Relatos Salvajes: Los inicios

A mí a cada rato cuando estoy contando algo que me ha pasado me dicen – ¡ay, tú deberías escribir un libro!-. Como si las cosas que yo cuento mereciesen estar en un libro. Ya bastante mala literatura hay en las librerías y estanterías del mundo para que yo contribuya a una causa con la cual no simpatizo. Dicho esto, tras mucho pensarlo sí que creo que algunas de las historias disparatadas de las que he sido partícipe -voluntaria e involuntariamente- son dignas de ser contadas, aunque sólo sea para la lectura, crítica, risas, deleite y decepción de un grupúsculo de amigos.

Muchos de los que ven mis fotos de viajes no tienen ni idea de cómo fue que yo empecé a viajar y ahora no voy a contar todos los detalles, eso lo dejo para otro capítulo. Pero créanme, llegar de A a B no fue precisamente un trayecto recto o fácil, algunos viajes tuvieron tintes épicos –OK, estoy exagerando- pero con ello quiero decir que muchas de estas aventuras que voy a narrar fueron el resultado de una gran curiosidad y voluntad por salir a conocer el mundo a pesar de las dificultades pecuniarias y legales que me acompañaban.

Seguramente estarán de acuerdo conmigo en que todos los viajes son especiales, ahora bien, esos primeros viajes, al recordarlos, están recubiertos de una pátina especial que el paso del tiempo no hace más que reforzar hasta convertir un recuerdo mundano en algo legendario. Y eso es precisamente lo que ocurre con estos recuerdos y con este viaje.

Por allá por el año 2002 se me metió en la cabeza viajar a Italia. Digo se me metió en la cabeza porque era más fácil que hubiera elegido un destino más cercano, dentro de la misma España, o que hubiera ido a Francia que está, como quien dice, allá al lado.
Para ponerlos un poco en antecedentes, a finales del 2002, cuando empieza esta historia, yo acababa de cumplir 21 años, llevaba 3 años y pico en España y mi situación legal no era tal, vivía indocumentada con un pasaporte que no valía nada. Pero nada de esto fue óbice para viajar, ya sé, qué locura, si me cogían podían enviarme de vuelta a esa isla que flota a la deriva en el Caribe, pero bueno, no siempre el sentido común se ha impuesto en mis decisiones.

Así que en aquella época -recordemos, 2002, pre Google, Youtube, cuando aún no existían vuelos low cost, ni más hostels que los de la Asociación de Albergues Juveniles, cuando apenas se encontraba información online sobre destinos, alojamiento, y aún estábamos perdidos en la conversión de las monedas locales al recién estrenado euro- yo decidí que me iría a Italia. El cómo aún no lo sabía, pero la semilla del viaje había sido plantada.

La idea inicial era pasar varias semanas viajando pasando por Milán para visitar a unos amigos, de ahí a Venecia, luego Florencia, Pisa y Roma. Un circuito bastante clásico y trillado lo sé, pero raramente alguien va por primera vez a Italia para ver Ancona o Bari –que también habría que verlas- pero en otro viaje. Yo fantaseaba con incluir Rávena en mi recorrido y ver los mosaicos de San Vital o el Mausoleo de Gala Placidia –creo que ahora tendría que aclarar que por aquella época yo estaba en mi segundo año de Historia del Arte, motivo de peso para que quisiese ir a Italia- pero el presupuesto aniquilaba cualquier tentativa de ampliar el recorrido.

Julio y yo –ah por cierto, este viaje no lo hice sola, pero ya hablaré más adelante de Julio y le daré su justo peso en esta historia- pensamos en ir en coche, así tendríamos más libertad para movernos y hasta podríamos dormir en aquel viejo Ford Fiesta del 77 para ahorrar dinero. Pero el frío extremo que hizo ese diciembre, la nieve que dificultaba nuestro camino, y la experiencia del viaje a Portugal en coche –en el que tuvimos que parar a cada rato porque el motor se calentaba, nos tuvo que recoger la grúa a medio camino para reparar no sé qué, y la vuelta desde la frontera portuguesa la tuvimos que hacer en un taxi, por suerte cubierta por el seguro- nos hizo desistir de la idea romántica de pasearnos por Italia en un coche antiguo cual si fuéramos Marisa Tomei y Robert Downey Jr. en aquella película llena de clichés en la cual la vida en Italia parece un viaje al edén.

Tras muchas pesquisas, algunas por aquella Internet que iba lenta, conectada por un cable a un módem cuyo ruido al conectarse recuerda los ruiditos de R2 –creo que me estoy poniendo nostálgica-  y otras yendo a la estación de tren y haciendo llamadas telefónicas, decidimos que iríamos en bus hasta Barcelona y desde ahí cogeríamos trenes nocturnos, de los que paran en cada estación y tardan siglos en llegar a cualquiera que sea su destino, pero que eran increíblemente baratos para aquellos tiempos.

