, así tendríamos más libertad para movernos y hasta podríamos dormir en aquel viejo Ford Fiesta del 77 para ahorrar dinero. Pero el frío extremo que hizo ese diciembre, la nieve que dificultaba nuestro camino, y la experiencia del viaje a Portugal en coche –en el que tuvimos que parar a cada rato porque el motor se calentaba, nos tuvo que recoger la grúa a medio camino para reparar no sé qué, y la vuelta desde la frontera portuguesa la tuvimos que hacer en un taxi, por suerte cubierta por el seguro- nos hizo desistir de la idea romántica de pasearnos por Italia en un coche antiguo cual si fuéramos Marisa Tomei y Robert Downey Jr. en aquella película llena de clichés en la cual la vida en Italia parece un viaje al edén.

Tras muchas pesquisas, algunas por aquella Internet que iba lenta, conectada por un cable a un módem cuyo ruido al conectarse recuerda los ruiditos de R2 –creo que me estoy poniendo nostálgica-  y otras yendo a la estación de tren y haciendo llamadas telefónicas, decidimos que iríamos en bus hasta Barcelona y desde ahí cogeríamos trenes nocturnos, de los que paran en cada estación y tardan siglos en llegar a cualquiera que sea su destino, pero que eran increíblemente baratos para aquellos tiempos.

Una vez decidido el recorrido y el medio de transporte, quedaba por averiguar dónde dormiríamos. Como ya dije, era en una época en la cual viajar aún era un lujo y las opciones de alojamiento eran más bien caras, encontrar habitación barata en Venecia, Florencia y Roma podía convertirse en la búsqueda de la piedra filosofal. Pero aquellos que me conocen saben que yo tengo, o tenía, una voluntad de acero –el hierro se oxida- y a eso hay que añadirle mi debilidad por los desafíos. Así que con tremenda paciencia empecé a buscar alojamiento en Venecia, nuestra segunda parada en el viaje, pues en Milán nos quedaríamos en casa de unos amigos.

Y así fue como pasé varias semanas buscando en páginas de affittacamere en Venecia, que en aquella época iban desde alquileres de cuartos en casas particulares a pensiones y un largo etcétera de opciones difíciles de clasificar.

Y di con el lugar ideal. O con el precio ideal. Una habitación para dos personas en un apartamento detrás de la Plaza San Marcos. El precio: 30 euros la noche. Repito: detrás de la Plaza San Marcos, 30 euros la noche.
Créanme, era mejor de lo que esperaba encontrar. Recuerdo hablar con la propietaria por teléfono, en mi recién estrenado italiano y preguntarle varias veces cuánto costaba porque no podía creer que hubiese dado con semejante ganga. Para los que no saben cómo era hospedarse en Venecia en aquella época les contaré que dormir en algún lugar -ni tan siquiera decente- no bajaba de los 80 euros la noche y ello quizá en Mestre, no en Venecia. Así que imagínense mi alegría al pensar que 5 noches en Venecia nos saldrían por 150 euros, o lo que es lo mismo, 75 cada uno. Sólo quedaba saber si el lugar era decente, pero qué nos importaba, éramos jóvenes, estábamos enamorados y nos íbamos a Italia.

Y fue así como con algunos cabos sueltos emprendimos nuestro viaje unos días después de mi vigésimo primer cumpleaños y con todos mis ahorros de los últimos meses.

Esas primeras horas en el tren, de noche, no podíamos ni queríamos dormir para no perder detalle. Hubo que bajar en Port Bou para cruzar a Cerbére, en la frontera con Francia. La noche se hacía eterna mientras esperábamos el próximo tren aguantando el frío ¡pero era tan vivificante! Es curioso cómo a veces al cruzar una línea imaginaria en apenas 3 pasos te emociona estar en otro lugar cuando en realidad estás en el mismo, sólo cambian los nombres, a veces las leyes, la lengua, pero el sol no calienta más del otro lado de la frontera, tampoco el aire es más puro y si el corazón late más rápido es producto de la emoción, o de los nervios porque ves acercarse a los gendarmes y ese puede ser el final del viaje tal y como tú lo tenías pensado.
Luego llegaron los pueblos dormidos en la costa mediterránea francesa, pueblos que ni sabíamos que existían y que están ahí desde el principio de los tiempos. Y así, hasta Ventimiglia a la mañana siguiente.

Viajar en tren tiene todos los ingredientes para construir un gran recuerdo, uno de esos que hace que tu viaje parezca una película memorable. Viajar en tren es romántico, es lento, el tiempo se dilata y el espacio se convierte en una sucesión de paisajes que no siempre cambian mientras el traqueteo de los vagones y el murmullo de los pasajeros que suben y bajan aportan monotonía a la aventura.

Pero volvamos a la historia en la cual estamos en Ventimiglia, en la frontera mediterránea entre Francia e Italia a la mañana siguiente. Empezaba nuestro itinerario hacia Milán que no era más que una parada técnica para alcanzar Venecia y nuestra habitación detrás de la Plaza San Marcos por el módico precio de 30 euros la noche.

