Martinica


Al fin el Caribe

Al fin el Caribe

Cuando hace meses dije que me iría a vivir a Martinica aquello sonaba a algo idílico, a idea descabellada y a aventura que quizá muchas personas alguna vez se han planteado hacer “me marcho a una isla del Caribe o de la Polinesia” pero que en la mayoría de los casos no llega a realizarse.
En mi caso sí que se ha realizado, tras 72 horas aquí sé que este es un lugar en el cual puedo quedarme más allá de la temporada de verano que aquí además dura eternamente. Poco a poco lo que voy descubriendo de esta pequeña isla me atrae cada vez más, un verdor intenso, una vegetación exuberante, un calor que dura todo el día pero que se atenúa en las sombras con la brisa del mar. Y el mar, ¡qué mar! Este Mar Caribe en el que podría bañarme siempre.
Así que aquí estoy comenzando una nueva etapa, diferente a todas las demás, sobre todo, porque esta vez estoy desandando el camino recorrido, volviendo al lugar del cual salí, y si bien no he vuelto a Cuba, he vuelto a Las Antillas, a una naturaleza y un ambiente que parecían olvidados pero que hoy están más vivos que nunca. Al salir a la calle y ver las mismas plantas que me rodeaban en mi niñez, sentir ese mismo olor a tierra, a hierba calentada por el sol, siento que he hecho una especie de viaje al pasado. Quizá aquí radique mi fascinación por Martinica que podría ser la fascinación por cualquier otra isla que me hubiese recordado la mía, quién sabe. En cualquier caso espero que este sea el comienzo de una gran amistad.

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