Damnatio Memoriae y Memento Park


Inscripción con el nombre de Diadumeniano, hijo del emperador Macrino, borrado

Inscripción con el nombre borrado de Diadumeniano, hijo del emperador Macrino

En la Antigua Roma cuando un enemigo del Estado moría el Senado romano podía condenar la memoria de dicho enemigo. La damnatio memoriae se traducía en la eliminación de imágenes que pudiera haber de esta persona, esculturas y pinturas eran destruidas o retocadas, su nombre era eliminado de cualquier inscripción pública en que apareciese, e incluso se prohibía nombrarla. Era la manera romana de condenar al olvido en una cultura en la cual el culto a los antepasados y difuntos era muy importante, por lo tanto el olvido era una negación de la existencia en esta vida, y también en el más allá. Famosos son los casos de emperadores romanos como Calígula, Nerón, Cómodo o Geta, por citar unos cuantos.

A lo largo de la historia la damnatio memoriae se ha aplicado en tantas ocasiones que serían muchas las páginas que dedicarle a este tema si se quisiera profundizar en cada caso. Ha habido condenas de la memoria en el imperio egipcio, en el mundo helénico, e incluso en el Vaticano cuando un papa le aplica la damnatio memoriae al papa antecesor. Y famosa es la condena al olvido que durante las purgas estalinistas se aplica a todo aquel que cae en desgracia. La persona en cuestión desaparece de fotos, documentos, y como en 1984, lo que un día estaba escrito cambia para ser contado de otra manera, sin alguno de los protagonistas. Es curioso entonces que en algunas ciudades que sufrieron una represión tan grande y en la cual se llevó a cabo una práctica milenaria de condena de la memoria, no se hayan destruido la mayor parte de los símbolos de un régimen que condenó a tantos al olvido. Olvido en gulags y otros campos de trabajo, olvido en el destierro, olvido en la memoria histórica.
En mis relatos del transiberiano ya conté lo que había pasado con gran parte de las esculturas de la época comunista que había en la URSS y que fueron a parar al Art Muzeon de Moscú, un parque lleno de esculturas y monumentos que pertenecen a un pasado no muy lejano pero que no querían estar en el presente y futuro de Rusia y otras ex repúblicas soviéticas.

Monumento del Movimiento de los Trabajadores, 1976

Monumento del Movimiento de los Trabajadores, 1976, Memento Park, Budapest

La última vez que estuve en uno de estos parques fue en Budapest. El Memento Park sería una versión sofisticada de la damnatio memoriae. Si bien la palabra memento implica recuerdo, este recuerdo o memento de una época se ha expoliado de la ciudad para ser trasladado a una periferia porque como en el Art Muzeon moscovita, los húngaros no quieren tener presente en su día a día todo un repertorio iconográfico que les trae amargos recuerdos.

Amistad húngaro-soviética

Amistad húngaro-soviética

Así que en 1993 se inauguró un parque a una memoria teñida de infamia, como muchas de las historias que son un testimonio de lo que hay detrás de estas esculturas. Tal es el caso de la amistad húngaro-soviética en la cual un obrero húngaro más bajo y con gran agradecimiento toma entre sus manos la del soldado soviético. Curiosamente esta obra es de 1956, el mismo año en el cual el levantamiento húngaro contra la represión de la Unión Soviética será sofocado con una masacre por parte de las fuerzas militares soviéticas. Hubo más de 2.000 muertos, lo que había comenzado como una manifestación pacífica terminó siendo una revolución aplastada con sangre. Esa era la amistad húngaro-soviética.

Las botas de Stalin

Las botas de Stalin

A la entrada del parque nos esperan las botas de Stalin, que son las que originalmente calzaban la figura de 8 metros de altura que se encontraba sobre un enorme pedestal. La estatua del dictador soviético era un “regalo” del pueblo húngaro en la época en la cual en Hungría el culto a la persona de Stalin estaba en su apogeo, con Mátyás Rákosi, el mejor discípulo húngaro de Stalin, como Secretario General del Partido Comunista del país magiar. Durante el levantamiento de 1956, los manifestantes de Budapest tirarán la estatua de Stalin al suelo, quedando sólo las botas en pie. La imagen de esta caída recuerda mucho a una más reciente que creo todos recordamos, la de la caída de la estatua de Sadam Husein en Bagdad. Ciertamente la Historia se repite una y otra vez, nada nuevo bajo el sol. No puedo evitar pensar si algunas obras acometidas en estos años inciertos serán también denostadas y sufrirán la damnatio memoriae. Pienso en aeropuertos, parques, plazas, avenidas, complejos deportivos construidos en diferentes países y bajo gobiernos muy diferentes que responden al ego de los que mandan y que quizá un día no serán más que un parque temático o el recuerdo dinamitado de unas circunstancias impuestas.

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