 

Continuará…

 

 

El viaje más largo

Tras 10 meses sin escribir en el blog pensé que quizá debía dar una explicación a aquellos fieles seguidores -que no son muchos, pero no por ello dejan de ser importantes- por esta ausencia tan prolongada que además no fue anunciada. O quizá este post sólo es el medio para hacer catarsis.
El viaje más largo hace referencia a un viaje, no a uno de los que estáis acostumbrados a leer por aquí, este es un viaje con un destino incierto, como lo es la propia vida.
El pasaje me llegó inesperadamente un 31 de marzo de 2014 cuando mi padre me llamó para decirme que mi madre estaba en el hospital porque había sufrido un derrame cerebral y había que operarla. Ha sido el momento más difícil de mi vida, esa ha sido la llamada que más he temido durante los años que he pasado de saltimbanqui de un lado a otro. Y llegó como llegan todas las cosas buenas y malas, sin que las esperes. Esta vez la distancia geográfica no era tanta, pero la incertidumbre del momento, el coger un tren en medio de la noche y pasar toda la madrugada sin tener noticias hizo de este viaje el más largo y triste de toda mi vida. Cuando finalmente llegué a mi destino tuve la inmensa suerte de volver a ver a mi madre antes de que su vida y la mía cambiaran para siempre. Mi madre sobrevivió a la operación y durante la primera noche que pasó en reanimación me quedé en el hospital, pensaba que si estaba cerca, nada malo podría sucederle. Cuestiones o no del azar la sala de reanimación y la de parto estaban muy cerca, y esa primera noche que me quedé sentada esperando a que pasasen las horas veía cómo llegaban los futuros padres nerviosos, asustados pero muy ilusionados, mientras también llegaban los celadores del hospital a trasladar a alguien cuyo tiempo se había acabado. El ciclo de la vida en apenas 5 metros de distancia.
Tras 18 días en el hospital comenzó una nueva aventura para nosotras, el camino a la rehabilitación, a intentar volver a armar el rompecabezas que era mi madre empeñándonos en que todas las piezas encajasen de nuevo y el rompecabezas resultara en el mismo dibujo.
Una vez más volví a cambiar de domicilio, esta vez no fui a vivir a otra ciudad, no había mucho que contar del paisaje, el idioma, las costumbres. O lo había, pero no quería contarlo.
La nueva realidad era un pabellón de hospital dedicado a pacientes afectados por daño cerebral. Y sí, fue muy duro, muy emotivo, pero también muy enriquecedor. Los tres meses que pasé en el hospital llenaron de matices ese inmenso lienzo que es el paso de la vida. De repente cada pequeño momento se convierte en algo trascendental dentro de nuestra cotidianidad que deja pasar tantas cosas desapercibidas. Y aunque suene a frase manida, las pequeñas cosas adquieren una relevancia que no podías imaginar en tu anterior vida. Todos sabemos que nuestro tiempo aquí es tremendamente finito, pero me atrevería a decir que la mayoría de nosotros no actuamos consecuentemente. Postergamos los sueños, vivimos anhelando algo que no llega, y el aquí y ahora no suele ser con lo que más disfrutamos. Somos animales de costumbres, y estamos demasiado acostumbrados a hacer planes, a vivir en una proyección de un futuro que puede llegar o no.
Curiosamente, el lema que hace años escogí para este blog tiene mucho que ver con todo esto: porque la vida es el viaje más largo, porque para mí viajar es algo más que cambiar de geografías, y no hay mejor viaje que el que empezamos cada día sin saber en qué estaciones bajaremos o cuáles serán los pasajeros que nos acompañen.

Esperemos que el viaje sea largo, y si no lo es, que al menos sea intenso para que cuando lleguemos a la última estación nos bajemos satisfechos del recorrido.

Centrál Kávehaz, el esplendor de los cafés centroeuropeos

Exterior del Céntral Kávehaz en Budapest

Exterior del Céntral Kávehaz en Budapest

No sé si a alguno de los que me lee le pasa como a mí, pero yo cuando pienso en los países centroeuropeos siempre vienen a mi mente ciertas imágenes que las hago comunes a todos: grandes urbes históricas y monumentales rebosantes de actividad cultural, palacios barrocos por doquier, los ríos Moldava y Danubio, las buenas cervezas y mejores sopas, los pueblos recoletos que parecen detenidos en el tiempo, las escenas, en definitiva, que quizá arquetípicamente hemos construido en nuestra imaginación sobre cómo serían estos países, ya fuera a través de la lectura, del cine o de las postales que nos enviaban desde allí. Y si bien todas estas cosas podrían no ser ciertas, para mí si hay algo que unifica a Europa Central: sus cafés, que bien han tejido gran parte de la historia de estos pueblos. Uno de estos emblemáticos cafés que materializa mi idea de un otrora ambiente intelectual, creativo, bullicioso, hijo de una época de cambios en Europa en general, y en Europa Central en particular es el Centrál Kávehaz de Budapest.
Si alguien me hubiera preguntado que cómo me imaginaba un gran café, elegante, centro de reunión de escritores y pensadores de finales del XIX en Hungría, no habría sido tan certera. Y es que el magnífico Café Central (como lo traduciríamos en castellano) que abrió sus puertas en 1887, pronto se convirtió en toda una institución de la cultura húngara, una cultura, la húngara, que buscaba que se reconociese su identidad dentro de un imperio tan vasto y variopinto gobernado estrictamente desde Viena. Fruto de ese constante ir y venir de intelectuales que prácticamente viven en el café nace la famosa frase de: mi café es mi castillo, acuñada por el escritor húngaro Dezső Kosztolányi que hábilmente estaba parafraseando a un sir y jurista inglés, Sir Edward Coke, cuando dijo aquello de: mi casa es mi castillo. Volviendo a Kosztolányi, no exageraba al hablar del café como su castillo o fortaleza pues muchos de sus colegas y otras personalidades de la época pasaban gran parte del día aquí bebiendo café, comiendo, discutiendo y creando. Entre otros, será aquí donde comience sus andaduras la revista literaria A Hét (La semana) la cual será la principal publicación de este tipo a principios del siglo XX en Hungría y cuyo relevo tomará Nyugat* (Oeste) otra publicación literaria que marcará a toda una generación de poetas, escritores e intelectuales del país magiar y que también nacerá en el Centrál Kávehaz.

