Maltrato en el “café de Amélie”


Seguramente el título de este post deje a más de uno intrigado, y otros digan, ¿café de Amélie, maltrato? Pues con “café de Amélie” me refiero al Café Des deux Moulins, aquel café en el cual la siempre inolvidable Amélie trabajaba y tan pizpireta y agradable intentaba arreglarle la vida a todo el mundo. Pues bien, no hay ninguna Amélie en el Des deux Moulins, y seguramente el lector esté pensando -¡qué ingenua, por supuesto que no la hay!- Con ello no quiero decir que esperase encontrarme a Audrey Tatou trabajando en el café, ni siquiera una mala copia de ella, pero el trato recibido es como la antítesis de la protagonista de tan linda película.

la inolvidable Amélie

la inolvidable Amélie

Y ahora seguro se preguntan que ¿qué hacía yo yendo a un lugar tan turístico como el Café de Amélie? La respuesta es bien simple. Yo soy una megalómana, pero mi delirio de grandeza no está orientado a los hoteles de lujo, o a dormir en la misma habitación en la que algún famoso durmió, es más simple, mi megalomanía está directamente relacionada con el cine y los lugares en que se han filmado escenas memorables de memorables películas (supongo que habrá muchos como yo). No hay más que ver la de gente que cada día se retrata en la Fontana di Trevi y no precisamente porque adoren la arquitectura de Bernini o de Salvi (que los habrá), sino porque la más famosa fuente romana es parte de un “consciente colectivo” un icono cinematográfico desde Tres monedas en la fuente, aunque eternamente recordada por el baño de Anita Ekberg en La Dolce Vita. Por cierto, ¿sabían que diariamente se arrojan unos tres mil euros a la fuente?

Siguiendo con otro de los iconos cinematográficos y sin salir de Roma tenemos la Bocca della Verità, apenas conocidas por los turistas antes de Vacaciones en Roma, cuando una jovencísima Audrey Hepburn introduce su mano en la boca ante un incrédulo Gregory Peck.

Pero volvamos a París, a Montmartre, y al Des deux Moulins.

El cinematográfico Des deux Moulins

El cinematográfico Des deux Moulins

Ubicado en una esquina de la rue Lepic, tras varias visitas a París evitando u olvidando visitarlo, la última vez que estuve en la Ciudad de la luz, decidí pasarme por allí para desayunar. Qué mala idea -aunque ahora que lo pienso no tan mala porque de ahí nació este post-. Lo primero que asombra es la cara de la camarera que me atendió (esto fue en marzo, quizá ya no esté). Aunque había mesas vacías y nosotras éramos dos y nos sentamos en una mesa de dos, su mirada de desprecio y desaprobación petrificarían a la mismísima Medusa. Enseguida vino a decirnos que nos sentáramos en otro sitio. Ok, no pasa nada, es París y en París el servicio al cliente siempre me ha parecido pésimo.

Tras tardar en venir a tomarnos el pedido, y con el mohín habitual, recoge las cartas con malas formas, como para mostrar su inconformidad con ¿la vida? No me lo podía creer, es cierto que ya tengo experiencia con la hostilidad de muchos camareros de París que parece que te están haciendo un favor en vez de cumplir con su trabajo, pero esta chica era absolutamente grosera. Sí, claro, habrá quien diga: estará harta de los turistas y raritos que vienen a hacer fotos al café y que piensan que Amélie trabaja allí. Pero, ¿no es de eso de lo que ella vive? ¿Si no le gusta, no podría trabajar en otro lugar? Estoy convencida (mis años como camarera me llevan a tal convicción) de que ella será igual de descortés en un café anónimo de la Provenza. Simplemente no le interesa dejar una buena impresión ni ser amable. Estuve un buen rato observándola en lo que esperaba el desayuno y constaté lo que ya imaginaba, ella era descortés con todos, daba igual la procedencia. Me sorprendió muchísimo la manera de caminar de esta anti-Amélie, caminaba con tal desgano que arrastraba sus zapatos y en los momentos en los cuales no había música solamente se escuchaban las suelas rozando el suelo con vehemencia. Increíble, ¡qué habilidad para hacer sonidos que compaginasen con su humor! Finalmente llegó el desayuno y con un lacónico Bon appétit abandonó la mesa. Esperar una sonrisa de ella era como pedirle al mar que no fuese salado, imposible.

El desayuno era extremadamente caro, pero es algo que ya me esperaba, por estar donde estaba, además en París pocas cosas salen baratas.

Interior del Des deux Moulins

Interior del Des deux Moulins

El souvenir de Amélie vende

El souvenir de Amélie vende

A pesar de todo, intenté disfrutar de mi cappuccino que no era cappuccino, del ambiente, la decoración, y el recuerdo de una de mis películas favoritas. Busqué el lugar en el cual Amélie escribe el menú del día mientras Nino (Mathieu Kassovitz) está sentado tomándose un café. Yo me senté (sin saberlo) donde él en la película. Digo sin saberlo, porque en la película el café está ligeramente transformado y cuesta reconocer dónde exactamente estaban los personajes. Me deleité recordando la música que suena en ese momento, Guilty, cantada por Al Bowlly, y de repente, por un rato, dejé de escuchar los pies de la camarera siendo arrastrados, y olvidé su rictus y sólo pensé en Amélie y en Nino, y en el fabuloso destino de cada uno de nosotros.

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