¿Para qué sirven los viajes?


Esta semana está siendo una semana extraña y bien pesada. Es de esos días en los cuales los sentimientos encontrados, las decisiones por tomar, el tedio y la rutina intentan hacer mella en mi ánimo. Y en uno de esos momentos en los cuales la pesadez del día a día me pasa factura ha sido el viaje a Budapest el que me ha salvado de la apatía que empezaba a apoderarse de mí.

He recordado una fría pero soleada mañana caminando por las calles de la capital húngara. La bella arquitectura de la ciudad y el omnipresente Danubio son las primeras imágenes que mi mente rememora. Y la música, y la sensación de infinito bienestar que sentía en una de las ciudades que más me ha atrapado hasta ahora.

Budapest

Budapest

Y si alguien me preguntara que para qué sirven los viajes le diría que para muchas cosas, como por ejemplo para recordarlos en los momentos como este que ahora atravieso, para sacarnos una gran sonrisa de satisfacción, de felicidad al volver a vivir con nuestros recuerdos aquella primera vez que se vio tal o más cual río, catedral, museo, aquel banco del parque que nos ofreció descanso y alivio durante el viaje, la deliciosa tarta Sacher en Viena, el primer encuentro con Rembrandt, la primera vez sobrevolando maravillas en un globo aerostático, el bullicio y excelencia de Londres, recorrer la muralla China mientras miles de pájaros trinan en los árboles que la rodean y sentirse afortunado de estar ahí, el calor y el turquesa de Uzbekistán, la paz de los templos budistas, los ladrillos de Hamburgo, las especias en Marruecos, el primer menú chino escrito en caracteres chinos en China, una llegada digna de cine bélico a  Moscú o el amanecer más lindo en Kirguistán o en París…la aventura, lo desconocido.

Feliz en Ulan Bator, Mongolia

Feliz en Ulan Bator, Mongolia

Pero viajar no sólo sirve para recordar. Yo diría que en mi caso me ha servido mucho para conocerme a mí misma. Para conocer a los otros pero a través de mi relación con ellos o con el medio que me rodea conocerme mejor. Para valorar lo que quiero y lo que tengo y para volver a poner los pies sobre la tierra si es que estos empiezan a levitar.

Viajar le da un sentido diferente a la palabra casa, hogar, ciudad, familia, amigos, y te da la medida exacta de cuánto amas donde y como vives, no  hay más que pensar en cómo se vuelve de cada viaje.

Viajar me ayuda a poner colores y olores y sabores a lugares que yo había inventado en mi mente. Y también me ayuda a quitar etiquetas, romper estereotipos, perder el miedo a lo que no conozco, a lo remoto y al paso del tiempo.

Y mientras escribo esto otra vez vuelven a mi mente los recuerdos de un viaje. Ya no sé si fue real o lo he soñado y ahí estoy, sobre un ruidoso tren que atraviesa una interminable estepa al amanecer para llevarme al pasado y al futuro al mismo tiempo. Ese es uno de mis mejores recuerdos aunque no pierdo la esperanza de que mi próximo viaje traiga recuerdos que lo superen.

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Un pensamiento en “¿Para qué sirven los viajes?

  1. Aquel tren fue bien real, también la paz que emanaba de la entrada en Asia y el brillo en tus ojos que proyectaba tu risa con los hoyuelos. Siempre recordaré mientras viva la felicidad vivida en Mongolia o China, y también la profecía de aquella buena mujer rusa que nos daba dos besos al bajarle la maleta y despedirse de nosotros.

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