El Céntral Kávehaz a finales del XIX

El Centrál Kávehaz a finales del XIX

Céntral Kavehaz hoy en día

Centrál Kavehaz hoy en día

Las lámparas son magníficas

Las lámparas son magníficas

Así las cosas, este precioso café avanza en el siglo XX adaptándose a las nuevas tendencias que llegaban desde Estados Unidos en cuanto a ambiente y decoración de cafés se refiere, pues se abren nuevos establecimientos en la capital del Danubio llenos de espejos y mármoles intentando emular al magnífico Café New York, que abierto unas años después del Centrál Kávehaz era su más estricta competencia en cuanto a belleza y círculos literarios. No voy a entrar en la “disputa” de cuál es más bonito, es cuestión de opiniones. A mí la elegancia del Central me gusta más que el boato del New York, es cuestión de gustos, y también de bolsillos, pues el Central sigue siendo accesible a todos y el New York se ha vuelto demasiado caro.

El Central de noche, foto tomada de la web del Café

El Central de noche, foto tomada de la web del Café

Como os podréis imaginar, las andaduras del Centrál Kávehaz irán viento en popa hasta la llegada del Comunismo a Hungría, cuando se nacionaliza la propiedad privada el café será cerrado hasta que lo vuelven a abrir como comedor para obreros en los años ’60. Con los años cambiará de uso y aspecto, cayendo, como muchos otros magníficos edificios en el olvido y total abandono. Afortunadamente en 1999 el café fue comprado por un magnate húngaro y devuelto a su esplendor y refinamiento de antaño. Si bien algunas cosas han cambiado entre el café original y el actual, sí que se ha conservado la rusticidad refinada de sus primeros tiempos y actualmente, la madera, que fue elemento predominante en el Café sigue siendo la auténtica responsable de esa sensación de calidez incluso cuando afuera hace tanto frío. Las lámparas de la apertura, mucho más barrocas, han sido sustituidas por otras menos recargas pero igualmente hermosas. Quizá el conjunto ha perdido el eclecticismo de esos primeros años a finales del XIX para adaptarse a un gusto más de la época actual.

Detalle del techo y la lámpara, foto tomada de la web del Café

Detalle del techo y la lámpara, foto tomada de la web del Café

Detalle, foto tomada de la web del Café

Detalle, foto tomada de la web del Café

En cualquier caso, el Café Central continúa siendo un lugar ideal para reposar, tomarse un buen café y un exquisito pastel, o probar la no tan conocida comida húngara mientras se disfruta de las magníficas piezas de piano que se tocan en vivo*.

 

*Muchos creen que la revista Nyugat se fundó en el Café New York pero no fue así, será el Centrál Kávehaz el lugar en el cual se funde. Años después los intelectuales de la Nyugat se reunirán en el Café New York, hasta 1920 cuando vuelvan a elegir al Centrál como castillo inexpugnable.

*Desgraciadamente la mayoría de las fotos que hice con mi cámara se ven movidas o con poca nitidez, de ahí que haya utilizado algunas fotos de la página del Café.

Si te ha gustado esta entrada, puede que quieras saber más sobre Budapest.

Budapest y el Art Nouveau

Damnatio Memoriae y Memento Park

Astorga, lluvia, sol y nieve, todo en uno

Catedral y Palacio Episcopal

Catedral y Palacio Episcopal

Astorga era uno de esos destinos pendientes de los tantos que tengo en mis viajes por España. Soñaba con ver el Palacio Episcopal de Gaudí tras conocer ya sus muchas obras en Barcelona, el Capricho en Comillas o la casa Botines en León. También el casco histórico de esta pequeña ciudad me resultaba interesante así que decidí quedarme en ella tras abandonar León.
La llegada a la ciudad fue apoteósica, con una lluvia pertinaz que calaba hasta los huesos. Pronto supe que los albergues de la ciudad estaban cerrados hasta marzo (sólo estaban abiertos los destinados a los peregrinos del Camino de Santiago) así que tuve que optar por un plan B. El plan B se llama Hostal La Peseta, el cual recomiendo, además de por el alojamiento por la increíble comida que sirven.

Plaza Mayor con lluvia

Plaza Mayor con lluvia

La misma plaza tras la tormenta

La misma plaza tras la tormenta

murallas de Astorga

murallas de Astorga

Tras dejar mochila y demás cosas en la habitación salí a recorrer la ciudad. El viento y el frío hacían del recorrido un desafío. De repente, sin previo aviso empezó a nevar. Diez minutos después el viento desapareció como por arte de magia y salió un sol que dejó a la vista un límpido cielo azul. Si hubiese querido hacer una colección de fotos de un mismo lugar con diferentes tonos este habría sido el día. Pero vamos a hablar de Astorga que bien merece una parada. Además del Palacio Episcopal (3 euros la entrada, 5 euros combinada con la catedral. Los jardines del palacio son de acceso gratuito) que me maravilló como siempre logra hacerlo Gaudí, tenemos las murallas de la ciudad, de factura medieval construidas sobre unas de época romana, la imponente catedral (algo sombría en su interior), la Casa del Sacristán, la bonita Plaza Mayor con un exquisito edificio como Ayuntamiento, los restos de una gran casa romana con termas incluidas, la Ruta Romana (cerrada este invierno), el Museo Romano (también cerrado aunque no dijeron hasta cuando), la modernista casa Granell, y por supuesto y para lo más golosos, el Museo del Chocolate, industria, la del chocolate muy relevante en Astorga que está vinculada a los arrieros maragatos que traían desde los puertos del norte de España mercancías venidas de ultramar.

Restos de la casa romana del Mosaico del oso y los pájaros

Restos de la casa romana del Mosaico del oso y los pájaros

De repente salió el sol

De repente salió el sol

Palacio episcopal hoy museo de los caminos visto desde el jardín

Palacio episcopal hoy museo de los caminos visto desde el jardín

Maragatos, no hay que olvidar que estamos en Astorga

Maragatos, no hay que olvidar que estamos en Astorga

Un día en la ciudad puede ser suficiente para verlo todo, sobre todo en verano que los días duran más. La ventaja de haberla conocido en invierno y bajo las inclemencias del tiempo fue poder ver una Astorga casi vacía, sin colas, sin multitudes frente a los edificios, todo un lujo cuando se viaja.

