Lo hermoso del desierto es que en cualquier parte esconde un pozo


Citando esta preciosa frase de El Principito, comienzo mi penútimo capítulo de mi viaje a través de Mongolia, capítulo que nos  llevará al Gobi, a las dunas de Khongoryn Els, para ver una de las más bellas puestas de sol que he jamás haya visto.

El amanecer entre las montañas es de una belleza inusitada, hace un poco de frío en el valle rodeado de crestas rocosas donde hemos dormido. Con mucha precaución Bayra pone en marcha el jeep que rueda sobre el riachuelo y bordea como puede el zigzagueante terreno que ahora a primeras horas de la mañana ha sido invadido por manadas de cabras que vienen a aliviar su sed antes de comenzar su jornada.

¡me encantan las cabras!

Es increíble que poco después de dejar este terreno verde y fértil estemos ya en pleno desierto, con arena y arbustos típicos de esta geografía. La distancia parece infinita, no se ve nada en el horizonte. Tras unas horas en el camino, nos encontramos con una familia que en el medio de ningún lugar está desmontando su ger. Bajamos para saludar y ayudar si es menester. Es sorprendente la rapidez con que los mongoles montan y desmontan sus gers.

en el desierto

celosía del ger

Compuestos por una estructura tipo celosía que delimita el perímetro habitable, el ger se apoya sobre unos pilares de madera que transportan las cargas desde un anillo en lo más alto del techo hasta el suelo, además de por unas vigas que conectan este anillo con la celosía. Una vez montada la estructura de madera, se procede a cubrir el ger con tela, en Mongolia suelen utilizar fieltro y recubrirlos finalmente con una lona de algodón, lo cual hace del ger un lugar extremadamente caliente en invierno, resistente a temperaturas extremas. El ger mongol prácticamente es el mismo desde hace miles de años, la técnica constructiva del ger así como la disposición del interior apenas ha variado en siglos, lo cual demuestran testimonios de viajeros que pasaron por Mongolia en el medioevo y cuyas descripciones se ajustan a los gers de hoy en día.

foto de grupo con los propietarios del ger

la puerta, uno de los elementos más lindos del ger

Cuando llegamos ya casi todo el trabajo está hecho, sólo queda la celosía por desmontar, lo cual se hace en apenas dos minutos. De repente donde había un lugar habitado sólo queda la marca circular del suelo que testimonia que ahí hubo algo, pero en cuanto el viento sople un poco de arena se borrará cualquier rastro de presencia humana. Es esta la verdadera vida nómada, la cual se guía por las estaciones del año y va donde los pastos son verdes y los animales pueden conseguir alimento. Es increíble que aún exista este tipo de vida, aunque en Mongolia también esto está cambiando y cada vez son más los jóvenes que sueñan con una vida sedentaria, con las comodidades de una casa con baño y agua caliente.

Tras despedirnos y prometer a la familia que le enviaremos las fotos (las enviaremos al hostel de Ulan Bator y ellos se encargan en sus recorridos de repartirlas), seguimos buscando las dunas que han hecho del Gobi un desierto tan famoso. Bayra conduce velozmente, es un conductor experimentado, rápido, y por suerte, no lo hemos visto beber alcohol en todo el viaje. Me maravilla cómo se orienta, sin que haya ningún signo, ningún camino, nada salvo el inmenso terreno que recorrer.

Unas horas más tarde vemos una alargada elevación a lo lejos. Khongoryn Els -dice Gotov- y nosotros sacamos la cabeza y empezamos a ponernos nerviosos, pensando que estamos cerca. Pero lo que parece estar a media hora de camino está a una hora y media aún, las distancias en el desierto son muy engañosas.

Llegamos pasadas las 2 de la tarde a una explanada donde hay unas 5 gers, a los pies de las dunas. El paisaje que tenemos ante nosotros es impactante. Una llanura con arbustos verdes y un manantial dan paso a altísimas dunas que se alzan majestuosas hasta a 300 metros. Parece un oasis, jamás había visto un paisaje como este y sólo pienso en subir a la cresta de la duna para disfrutar de la vista.

Ansiosa, como una niña, me voy con mi inseparable compañero de viaje -Iván-, a la conquista de las dunas. Atravesamos el barro en las inmediaciones del arroyo en el cual los caballos se están restregando, supongo que para aliviarse del agobiante calor. Si miramos a un lado vemos camellos, al otro caballos, preciosos caballos mongoles, negros y marrones, con penachos negros, rojizos y amarillos, qué animales tan lindos y elegantes. ¡Soy tan feliz aquí!

preciosos caballos en Khongoryn Els

arroyo junto a las dunas

dunas

Nos toma media hora llegar hasta donde comienza el ascenso a las dunas. Parecía más cercano, pero como ya he dicho, aquí las distancias engañan. Iván se desanima y dice que es mejor subir mañana, que no llegaremos a subir antes del atardecer, pero yo, obstinada como soy, sólo tengo una cosa en mente: subir. Y mi motivación es contagiosa así que me sigue, a regañadientes, pero a medida que vamos subiendo se anima. Tengo que confesar que subir a la parte más alta de la duna nos llevó mucho tiempo, no sé cuánto, pero fue un ejercicio de dificultad extrema. El calor es insoportable y los pies se hunden bajo la arena y cuesta mucho avanzar. Las dunas de Khongoryn Els son además muy verticales, lo cual dificulta el ascenso enormemente, pero, cuando has cruzado toda Mongolia para llegar hasta aquí, la dificultad no cuenta, sino la motivación. Así que me pongo a gatear y así voy subiendo, cuando me canso me detengo, a veces subo de espaldas, y así, poco a poco, llego a la cumbre. Es mi pequeño Himalaya, mi conquista particular. Me siento como si fuera Hillary en el Everest o Amudsen en su expedición a la Antártida. Antes de poner el pie en la cumbre espero a Iván para dar este último paso juntos, de la mano, el viaje no sería lo mismo sin él.

la arena, qué agradable al tacto!

durante el ascenso

descansando antes de continuar

agotada

El esfuerzo, la deshidratación, han valido la pena. El espectáculo una vez arriba es, valga la redundancia, espectacular. Desde lo más alto dominamos todo un mar de dunas que no podíamos ver desde abajo. De repente unos 12 kilómetros de dunas se extienden ante nosotros, y me siento en un lugar extraño, casi extraterrestre, pues en la Tierra que yo conozco no existen estos paisajes. Caminamos por la cresta, descansamos, nos sentamos a conversar y esperar la caída del sol. Hay poca gente aquí, no muchos llegan hasta este desierto, mucho menos suben hasta aquí arriba. A lo largo de los 100 km. que se extiende el lomo de la duna, habrá unas ¿15 personas? Es como estar en el paraíso.

llegando a la cumbre

en la cumbre

esperando el atardecer en Khongoryn Els

bienaventurados los que han llegado a la cumbre, porque de ellos es el reino de las dunas

atardecer

atardeciendo

mil colores

khongoryn els

el sol poniéndose

A medida que se acerca la puesta de sol el viento comienza a levantar arena, hay que cubrirse la cara porque pica mucho, y sólo se escucha el sonido del viento esculpiendo las dunas, dándoles un aspecto nuevo cada día. El momento de la caída del sol es indescriptible. ¿Qué se puede decir de algo así? Todo se tiñe de colores, naranjas, dorados, rosas, violetas. La arena adquiere mil colores y durante el tiempo que tarda el sol en irse a dormir pienso que este es el único lugar que existe en el mundo. Tengo la sensación de que no existe nada más, de que cuando bajemos, el mundo habrá cambiado y todo será como las dunas de Khongoryn Els.

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