Aterrizando en Tashkent


Tras un vuelo de 5 horas desde Riga, aterrizo en la capital de un país del que no se habla mucho, Uzbekistán, en una calurosa madrugada de agosto. Nada más aterrizar en Tashkent, pasar los engorrosos trámites aduaneros e intentar cambiar dinero, choco con el primer indicio de que no estoy en una república democrática, uno de tantos que serán parte de nuestra cotidianidad. En las afueras del aeropuerto hago una foto a la fachada de la terminal, y un policía -muy amable por cierto- me dice: señorita, aquí no se pueden hacer fotos. Me giré y me disculpé diciendo que no lo sabía -es cierto- y me apresuré a coger un taxi que me llevase al hotel Uzbekistán donde estaría dos noches antes de empezar el periplo uzbeco.

Fachada del Hotel Uzbekistán

Este hotel, construido en la década de los ’70 del siglo pasado, tiene una estructura muy peculiar con una fachada que me recordaba un panal de abejas. Ciertamente lo que en su día habrá sido una gloria -anuncian que Marcello Mastroianni se quedó allí- hoy no pasa de ser un lugar mediocre. Con todas las posibilidades de que continuase siendo un gran hotel, los detalles, que son los que marcan la diferencia, están olvidados. Pero bueno, no quería un hotel de lujo, sino un lugar donde pasar dos noches y este cumplía a la perfección dicho cometido. Me acosté tardísimo cansada del viaje hasta que al otro día me despertó una llamada de la recepción.

El primer recuerdo impactante que tengo de ese día fue: el calor. Horrible, insoportable, insufrible. Había más de 40ºC y cualquier movimiento se hacía eterno. Pero no quería quedarme todo el día en una habitación esperando a que atardeciese, además sabía que el calor excesivo sería una nota predominante durante el viaje y tendría que lidiar con ello. Así que salí a pasear por Tashkent en una soleadísima y calurosísima tarde de agosto. Justo frente al hotel tengo la Plaza de Amir Timur, una agradable plaza ajardinada con una estatua ecuestre en la cual Tamerlán como héroe nacional de los uzbecos sustituye a la antigua estatua de Carlos Marx que hubo hasta el año 1993, la cual a su vez sustituía una de Stalin de los años ’40. ¡Hay que ver lo que cambian las cosas con el devenir del tiempo!

Tamerlán

A un costado de la plaza, ocupando una esquina, me llamó la atención un edificio blanco con una especie de cúpula nervada verdiazul que nada más y nada menos era el Museo de Tamerlán. Seguí caminando por las amplísimas avenidas de Tashkent, cuyos árboles con su sombra te protegen del sol de justicia. Buscaba un sitio donde comer, pero en esta parte de la ciudad se ve poca vida, es agosto y las calles, al menos en esta zona, están bastante desiertas. Terminé comiendo en una especie de restaurante de comida rápida, no estaba mal, y muy barato.

Tras la pausa me puse en marcha hacia el descubrimiento de esta ciudad tan desconocida para tantos viajeros y que se encuentra fuera de la mayoría de circuitos turísticos. A cierta distancia distingo lo que parece ser una torre de televisión, así que siguiendo su silueta llego hasta ella y decido subir, ¡es que las torres de televisión me encantan!

Torre de televisión, Tashkent

Construida a finales de los ’70, ostentaba -no sé si aún será realidad- el honor de ser la construcción más alta de toda Asia Central. En su segundo piso hay un restaurante que va girando, como lo hace la torre de televisión berlinesa, pero en el caso de la torre uzbeca, si no has pagado previamente un menú carísimo, no te puedes quedar en el restaurante. Al salir de allí es algo tarde y cojo el metro para ir a la Mustaqillik Maydoni o plaza de la independencia, palabra esta que me cansaré de ver por todo el país pues en un mes se celebra el vigésimo aniversario de la Independencia uzbeca, y el país está literalmente empapelado de consignas patrióticas y nacionalistas. La plaza es bien bonita, con unos  jardines muy verdes que embellecen el lugar y unos surtidores de agua que alimentan a las plantas y crean también un ambiente húmedo, fresco, que se agradece en esta tarde de calor.  El Monumento a la Independencia preside esta plaza, una gran estatua de una mujer con un niño pequeño entre sus brazos, frente a una especie de obelisco coronado por una órbita con un altorrelieve del mapa uzbeco. Erigida en 2006, hay una inscripción que recuerda que ha sido encargada por el primer presidente de Uzbekistán: Islam Karimov. Y como ya os podéis imaginar, esta no será la primera vez que leeremos esto, cada nueva obra hecha, cada nueva estatua, parque, monumento, va acompañado de una placa que ensalza al presidente de Uzbekistán, como si de un mecenas se tratase. La historia de Islam Karimov, me la reservo quizá para otro post, pero este señor se merece un apartado en mi blog, quizá en alguno que haga sobre los tiranos que siguen gobernando en el mundo.

Política aparte, la plaza es muy agradable, sobre todo al atardecer, cuando te puedes sentar en algún banco a descansar un rato y disfrutar del sonido de los surtidores de agua. Unos metros por detrás hay un canal de agua en el cual los hombres se refrescan, nadan, y se divierten como si del mar se tratase. Eso sí, sólo hombres, no sé si es porque está prohibido que las mujeres se bañen en estos sitios, o si ellas no lo hacen por pudor, pero no hay ninguna, las pocas que se acercan a ver sonríen tímidamente.

Anochece y ya ha pasado mi primer día por estas tierras centroasiáticas. Siento que estoy descifrando un enigma al venir aquí, por lo remota que es esta parte del mundo, por lo poco que oigo hablar de ella,  y por las imágenes que yo he construido en mi mente y que no resultan para nada como había pensado.

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