Despidiendo el año en Asturias

Este año que acaba de terminar he tenido la suerte de poder despedirlo en tierras astures. Tras 11 días recorriendo este pedazo verde de España no puedo menos que sentirme muy afortunada por estos días compartidos con gente tan noble como la asturiana. Y es que Asturias no sólo es famosa por su paisaje, sino también por la calidez de su gente, afables, generosos, nobles, hay muchos adjetivos para describir a los asturianos.

Escanciador de sidra

Escanciador de sidra

También he podido ver todo ese repertorio que forma parte del tópico asturiano: escanciadores de sidra, gaiteros, señoras con sus madreñas en el campo, vacas asturianas con sus cencerros, caballos asturcones, hórreos y paneras que van salpicando esta tierra cuyo paisaje parece sacado de un cuento antiguo.

escena típica del campo asturiano

escena típica del campo asturiano

gaiteros practicando

gaiteros practicando

En poco tiempo he tenido la suerte de callejear la elegancia de Oviedo y Gijón, de visitar la bonita ciudad con soportales de Avilés, de asombrarme ante la fuerza de un mar bravo en Salinas o Cabo de Peñas, recorrer las bonitas villas de Cudillero, Luarca, Candás, Luanco o la famosa Ribadesella.

Pintoresco cudillero

Pintoresco cudillero

Soportales en Avilés

Soportales en Avilés

 

Cabo de Peñas

Cabo de Peñas

Asturias es tierra de mar y montaña, de pescadores, ganaderos y mineros, y también de emigrantes. Me ha resultado muy interesante leer las historias de tantos que cruzaron el océano en busca de una vida más próspera y que eligieron Cuba como principal destino para hacer fortuna. Estos inmigrantes, algunos conocidos como indianos, dejaron un magnífico legado arquitectónico repartido por toda Asturias, testimonio de aquellos tiempos en los que aún se podía soñar con hacer Las Américas.

Casas de indianos en Ribadesella

Casas de indianos en Ribadesella

Gijón, Palacio de Revillagigedo

Gijón, Palacio de Revillagigedo

Me voy con la impresión de que he visto mucho pero aún me queda tanto por ver. Asturias es para recorrerla, saborearla, amarla. El lema de Paraíso Natural no es un mero cliché, quien quiera disfrutar del campo, de la montaña, de mar y ciudad y sentirse como en casa debe venir a Asturias. Yo por lo pronto sólo sueño con volver y seguir maravillándome ante tanta belleza.

 

¿Qué ver y hacer en Berlín si tienes poco tiempo?

A través de este blog me han llegado muchos emails preguntándome cuánto tiempo se necesita para ver más o menos bien Berlín y cuáles serían esos lugares imprescindibles en el caso de no disponer de mucho tiempo.

Contesto a la primera pregunta: para ver bien Berlín como cualquier otra gran urbe, se necesita vivir en la ciudad durante un tiempo o ir varias veces pues con una superficie de 892 kilómetros cuadrados es imposible abarcarla en poco tiempo. Además hay que contar con el hecho de que la capital alemana fue durante 41 años dos ciudades que crecían una independiente de la otra, Berlín este como capital de la RDA y Berlín oeste como importante centro estratégico de la RFA pero sin capitalidad y dividida en sectores aliados.

Respecto a esos lugares imprescindibles, por supuesto que una pequeña selección siempre generará polémica por haberse incluido o dejarse de lado algo, también porque es una selección personal, basada en mi criterio y en lo que yo creo que puede ser más interesante para el que viaje a Berlín, aunque he intentado incluir un poco de todo.

Free Tour o Tour Gratis con SANDEMANs 
Tanto si tienes poco o mucho tiempo para visitar la ciudad, lo mejor es hacerse una idea general de la Historia berlinesa, conocer un poco los lugares por los cuales te vas a mover y descubrir anécdotas que quizá en ningún otro lugar podrías encontrar. Los tours gratuitos (bueno, se da al final la voluntad) de SANDEMANs son los más famosos en Europa y en Berlín alcanzan una fama merecidísima. Durante mis años viviendo en la capital acompañé a varios amigos de visita en este tour y siempre me sorprendió lo muchísimo que se aprendía con estos guías, la información tan completa que dan y la buena disposición que tienen. Salen todos los días a las 11 y a las 14 de un punto de encuentro frente al Starbucks cercano a la Puerta de Brandemburgo. El recorrido pasa entre otros lugares por el memorial a los judíos asesinados en Europa, las proximidades del búnker donde se suicidó Hitler, las oficinas centrales de la Aviación Alemana (Luftwaffe), o el Checkpoint Charlie. Otras empresas que hacen tours en español en la ciudad son CultourberlinHolaBerlin y ViveBerlin. Las tarifas varían mucho según el tour, el del centro histórico con Cultourberlin o ViveBerlin comienza con 10 euros para estudiantes y 12 euros si no lo eres.

Si la Historia de Berlín te ha parecido tan apasionante como a mí y a muchísimos visitantes que les engancha, entonces puedes seguir haciendo tours pagando por supuesto. Encontrarás infinidad de ellos como el de El Tercer Reich, el del Muro de Berlín o el del Campo de Concentración de Sachsenhausen (que ViveBerlin hace por 1 euro).

Para mí uno de los más fascinantes que hay es el que ofrece la asociación Berliner Unterwelten relacionados con los búnkeres, refugios antiaéreos subterráneos y demás. El personal está altamente cualificado, hay guías en español y de verdad es una de las visitas que más he disfrutado cuando he estado ¨turisteando¨por Berlín.

