Pigments, arte comprometido


Hace poco más de un mes siguiendo con mi propósito de visitar todo lo que pueda durante mi estancia en Martinica hice una visita a la famosa Habitation Clément. El término Habitation se refiere a antiguas casas rurales en las cuales vivían terratenientes blancos y la mayoría de ellas se encontraban dentro de plantaciones azucareras con sus correspondientes destilerías.

No voy a contar aquí mi visita a la Habitation y los terrenos en sí -la cual recomiendo encarecidamente a quien venga a Martinica- sino a las salas dedicadas a exposiciones temporales de Arte Contemporáneo que se encuentran en antiguos almacenes y dependencias de la plantación. Todas ellas se encuentran bajo el patrocinio de la Fondation Clément, entidad encargada de preservar el patrimonio antillano y del océano índico, que actúa como mecenas y organiza verdaderas maravillas en esta pequeña isla del Caribe.

La Cuverie es uno de estos templos del arte, una sala que sería al arte contemporáneo lo que un oasis al desierto. Un lugar necesario, que sirve para olvidarse durante un rato de tanto sol, tanto verde y tanta caña de azúcar y cambiar el paisaje real por el imaginario, por otras geografías, texturas y realidades.

Tuve la suerte de visitar La Cuverie durante la exposición Guyanes>Pigments dedicada al arte que actualmente se está haciendo en parte del macizo guayanés, en este caso específico, se centrándose en la Guayana Francesa, Surinam y Brasil. El título de la exposición no sólo aludía a los pigmentos utilizados para dar color en la pintura, sino que es un homenaje a la poesía  de León-Gontran Damas, Pigments, una de las obras cumbres de la literatura de la Guayana Francesa que será pionera en aquello que se conoció como la Négritude (negritud). Partiendo de la poesía de Damas, el aparente hilo conductor es la naturaleza y la identidad como pueblo. El arte más apegado a lo telúrico, a las raíces, a las fibras naturales, a obras que parecen tótems y que recuerdan un arte más naïve o ancestral -si es que acaso no son lo mismo-. Frente a un escudo pintado me siento transportada a una época remota y ya no sé si lo que estoy viendo es una obra contemporánea cuyo autor como yo supongo imbuido por una iconografía occidental, postmodernista, o si estoy ante un escudo realizado por un aborigen australiano y que bien podría encontrarse en un museo etnográfico. Tal es la falsa inmovilidad del arte guayanés. Pero es una fachada, detrás hay otro discurso. El discurso identitario en regiones con un conflicto colonizador. El discurso antiesclavista, anticolonialista, la crítica a la departamentalización injerente (la Guayana Francesa sigue siendo un territorio de ultramar francés) y el ensalzamiento de las raíces africanas y de la cultura rastafari. Lo que en un principio podría parecer arte indigenista no es más que el continente que alberga un contenido de protesta.

Uno de los trabajos que más impacta es la serie Traces/Mémoires del fotógrafo Jean-Luc de Laguarigue. Partiendo de escenarios tan tétricos como fueron las colonias penales de Francia en las islas de la Guayana Francesa, Laguarigue hace un repaso no sólo a la crueldad en sí misma de los trabajos forzados y la privación de la libertad, sino a la existencia de una doble condena, la de la invisibilidad de estos reclusos ante Francia. El encontrarse en el más absoluto ostracismo en una isla llena de maleza y rodeada de agua era aún peor que trabajar de sol a sol. Y muchos de los condenados eran presos políticos. Laguarigue, de origen martiniqués, va a recorrer los mismos lugares por los cuales pasaron con mucha pena y sin ninguna gloria miles de hombres con causas diversas. Desde asesinos y ladrones hasta militares acusados de traición como fue el célebre Alfred Dreyfus -declarado inocente algunos años más tarde.

En una pequeña celda de aspecto aséptico encontramos una fotografía que testimonia el paso de los presos por estas islas. Nombres, fechas, letras, dibujos pintados sobre los muros, cualquier recuerdo que pudiera darles un hálito de esperanza para mantenerse vivos. No es una casualidad que ese fragmento de muro traiga a mi mente el Art Brut en general y a Dubuffet en particular. Es el testimonio del desespero, de la irreversible pérdida de la cordura.

Traces/Mémoires. Jean-Luc de Laguarigue

Traces/Mémoires. Jean-Luc de Laguarigue

Traces/Mémoires. Jean-Luc de Laguarigue

Traces/Mémoires. Jean-Luc de Laguarigue

Y la crítica continúa con Déportations de Fabrice Loval. Una larga tela a modo de friso se convierte en testimonio de la Historia de un territorio (no podemos decir país) fundado con esclavitud y sometimiento. Y a través de esta obra y su lograda narratividad volvemos a viajar en el tiempo y sentir que estamos ante una pintura rupestre, tal es su primitivismo. Las figuras no son más que siluetas, no hay rasgos que los caractericen, nada los define, son seres sin nombre que serán arrancados de su entorno. 

Déportations. Fabrice Loval. Acrílico sobre tela

Déportations. Fabrice Loval.
Acrílico sobre tela

Detalle de Déportations. Fabrice Loval. Acrílico sobre tela.

Detalle de Déportations. Fabrice Loval. Acrílico sobre tela.

No menos comprometida es la obra de Kurt Nahar, artista surinamés que bajo la influencia dadaísta nos recuerda los trágicos acontecimientos de diciembre de 1982, cuando 15 opositores a la dictadura militar de Desi Bouterse fueron asesinados en circunstancias aún hoy sin esclarecer. Con Fort Bomika, instalación que consta de un teléfono y sonido, al descolgar el auricular se reproduce un discurso revolucionario al más puro estilo Malcom X que nos recuerda que la revolución es lucha, y que la revolución global es necesaria. No podría ser más actual y pienso en si los contextos se repiten cada cierto tiempo, y llego a la conclusión de que si bien los actores cambian, siempre quedan revoluciones por hacer, luchas por continuar, reivindicaciones que reivindicar. 

Fort Bomika. Kurt Nahar

Fort Bomika. Kurt Nahar

Caribbean soldier. Dhiradj Ramsamoedj

Caribbean soldier. Dhiradj Ramsamoedj

Y continuando con los vientos de revolución y lucha, nos recibe y despide al mismo tiempo la que es quizá la obra más fotografiada de la exposición. Con Caribbean soldier Dhiradj Ramsamoedj nos enfrenta a una escultura antropomórfica cubierta de trozos de tela. Sólo unas botas de soldado nos hacen caer en la cuenta de que estamos ante una figura militar. Una de sus manos sostiene una especie de grillete. ¿Quién es este soldado? ¿Por qué lleva un grillete? La primera impresión que tuve me llevó al África negra y a los vestidos ceremoniales de los brujos de algunas tribus. ¿Es este soldado un brujo que exorciza el pasado? ¿Es el grillete el recuerdo de un yugo colonizador o el recuerdo de que el pasado es una carga que llevamos con nosotros? ¿Son los trozos de tela multicolor la huella del mestizaje de Surinam? Y entonces caigo en la cuenta del título de la exposición. Pigments o Pigmentos, no los que se obtienen de la naturaleza para colorear, sino los que nuestra historia personal añade en forma de capas y que dan un color diferente a cada uno de nosotros. Y empiezo a divagar sobre colores, lugares y circunstancias.

 

Post originalmente publicado en http://amparela.com/pigments-arte-comprometido/

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