Adentrándonos en la estepa


Como escribí anteriormente, por la noche casi no pude dormir pensando en lo que nos esperaba al día siguiente. El Gobi suena a ensoñación, a un lugar que es tan remoto que parece que nunca pudieras llegar allí. Nos despertamos bien temprano pues el conductor y el guía nos recogerían en nuestro hostel para ir al Golden Gobi a reunirnos con Susana y Gianluigi, desayunar y ultimar algunos detalles. Tras los saludos, el desayuno y algunas explicaciones, nos ponemos en marcha, mi estómago está tenso, estoy impaciente por salir de Ulan Bator y comenzar a descubrir la estepa mongola. Nuestro conductor se llama Bayra, tendrá unos 40 años y está todo el tiempo sonriendo. Entiende inglés pero habla poco, y cuando lo hace, nos hace reír porque tiene un gran sentido del humor. El guía, Gotov–nombre que tardaremos en decir bien- es un gordito simpático y bonachón que habla muy bien inglés y más que mongol parece una mezcla de asiático con indio centroamericano. Con Bayra, Gotov, Susana y Gianluigi pasaremos una semana, compartiremos horas interminables en el jeep viajando y contemplando el paisaje, echaremos buenas risas, gratas conversaciones, compartiremos ger y tienda de camping, será una experiencia de convivencia muy grande.

Los primeros minutos transcurren lentos, paramos mil y dos veces antes de salir de la ciudad, que si echar gasolina, que si pasar por casa de no sé quién, damos mil vueltas y como no conocemos la zona no tenemos ni idea de dónde estamos. Finalmente se ponen en marcha, lo notamos porque Bayra pisa el acelerador y entonces, comienza el gran viaje! En pocos minutos hemos dejado todo resto de civilización detrás, al salir de Ulan Bator enseguida desaparecen las carreteras, el pavimento y los postes eléctricos. En un hora ya estamos en un paisaje infinito, aislado, donde sólo se ven caballos a cada rato y la estela que va dejando el polvo de los caminos improvisados por los cuales nuestro jeep ruso -salido directamente de una era cercana al paleozoico- nos lleva. Creo que si hay algo que defina a Mongolia es infinita, así es como la percibo, el horizonte aquí está más lejos que en cualquier sitio en el que haya estado anteriormente, la inexistencia de referentes arquitectónicos o incluso de vida humana durante la mayor parte del paisaje, hacen que este parezca inabarcable, imposible de captarlo todo.  El cielo mongol adquiere unas dimensiones de inmensidad mayores a las que uno ha podido imaginar, ves que se extiende a lo largo y ancho de tu campo visual y aún sigue, y parece que no exista nada más que estepa, cielo y caballos.

Tras unas horas on the road -nunca mejor dicho- vemos tres gers en un lugar apartado, donde prácticamente sólo hay un corral para animales, algunos caballos disperos…y una canasta para hacer lanzamientos de balones. Y es que al parecer a los mongoles les gusta el baloncesto, pues esta no será la única canasta que nos encontremos por el camino. Nos bajamos de nuestro ilustre corcel soviético todos con ganas de ese primer contacto con la población nómada, con este pueblo que ha estado prácticamente en un estado de nomadismo desde el principio de los tiempos. Nos invitan a entrar en una de las gers, donde una niña de unos 2 años duerme con la cara sucia, seguramente de haber estado jugando en el campo. Su abuela está preparando la comida y tras entrar nos ofrece airag, una bebida a base de leche fermentada que tiene un sabor muy peculiar, salado, fuerte, pero para nada desagradable. Además nos ofrecen una especie de bizcochos que sin ser ni dulces ni salados están muy ricos. Para comer hay cordero pero aún está en fase de preparación. 

La mujer cocina en una pequeña estufa que sirve tanto de chimenea como para calentar la comida, y como combustible utiliza excrementos de ganado, quizá también de camello. El ger por dentro es más grande de lo que imaginaba, y mientras mi mirada lo recorre voy descubriendo elementos que veré en cada yurta mongola: la estufa, la cama de madera preciosamente pintada, una comodita también de madera pintada sobre la cual hay fotos del Dalai Lama, del hombre de la casa en la Plaza de Sukhbaatar –seguramente que en uno de los pocos viajes a la capital-, y del caballo de la familia, que en Mongolia adquiere un halo sagrado y por ello que su foto se encuentre en el altar de las cosas más queridas por ellos.  Y es que no hay que olvidar que el caballo es el transporte por excelencia de los mongoles y gracias a ellos Gengis Kan pudo tener el imperio terrestre más grande que jamás ha existido.

Mientras cocinan el cordero salimos del ger para explorar un poco los alrededores. Hay un niño que se acerca con un caballo a vernos, debe vivir en algún lugar cercano que no alcanzamos a ver, tendrá unos 12 años y lleva un precioso del azul. Nos mira y exhibe su caballo porque sabe que somos curiosos, al igual que él. En la improvisada  pista de baloncesto juegan el chico de uno de estos gers, también adolescente, un hombre mongol, joven y muy risueño y una mujer que no sabemos de dónde ha salido. Iván, experto jugador, se une a hacer unas canastas pero los mongoles son mejores. Tras unos tiros a la cesta fallidos, me retiro a comer pues ha llegado la hora de probar la gastronomía mongola.

Sentados a la mesa, Susana, Gianluigi, Iván y yo, tenemos delante de cada uno un plato un tanto peculiar, son como unos espaguetis pero en vez de ser de sémola de trigo parecen hechos de harina de patata o algo así, y están “salteados” con zanahorias y cordero hervido. No están ricos, comemos por no hacer un desaire pero todos tenemos cara de: ¿esto es todo? De repente Iván suelta un: esta pasta está un poco seca ¿no? A lo cual todos lo miramos sorprendidos, ya nos habíamos dado cuenta y nos resignamos a comer ese primer “manjar” mongol, pero Iván, muy sibarita, está aún a medias. 

Tras comer y hacer una pequeña pausa Gotov y Bayra se suben al jeep y nos dicen que hay que continuar el camino hasta el próximo ger donde nos quedaremos a pasar la noche. Antes de ir allí nos promete un alto en el camino para observar unas preciosas vistas desde un terreno un tanto singular.

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6 pensamientos en “Adentrándonos en la estepa

  1. Hola Jose Luis,

    Pues tenía pendiente terminar de narrar el transiberiano y finalmente lo voy haciendo, es que el trabajo y otros asuntos personales me dejan poco tiempo.
    Es un viaje fascinante, y espero que así lo sientan los que lo lean.

    Saludos y gracias

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