Torre de Televisión de Alexanderplatz
Sí, es turística y no es barata. Pero desde la Torre de Televisión tienes una vista de Berlín que no encontrarás en ningún otro lugar. El ascenso se hace muy rápido y una vez allá arriba puedes quedarte si quieres tomando algo en el restaurante (caro para lo que tienen) o en la parte de más abajo leyendo sobre los edificios y barrios que se aprecian desde tan considerable altura. El subir a la torre da una idea de cuán grande y plana es Berlín. Si tienes poco tiempo y quieres evitar colas, lo mejor es que compres la entrada por internet y así tienes ya tu horario y tipo de visita reservados. La más barata (igual que el precio de taquilla) es la entrada Early Bird para las visitas a primera hora cuando abre la torre (9 de la mañana en verano, 10 en invierno) sin hacer colas, el precio: 12,50.

*Restos del Muro de Berlín en la Bernauer Strasse
Si la East Side Gallery es la parte más famosa del muro de Berlín, el tramo que queda en la Bernauer Strasse es de los más auténticos que se pueda encontrar en la ciudad, también porque caminando por la calle hay paneles informativos, fotos de la época del muro y uno puede hacerse una idea muy clara de cómo afectó el muro de Berlín a la vida cotidiana de sus habitantes. Hay además un centro de información de entrada gratuita donde poder ahondar en la infame historia del muro. Quien quiera saber más sobre cuál era el recorrido original del muro o dónde encontrar más restos de este, torres de vigilancia, lugares conmemorativos, puede consultar en esta página en español.

Pergamonmuseum, Altes Museum, Neues Museum todos en la Isla de los Museos
Son muchos museos, ya lo sé, pero que cada uno escoja el que mejor le parezca, lo que no recomiendo es ir a Berlín y perder la oportunidad de ver estas magníficas colecciones de Arte Antiguo. El Museo de Pérgamo consta con verdaderas joyas como el Altar de Pérgamo, la Puerta de Ishtar y la vía procesional de Babilonia, la Puerta del Mercado de Mileto, la habitación de una casa de un comerciante cristiano de Alepo, los relieves asirios y el resto de la colección que aunque parezca más anónima es igual de impresionante.
El Altes Museum es el museo de Arte Antiguo con una amplia colección de arte griego, etrusco, romano, sobre todo en forma de esculturas, cerámica y mosaicos. Es un museo muy interesante pero si se tiene poco tiempo no me decantaría por él, aunque la ventaja es que hay menos público dentro con lo cual las obras se ven de una manera más relajada que en el de Pérgamo o en el Neues Museum.
El Neues Museum no es tan nuevo como su nombre indica. Lo construyeron en el siglo XIX para albergar el resto de la colección que no cabía en el Altes Museum. Durante la Segunda Guerra Mundial bombas e incendios causaron notables daños al edificio que estará en estado de abandono hasta 1985 cuando se intenten conservar los cimientos del inmueble, pero no será hasta 1997 que se planifique su reconstrucción y finalmente será inaugurado a finales de 2009.  La mayor parte de los visitantes llega atraída por la increíble colección de Arte Egipcio que tiene en el famosísimo busto de Nefertiti su obra cumbre. Pero no hay que olvidar la colección de Antigüedades Troyanas o la muy bien dispuesta colección dedicada a la Prehistoria y Protohistoria.

Ver los 3 museos en un día es una locura, por supuesto, pero para quien quiera saberlo hay un ticket para visitarlos todos en un día que cuesta 18 euros (17 si se compra en internet). Esta entrada conjunta también incluye la entrada a la Alte Nationalgalerie y al Bode-Museum. De comprar los tickets por separado el Pergamon y el Neues tienen un coste de 12 euros cada uno, el Altes de 10 e incluyen audioguía.

*Topografía del Terror, Niederkirchnerstrasse 8
Este lugar con un nombre que da escalofríos dará aún más malas vibraciones cuando se visite y se lea todo lo que aquí se gestó, el alcance de las acciones que aquí se planificaban, seguro que ya sabéis por dónde voy. La Topografía del Terror se refiere a los restos que quedan de un edificio que sirvió en época nazi de sede de la Policía Secreta (Gestapo), del mando de las SS y durante la II Guerra Mundial de Oficina Central para la Seguridad del Reich. Este lugar -que también funcionaba como centro de detención con celdas para prisioneros- es el núcleo del mal y desde aquí se llevará a cabo el control del abominable programa nazi de exterminio y persecución. Las explicaciones si mal no recuerdo sólo se encuentran en alemán e inglés.

Potsdamer Platz 
La Potsdamer Platz es de esos lugares que no sabes muy bien qué sentir cuando la ves -al menos es mi parecer-. Construida después de la Caída del Muro, la plaza que fue una especie de experimento arquitectónico no llega a conquistar a los berlineses a pesar de ser un lugar de referencia en la ciudad. La increíble torre de la Deutsche Bahn de Helmut Jahn y sus 103 metros de altura intenta competir con la igualmente alta Torre Kollhoff de Hans Kollhoff. El resultado del conjunto a mí personalmente no me gusta mucho, pero es un lugar que hay que ver si se va a Berlín. Lo más visitado quizá sea el Sony Center en el cual hay cines, cafés, tiendas y lo más interesante: el Filmmuseum (dedicado al Cine y la Televisión).  En la ya citada Torre Kollhoff está el Panoramapunkt desde donde ver buenas vistas de Berlín a mejor precio que en la Torre de Televisión (aunque sigo recomendando esta última). Quizá hay un elemento de la plaza que pase desapercibido al visitante pero que hay que tener en cuenta cuando se esté allí. El semáforo con reloj que domina uno de los extremos de la plaza es el testimonio del importante nudo de comunicaciones que fue la Potsdamer Platz durante gran parte del siglo XIX y sobre todo a principios del XX, siendo este semáforo el más antiguo de la Europa Continental (algunos dicen que en Hamburgo hubo uno antes) con fecha de 1924 -el que hoy vemos es una réplica.