Una vez decidido el recorrido y el medio de transporte, quedaba por averiguar dónde dormiríamos. Como ya dije, era en una época en la cual viajar aún era un lujo y las opciones de alojamiento eran más bien caras, encontrar habitación barata en Venecia, Florencia y Roma podía convertirse en la búsqueda de la piedra filosofal. Pero aquellos que me conocen saben que yo tengo, o tenía, una voluntad de acero –el hierro se oxida- y a eso hay que añadirle mi debilidad por los desafíos. Así que con tremenda paciencia empecé a buscar alojamiento en Venecia, nuestra segunda parada en el viaje, pues en Milán nos quedaríamos en casa de unos amigos.

Y así fue como pasé varias semanas buscando en páginas de affittacamere en Venecia, que en aquella época iban desde alquileres de cuartos en casas particulares a pensiones y un largo etcétera de opciones difíciles de clasificar.

Y di con el lugar ideal. O con el precio ideal. Una habitación para dos personas en un apartamento detrás de la Plaza San Marcos. El precio: 30 euros la noche. Repito: detrás de la Plaza San Marcos, 30 euros la noche.
Créanme, era mejor de lo que esperaba encontrar. Recuerdo hablar con la propietaria por teléfono, en mi recién estrenado italiano y preguntarle varias veces cuánto costaba porque no podía creer que hubiese dado con semejante ganga. Para los que no saben cómo era hospedarse en Venecia en aquella época les contaré que dormir en algún lugar -ni tan siquiera decente- no bajaba de los 80 euros la noche y ello quizá en Mestre, no en Venecia. Así que imagínense mi alegría al pensar que 5 noches en Venecia nos saldrían por 150 euros, o lo que es lo mismo, 75 cada uno. Sólo quedaba saber si el lugar era decente, pero qué nos importaba, éramos jóvenes, estábamos enamorados y nos íbamos a Italia.

Y fue así como con algunos cabos sueltos emprendimos nuestro viaje unos días después de mi vigésimo primer cumpleaños y con todos mis ahorros de los últimos meses.

Esas primeras horas en el tren, de noche, no podíamos ni queríamos dormir para no perder detalle. Hubo que bajar en Port Bou para cruzar a Cerbére, en la frontera con Francia. La noche se hacía eterna mientras esperábamos el próximo tren aguantando el frío ¡pero era tan vivificante! Es curioso cómo a veces al cruzar una línea imaginaria en apenas 3 pasos te emociona estar en otro lugar cuando en realidad estás en el mismo, sólo cambian los nombres, a veces las leyes, la lengua, pero el sol no calienta más del otro lado de la frontera, tampoco el aire es más puro y si el corazón late más rápido es producto de la emoción, o de los nervios porque ves acercarse a los gendarmes y ese puede ser el final del viaje tal y como tú lo tenías pensado.
Luego llegaron los pueblos dormidos en la costa mediterránea francesa, pueblos que ni sabíamos que existían y que están ahí desde el principio de los tiempos. Y así, hasta Ventimiglia a la mañana siguiente.

Viajar en tren tiene todos los ingredientes para construir un gran recuerdo, uno de esos que hace que tu viaje parezca una película memorable. Viajar en tren es romántico, es lento, el tiempo se dilata y el espacio se convierte en una sucesión de paisajes que no siempre cambian mientras el traqueteo de los vagones y el murmullo de los pasajeros que suben y bajan aportan monotonía a la aventura.

Pero volvamos a la historia en la cual estamos en Ventimiglia, en la frontera mediterránea entre Francia e Italia a la mañana siguiente. Empezaba nuestro itinerario hacia Milán que no era más que una parada técnica para alcanzar Venecia y nuestra habitación detrás de la Plaza San Marcos por el módico precio de 30 euros la noche.

 

Continuará…

 

 

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Adentrándonos en la estepa

Como escribí anteriormente, por la noche casi no pude dormir pensando en lo que nos esperaba al día siguiente. El Gobi suena a ensoñación, a un lugar que es tan remoto que parece que nunca pudieras llegar allí. Nos despertamos bien temprano pues el conductor y el guía nos recogerían en nuestro hostel para ir al Golden Gobi a reunirnos con Susana y Gianluigi, desayunar y ultimar algunos detalles. Tras los saludos, el desayuno y algunas explicaciones, nos ponemos en marcha, mi estómago está tenso, estoy impaciente por salir de Ulan Bator y comenzar a descubrir la estepa mongola. Nuestro conductor se llama Bayra, tendrá unos 40 años y está todo el tiempo sonriendo. Entiende inglés pero habla poco, y cuando lo hace, nos hace reír porque tiene un gran sentido del humor. El guía, Gotov–nombre que tardaremos en decir bien- es un gordito simpático y bonachón que habla muy bien inglés y más que mongol parece una mezcla de asiático con indio centroamericano. Con Bayra, Gotov, Susana y Gianluigi pasaremos una semana, compartiremos horas interminables en el jeep viajando y contemplando el paisaje, echaremos buenas risas, gratas conversaciones, compartiremos ger y tienda de camping, será una experiencia de convivencia muy grande.

