La niña cuyo nombre no recuerdo


La excitación y felicidad de la jornada anterior dan paso a otro largo día que será el preámbulo de nuestra vuelta a Ulan Bator. Durante 2 días estaremos en marcha para volver a la capital mongola y partir hacia China. Pero antes damos un paseo en camello por las dunas de Khongoryn Els guiados por una señora mongola cuya cara no vemos porque va tapadísima y tras despedirnos de las majestuosas arenas del desierto ponemos rumbo hacia uno de los lugares más famosos de Mongolia, conocido con el nombre de Flaming Cliffs.

yendo a camello

señora de los camellos

Flaming Cliffs -Bayanzag en mongol- es el nombre con el cual se conoce un cañón rojizo que se encuentra al norte del Parque de Gurvan Saikhan.

Este enclave se hizo muy famoso con las excavaciones llevadas a cabo por Roy Chapman Andrews, explorador y naturalista norteamericano que en los años ’20 estando a cargo de una expedición en la zona, encontró gran cantidad de restos de dinosaurios que hoy se encuentran diseminados en museos de Historia Natural a lo largo del globo. Muchos de los tours que se centran en el Gobi tienen parada obligada entre estas rocas y arenas rojizas, y nosotros no fuimos la excepción.

Flaming Cliffs

hasta aquí crecen arbustos

El paisaje es precioso, pues la combinación del rojo del suelo y el azul del cielo crean un marco incomparable.
Nos quedamos un rato explorando el lugar, nos sentamos a conversar y poco antes de caer la noche nos vamos hacia una especie de campamento donde pasaremos nuestra penúltima noche. Esa noche no puedo comer, el cordero ya me tiene asqueada y prefiero esperar al desayuno.

Al día siguiente nos vamos bien temprano. Será nuestra última aventura juntos, nuestras últimas horas en Mongolia y aunque tengo ganas de ver China, siento que no quiero irme aún, aunque sí que ansío llegar a la ciudad y darme una ducha, creo que la temática ducha y comida acapara nuestra conversación a lo largo del día.

A mediodía paramos para comer y Gianluigi se ofrece para preparar los espaguetis. Otro día más con Gotov cocinando y dejamos de comer. Así que nos ponemos todos manos a la obra, vamos a un pozo a sacar agua y en un santiamén la pasta a la napolitana -o lo que se intenta hacer para que lo parezca- está lista. Tenemos mucha hambre y el sabor mediterráneo de los espaguetis de Gianluigi es una tentación que no puede desaprovecharse, así que no dejamos nada, los platos están relucientes.

los espaguetis de Gianluigi

En nuestro camino hacia Ulan Bator pasamos por un pueblo en el cual hay un templo budista muy bonito. Intentamos entrar pero no aparece nadie para abrir el candado, yo me niego a irme sin verlo, pero se está haciendo tarde y no hay más remedio que irse.

escultura del templo

Finalmente llegamos al ger donde pasaremos la última noche. Es la misma familia de nuestra primera comida durante el viaje, pero se han movido a una especie de valle bien verde para que el ganado pueda alimentarse.

Es un matrimonio muy joven, con un hijo. Yo pensaba que era un niño pero después de unas horas, me entero de que es una niña. La madre me dice el nombre, un nombre que no consigo recordar porque era demasiado largo y complicado. La niña tiene mucha curiosidad, nos mira, posa para las fotos, pero es tímida, si la quieres cargar o abrazar, se escapa y busca a su madre.

nuestro último hogar

No puedo imaginar un lugar más hermoso para terminar nuestro viaje. Unas montañas con crestas rocosas se alzan a un lado y a lo lejos, cerca del horizonte, vemos una superficie blanca, sentimos curiosidad y allá vamos Iván y yo, a ver qué hay. Susana y Gianluigi se van a explorar la montaña. Está atardeciendo y no nos damos cuenta de lo lejos que está la salina. Parece estar cerca pero durante casi una hora caminamos para alcanzarla. Ha anochecido, una inmensa luna alumbra gran parte del campo y oímos el ruido de patos que emigran, es raro, ¿adónde? No hay agua cerca de aquí, ¿de dónde vienen y adónde irán?

la salina

salina

Volvemos con prisa hacia el ger, tardamos de nuevo mucho rato, y a pesar de la luna, ya no se ve nada. Al llegar nos dicen que el hombre de la casa ha salido a buscarnos y que estaban preocupados, pero yo pienso, ¿preocuparse en un sitio así? ¿De qué? Aquí me siento tan segura.

Es la última noche y no puedo dormir. Pienso en todo lo que hemos visto y sentido, ha sido tan intenso, la vida parece tan intensa que tengo miedo a dormirme y perder esas horas.

A la mañana siguiente le damos a la niña unos colores que habíamos traído para regalar. Nunca ha dibujado y le enseño. Todos los niños son iguales, no importa si son de Mongolia, Ghana, Suecia o Perú, todos son iguales. Le enseño a hacer círculos y los repite, está concentrada, feliz porque está aprendiendo. Sale de la casa con el paquete de colores y se lo enseña a su madre muy orgullosa. Durante toda la mañana no los suelta, los aprieta contra su pecho, son su nuevo tesoro.

dibujando juntas

la niña y sus colores

Nuevamente pienso en lo poco que necesitamos para ser felices. Y estoy segura de que la felicidad de estos nómadas mongoles es mucho más completa que la que tenemos nosotros en casa, porque siempre deseamos tener más, y quizá no nos damos cuenta de que tenemos todo lo que hace falta para ser felices. Salud, libertad, familia, amigos. Es nuestra la decisión de ser felices con ello o sentirnos infelices por lo que no tenemos. Mongolia me ha dado una gran lección de vida y el recuerdo de este viaje, de este país y de su increíble gente quedan hasta hoy en mi corazón.

Gracias Mongolia, no cambies.

 

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