Gemäldegalerie, Matthäikirchplatz
Si se atraviesa la Potsdamer Platz en dirección Potsdamer Strasse se llega a uno de mis lugares favoritos de Berlín. Eso sí, si no sois amantes de la pintura, de los grandes maestros de la pintura, podéis prescindir de esta visita. Si no os disgusta, incluidla en vuestro periplo porque es una maravilla la colección que alberga sin resultar tan extensa, pudiéndose ver en una tarde. Delicados Botticelli, minuciosos Van Eyck, magníficos Frans Hals, Rubens, Rembrandt, sólo el apartado dedicado a la pintura holandesa compensa haber entrado. También hay obras de Tiziano, Poussin, Durero o Caravaggio. La entrada cuesta 10 euros y los jueves está abierto hasta las 20.

*Häckesche Höfe, Rosenthaler Strasse 40-41
Los bonitos patios que conforman este lugar siempre tienen público, y no es por gusto. Estos patios interiores de principios del siglo XX cayeron en un notable abandono cuando Berlín formaba parte de la RDA pero ahora vuelven a exhibir todo su esplendor. Los locales que dan a los patios se han convertido en cafés, tiendas de ropa y objetos Made in Berlín, galerías de arte, e inclusive hay un cine y un teatro de variedades, el Chamäleon, que fundado en 1906, sobrevivió prácticamente a los destrozos de la guerra, pero no a la dejadez de la Alemania socialista. Hoy en día, magníficamente recuperado, el Chamäleon sigue entreteniendo a todos los amantes del teatro y los espectáculos de variedades.

*Träenenpalast, Reichstagufer 17
Este Palacio de las Lágrimas es otro de los lugares más emotivos de Berlín. Desde 1962 hasta 1990 los berlineses del Este que podían emigrar al Oeste se despedían aquí. Es un lugar con una gran carga emotiva, lleno de historias personales, de todos aquellos hasta luego que se convirtieron en nunca más, de los adioses, la partida y el vacío dejado por aquellos que se fueron. Es uno de los lugares más visitados en Berlín desde que se abrió al público hace apenas dos años.

*Oberbaumbrücke y East Side Gallery
Si has visto la película Corre Lola corre te sonará este peculiar puente de ladrillo con torrecillas que conecta los barrios de Kreuzberg y Friedrichshain separados por el río Spree. También testigo de la separación que sufrió Berlín, era el punto a través del cual ciudadanos de Alemania Occidental (RFA) podían entrar previa obtención de un visado y con el tiempo muy limitado a Berlín Oriental (RDA) y visitar la ciudad.
La East Side Gallery, justo al cruzar el puente hacia Friedrichshain, es ese pedazo de muro multicolor, pintado por 103 artistas de todas partes del mundo en el año 1990. Los mensajes que contienen algunas pinturas son bien interesantes y se aplican no sólo al Muro de Berlín sino a muchos muros, físicos e imaginarios que se construyen para dividir a las personas.

*Monumento soviético, Treptower Park
El más grande de los monumentos soviéticos que hay en Alemania es también un cementerio en el cual descansan los restos de aproximadamente 5 mil soldados soviéticos caídos en la batalla de Berlín. Silencioso, imponente, es un lugar que bien vale la pena ver para aportar un grano de arena en la complicada Historia reciente de Alemania en general y de Berlín en particular. El monumento se encuentra dentro del Treptower Park que también merece un paseo si se dispone de tiempo, el camino bordeando el río es muy agradable si no hace mucho frío.

Filarmónica de Berlín
El edificio de la Berliner Philarmoniker merece en sí una visita. Si bien no es tan grande o impactante desde fuera, destaca su perfecta acústica y las formas inusuales de su trazado. Si se puede visitar a la vez que se va a un concierto mejor aún, pero si no, existen tours guiados para visitar el edificio en gran variedad de idiomas, español incluido. El coste es de 5 euros y comienzan cada día a la 1:30, con una duración de 1 hora.

*Karl-Marx-Allee
Quien quiera hacerse más o menos una idea de cómo era el Berlín de construcción soviética puede ir hasta Frankfurter Tor (U5) y caminar por la Karl-Marx-Allee, una avenida construida durante los años ’50 como eje principal y antagonista de la Ku’damm en el oeste. En sus orígenes la Karl-Marx-Allee se llamó Stalinallee pero en 1961 el nombre será cambiado y la estatua de Stalin será desmantelada. Los primeros edificios de la Karl-Marx-Allee son los más impresionantes y tienen un aspecto bastante clasicista además de ser modelos estándares muy parecidos a los que podrían encontrarse en otras capitales soviéticas. Estos edificios albergaban viviendas “para trabajadores” y en las plantas bajas había cafés, tiendas, restaurantes, para que la vida se desarrollara en los alrededores de la avenida. Si se avanza desde Frankfurter Tor hacia Alexanderplatz nos encontramos con verdaderas joyas y sitios emblemáticos de la época, el Kino Kosmos (un cine de principios de los ’60 que hoy es sede de espectáculos), el Café Sybille (abierto en 1953 hoy en día además de café también es centro de información sobre la historia de la avenida y sus edificios), la plaza Strausberger con sus impresionantes edificios y la fuente (que sale en la apertura de créditos de Good bye Lenin), el Café Moskau, construido a principios de los ’60, era uno de los restaurantes “nacionales” que había en el Berlín este en el cual por supuesto podía adentrarse uno en la gastronomía rusa. Hoy en día es un lugar de eventos, hasta hace poco fue una sala de fiestas y en su exterior pueden verse los murales originales con un repertorio iconográfico soviético. Casi enfrente está el Kino Internacional, contemporáneo del Café Moskau y que aún se utiliza como cine.