Los primeros minutos transcurren lentos, paramos mil y dos veces antes de salir de la ciudad, que si echar gasolina, que si pasar por casa de no sé quién, damos mil vueltas y como no conocemos la zona no tenemos ni idea de dónde estamos. Finalmente se ponen en marcha, lo notamos porque Bayra pisa el acelerador y entonces, comienza el gran viaje! En pocos minutos hemos dejado todo resto de civilización detrás, al salir de Ulan Bator enseguida desaparecen las carreteras, el pavimento y los postes eléctricos. En un hora ya estamos en un paisaje infinito, aislado, donde sólo se ven caballos a cada rato y la estela que va dejando el polvo de los caminos improvisados por los cuales nuestro jeep ruso -salido directamente de una era cercana al paleozoico- nos lleva. Creo que si hay algo que defina a Mongolia es infinita, así es como la percibo, el horizonte aquí está más lejos que en cualquier sitio en el que haya estado anteriormente, la inexistencia de referentes arquitectónicos o incluso de vida humana durante la mayor parte del paisaje, hacen que este parezca inabarcable, imposible de captarlo todo.  El cielo mongol adquiere unas dimensiones de inmensidad mayores a las que uno ha podido imaginar, ves que se extiende a lo largo y ancho de tu campo visual y aún sigue, y parece que no exista nada más que estepa, cielo y caballos.

Tras unas horas on the road -nunca mejor dicho- vemos tres gers en un lugar apartado, donde prácticamente sólo hay un corral para animales, algunos caballos disperos…y una canasta para hacer lanzamientos de balones. Y es que al parecer a los mongoles les gusta el baloncesto, pues esta no será la única canasta que nos encontremos por el camino. Nos bajamos de nuestro ilustre corcel soviético todos con ganas de ese primer contacto con la población nómada, con este pueblo que ha estado prácticamente en un estado de nomadismo desde el principio de los tiempos. Nos invitan a entrar en una de las gers, donde una niña de unos 2 años duerme con la cara sucia, seguramente de haber estado jugando en el campo. Su abuela está preparando la comida y tras entrar nos ofrece airag, una bebida a base de leche fermentada que tiene un sabor muy peculiar, salado, fuerte, pero para nada desagradable. Además nos ofrecen una especie de bizcochos que sin ser ni dulces ni salados están muy ricos. Para comer hay cordero pero aún está en fase de preparación. 

La mujer cocina en una pequeña estufa que sirve tanto de chimenea como para calentar la comida, y como combustible utiliza excrementos de ganado, quizá también de camello. El ger por dentro es más grande de lo que imaginaba, y mientras mi mirada lo recorre voy descubriendo elementos que veré en cada yurta mongola: la estufa, la cama de madera preciosamente pintada, una comodita también de madera pintada sobre la cual hay fotos del Dalai Lama, del hombre de la casa en la Plaza de Sukhbaatar –seguramente que en uno de los pocos viajes a la capital-, y del caballo de la familia, que en Mongolia adquiere un halo sagrado y por ello que su foto se encuentre en el altar de las cosas más queridas por ellos.  Y es que no hay que olvidar que el caballo es el transporte por excelencia de los mongoles y gracias a ellos Gengis Kan pudo tener el imperio terrestre más grande que jamás ha existido.

Mientras cocinan el cordero salimos del ger para explorar un poco los alrededores. Hay un niño que se acerca con un caballo a vernos, debe vivir en algún lugar cercano que no alcanzamos a ver, tendrá unos 12 años y lleva un precioso del azul. Nos mira y exhibe su caballo porque sabe que somos curiosos, al igual que él. En la improvisada  pista de baloncesto juegan el chico de uno de estos gers, también adolescente, un hombre mongol, joven y muy risueño y una mujer que no sabemos de dónde ha salido. Iván, experto jugador, se une a hacer unas canastas pero los mongoles son mejores. Tras unos tiros a la cesta fallidos, me retiro a comer pues ha llegado la hora de probar la gastronomía mongola.

Sentados a la mesa, Susana, Gianluigi, Iván y yo, tenemos delante de cada uno un plato un tanto peculiar, son como unos espaguetis pero en vez de ser de sémola de trigo parecen hechos de harina de patata o algo así, y están “salteados” con zanahorias y cordero hervido. No están ricos, comemos por no hacer un desaire pero todos tenemos cara de: ¿esto es todo? De repente Iván suelta un: esta pasta está un poco seca ¿no? A lo cual todos lo miramos sorprendidos, ya nos habíamos dado cuenta y nos resignamos a comer ese primer “manjar” mongol, pero Iván, muy sibarita, está aún a medias. 

Tras comer y hacer una pequeña pausa Gotov y Bayra se suben al jeep y nos dicen que hay que continuar el camino hasta el próximo ger donde nos quedaremos a pasar la noche. Antes de ir allí nos promete un alto en el camino para observar unas preciosas vistas desde un terreno un tanto singular.