Autobús 100 Alexanderplatz-Zoologischer Garten
Una de las mejores maneras (y más baratas) de ver Berlín es desde el segundo piso de la ruta 100 que recorre en media hora del Berlín este al corazón del Berlín oeste. El bus 100 como si de un autobús turístico se tratase pasa en su recorrido por edificios y lugares emblemáticos de Berlín como la Staatsoper en Unter den Linden, el edificio del Reichstag, la Haus der Kulturen der Welt, el palacio Bellevue (donde residen los cancilleres de Alemania), la Columna de la Victoria y así hasta llegar al Zoologischer Garten. Una vez allí se puede hacer el camino a la inversa en el bus 200 que pasa por el Tiergarten y el edificio de la Filarmónica, Potsdamer Platz y así hasta llegar al punto de partida: Alexanderplatz.

Para terminar una de las jornadas en la capital alemana recomiendo visitar uno de los lugares más fascinantes y originales de Berlín, el Clärchens Ballhaus, no se arrepentirán.

*El asterisco indica que es un espacio público o de entrada gratuita.

En el caso de los museos estatales como son todos los que están en la Isla de los Museos o la Gemäldegalerie, en teoría los jueves a partir de las 18:00 son gratis. El problema reside en que la mayoría no pueden verse en las 2 horas de las que consta este marco de tiempo gratuito.

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¿Qué ver en Martinica? Segunda parte

Como lo prometido es deuda, aquí va la segunda entrega de mi selección de los lugares que el viajero que visite Martinica no debe perderse.

Fort-de-France. Una colorida capital de las Antillas Menores
La antigua Fort Royal debe su nombre y gran parte de su desarrollo urbano a la construcción de un fuerte defensivo en el siglo XVII.  El Fort Saint Louis, la fortificación que aún domina la entrada al puerto de Fort-de-France puede ser visitado en parte pues hoy en día es sede de una base naval francesa. Frente al Fort Saint Louis se encuentra el parque más grande de la capital, La Savane, que en realidad pasaría desapercibido para el forastero de no ser por la estatua de una Josefina decapitada desde hace más de 20 años sin que se sepa quién lo hizo. La escultura de la otrora emperatriz de Francia, trasladada al parque en 1859 sigue en pie aunque sin cabeza, recordando la relación amor-odio que existe hacia su figura en su isla natal. Así como Josefina es recordada como “la que devolvió la esclavitud a Martinica”, Victor Schoelcher es una de las personalidades más destacadas vinculadas a la isla. Schoelcher, parisino, será un escritor a favor de la abolición de la esclavitud que participará activamente en la defensa de los derechos de los negros, destinando incluso parte de su fortuna a ello. De ahí que por toda la isla se recuerde al defensor de los esclavos, habiendo un barrio anejo a Fort-de-France llamado Schoelcher, innumerables calles en Martinica con el mismo nombre, y lo que nos interesa en Fort-de-France, la Biblioteca Schoelcher que por supuesto no es ninguna casualidad que tenga el nombre del filántropo y abolicionista. Victor Schoelcher decide donar su gran colección de libros y partituras musicales a la Martinica y dispone que sean alojados en una biblioteca de acceso público, sin discriminación de raza o condición social. La peculiar biblioteca será construida en París para que fuera visitada por los parisinos, y posteriormente se va a desmontar para trasladarla en barco a la Martinica donde aún hoy en día puede visitarse. Otro de los edificios que llaman la atención es por supuesto, la catedral de Saint-Louis, con su afilada aguja que domina el alzado de la ciudad. Además de estos edificios históricos es interesante pasear por la ciudad que no es tan grande y puede verse bien en un día, disfrutar de los olores y colores del Mercado cubierto o de especias, pasear por el paseo marítimo de la ciudad, o subir a las colinas en las cuales se encuentran los barrios más pintorescos de la capital y desde donde hay muy buenas vistas de la ciudad.

Biblioteca Schoelcher, Fort-de-France

Biblioteca Schoelcher, Fort-de-France

Catedral de Saint-Louis, Fort-de-France

Catedral de Saint-Louis, Fort-de-France

 

Fort-de-France

Fort-de-France

Souvenirs en el Marché aux épices, Fort-de-France

Souvenirs en el Marché aux épices, Fort-de-France

Les gorges de la falaise y el Monte Pelée
Una de las excursiones más bonitas que hice en Martinica fue la de les gorges de la falaise que vendría a ser las gargantas del acantilado. Cercana a Ajoupa-Bouillon y a una de las subidas al Monte Pelée se encuentra este precioso lugar al cual se accede tras pagar (creo que eran 7 euros) pues necesitas un guía que te lleve hasta el lugar en el cual el agua baja como una cascada hacia el río. La bajada en sí hacia el río es algo “complicada” pues hay que descender un montón de peldaños muy empinados, altamente recomendable llevar buen calzado. Una vez en el río se espera al guía si no está allí, pues todo el tiempo están entrando y saliendo de las rocas con grupos reducidos. El camino por la garganta hasta la cascada es toda una aventura de cierta dificultad, pero por suerte los guías se encargan de que te sientas confiado en todo momento. A medida que nos acercamos a la cascada la garganta se va estrechando hasta que apenas se ve el cielo encima de nosotros. El paisaje una vez llegados al final es espectacular y siento muchísimo que mi cámara no pudiera captarlo tan bien. Para poder ir con cámara y demás se alquila una bolsa impermeable a la entrada, no recuerdo el precio pero no me pareció que fuese cara. Como he dicho antes, desde la entrada a Les gorges se puede empezar a subir por uno de los caminos que lleva al Monte Pelée que en realidad es una elevación volcánica con cráter y todo cuyo pico raramente puede verse a no ser que se suba porque casi siempre está cubierto de nubes. El Pelée está a poco menos de 1.400 metros sobre el nivel del mar y el ascenso si bien no es muy complicado requiere de tiempo. Una vez arriba se puede observar la caldera, más bajo, o el cráter si se llega hasta la cima. Normalmente son excursiones de un día o día y medio y en Martinica recomiendan ir acompañado por un guía.

Entrada a la garganta

Entrada a la garganta

dentro de la garganta, el agua baja con mucha fuerza

dentro de la garganta, el agua baja con mucha fuerza

amplitud de la garganta

amplitud de la garganta

cascada

cascada

Le Diamant. Belleza en estado salvaje
La fama de la Roca del Diamante ha hecho de esta comuna un lugar muy popular entre turistas. La interminable playa frente al peñón ha hecho el resto. La belleza es “de otro mundo”, pero la fuerza de las olas no debe subestimarse, son tan bravas y la corriente es tan fuerte aquí que puedes terminar encajado en la arena.
Hay visitas turísticas en barcas al Rocher du Diamant (la roca) que está deshabitada y tampoco tiene gran atractivo a no ser porque en tiempos pasados fue lugar de escaramuzas entre ingleses y franceses que se disputaban esta roca estratégicamente situada entre Martinica y Santa Lucía. Si se recorre la avenida paralela a la playa en dirección Les Anses d’Arlet se llega a L’Anse Cafard, un monumento al aire libre a los esclavos que murieron ahogados víctimas de un naufragio en estas cosas por allá por 1830. El monumento y el lugar en que se encuentra tiene un gran dramatismo a pesar de la espectacular vista desde allí.

Roca del Diamante

Roca del Diamante

Playa del Diamante

Playa del Diamante

Oleaje en la playa del Diamante

Oleaje en la playa del Diamante

Cap 110 o monumento a la esclavitud, Anse Cafard

Cap 110 o monumento a la esclavitud, Anse Cafard

Cap Chevalier y la Trace des Caps
Si hay un lugar para no perderse a nivel de playas aisladas y trekking en la costa es Cap Chevalier. Aislado, no muy visitado, es el lugar ideal para hacer kitesurf, windsurf, alquilar canoas y para seguir la magnífica ruta de de los cabos que va bordeando la costa. Cap Chevalier es algo así como un paraíso perdido con kilómetros de playa de arena extrafina y aguas turquesas. Salvo en uno de los extremos de la playa en el cual se pueden alquilar aparatos para deportes acuáticos, el resto de la costa apenas se encuentran chiringuitos o bañistas, de ahí que me gustase tanto. Si bien en Martinica las playas no suelen estar abarrotadas, la de Cap Chevalier es de lo más extremo en cuanto a aislamiento que he visto. Cuando digo la playa de Cap Chevalier me refiero a varias playas que se van sucediendo, algunas más bonitas que otras, como L’Anse Michel o las inmediaciones del Cap Macré. Y justo bordeando parte de esta playa es por donde transcurre la Trace des Caps que si se hace completa tiene un recorrido de aproximadamente 35 kilómetros, la mayor parte bordeando la costa más meridional de la isla partiendo desde Anse Caritan en Sainte Anne, dando al Mar Caribe, y terminando en Petite Anse Macabou al nordeste y ya en plena costa atlántica. La belleza del paisaje hace que sea uno de esos trekkings imprescindibles. En esta parte de la isla hay que tener cuidado con el manzanillo de la muerte, un árbol cuya fruta es extremadamente venenosa e incluso la savia del árbol es altamente tóxica. Hay que evitar el contacto con el árbol y se desaconseja resguardarse bajo ellos durante la lluvia.

Playa desértica en el Cap Chevalier

Playa desértica en el Cap Chevalier

Ideal para kite y windsurf, Anse Michel

Ideal para kitesurf y windsurf, Anse Michel

Paisaje que se ve en la Trace des Caps

Paisaje que se ve en la Trace des Caps

info sobre la Trace des Caps

info sobre la Trace des Caps

Las Salinas, esa playa de anuncio que creías que no existía
Siguiendo con playas, cómo no, las Salinas es “la playa”. En una isla en la cual nunca te encuentras a más de 15 kilómetros del mar es difícil elegir la mejor playa y por supuesto no todo el mundo estará de acuerdo en que esta sea la mejor. Mi criterio para elegirla ha sido porque cumple con los tópicos de playa de arena, con cocoteros, inmensa, paradisíaca aunque es cierto que es de las más concurridas precisamente por su fama. La playa es bien extensa y en uno de sus extremos (el más meridional) no es tan bonita pues las corrientes van llevando las algas y demás cosas hasta esa parte. Pero el resto es espectacular, quizá más para hacer fotos que para bañarse, aquí también a veces hay mucho oleaje.  Se llama Les Salines porque se encuentra junto a una salina que también vale la pena ver, en una zona invadida por el manglar. No lejos de la playa está la Savane des Pétrifications, un terreno árido que recuerda un desierto rocoso y que es una de las partes más antiguas en cuanto a formación geológica de la isla. Gran parte de lo que hoy vemos que parecen rocas no es más que un bosque petrificado hace millones de años. El paisaje es inusual para esta pequeña isla del Caribe que recomiendo mucho visitar.

Las Salinas

Las Salinas

Paradisíaca playa de Las Salinas

Paradisíaca playa de Las Salinas

Cocoteros

Cocoteros

 

Savane des Pétrifications, Sainte-Anne

Savane des Pétrifications, Sainte-Anne

Por supuesto que cuando se hace una selección de lugares a visitar siempre nos dejamos muchos otros sin nombrar, si no, no sería una selección. Espero que esta que yo he hecho, ayude a quien viaje a Martinica, a conocer mejor la isla, un pequeño paraíso en el Caribe.