Ulan Bator, un sueño hecho realidad, primera parte


Nuestra llegada a la capital no pudo ser más memorable. El tren atravesaba la estepa mongola mientras el sol se alzaba sobre las montañas, con reflejos dorados derramados por doquier. El tren se contagió del color dorado que se reflejaba en los cristales de las ventanas, fue un momento mágico. A través del recorrido hacia la capital vi los primeros gers, ¡estaba tan contenta!

A las 6:30 el tren se detuvo en Ulan Bator y al poner el pie sobre el suelo mongol me sentí muy muy feliz, es difícil describir un momento como este, mi sueño de tantos años se estaba realizando, estaba en Mongolia, un país que me hacía pensar en kanes, en caballos, en la inmensidad, en lo remoto.

Encontramos pronto a los de UB Guesthouse , el hostel donde pensamos quedarnos y nos hacen esperar un poco en el coche mientras buscan a los otros mochileros que llegan y que también se alojarán con ellos. Recién amaneció y yo estoy dando saltos de alegría, necesito moverme y darme cuenta que no es un sueño, sino que es real, las imágenes se van agolpando frente a mí, todo me parece tan diferente. 

Cuando llegan todos nos vamos al centro. El hostel no es gran cosa, tenemos una habitación con dos camas orientadas al Este, lo cual está bien porque calienta, aquí las temperaturas pueden variar mucho.

Tras la ansiada ducha de agua caliente nos vamos a ver la ciudad, Gandan Khiid, el monasterio más grande de Mongolia es nuestro primer objetivo. De camino al monasterio buscamos la Michele’s French Bakery para desayunar. Esta es una cafetería con buenos croissants y otras delicatessen que recomiendan en la Lonely Planet, y yo estoy antojada de tomar un buen café y hacer un desayuno bien occidental! Miramos el mapa, empezamos a buscarla, damos mil vueltas y no la encontramos. Por un momento la frustración se apodera de mí, tengo hambre y mis expectativas del buen desayuno se van desvaneciendo. Bueno, cosas que pasan, así que seguimos nuestro camino en busca del monasterio. 

Una impresión que se tiene al caminar por Ulan Bator es la de desorientación, es una ciudad donde las calles, las direcciones, indicaciones, todo es confuso. Cuesta mucho encontrar una dirección así que las cosas se indican así: Junto al Department Store, Detrás de la Plaza Sukhbatar, tres casas más allá de la casa azul en la Avenida Principal. No exagero, así es.

Atravesamos una barriada tipo favelas con suelo de tierra, fango, charcos como calle, casas de extrema pobreza. Al final de la calle hay una entrada al monasterio, me alegro, de nuevo casi salto de alegría, mi primer contacto con Asia, con su espiritualidad, sus templos budistas. Puede parecer ingenuo o frívolo lo que digo, pero realmente ver este lugar hizo que me sintiese mucho mejor, incluso alguien tan escéptico como yo pudo sentir espiritualidad en lugar como este. 

Llegamos justo a tiempo para ver las ceremonias matinales, es domingo, hay niños monjes cantando sutras. Me conmueve estar aquí, de repente se me ha ido al frustración, el mal carácter y me invade una sensación de bienestar, de felicidad muy grande.

El monasterio consta de varios templos y más escuelas budistas. En el templo principal, el Janraisig, hay un buda de cobre dorado de 26 metros de altura, hecho con el dinero de las donacionesbudistas de Nepal y Japón. En Mongolia como en muchos otros países comunistas se prohibió la religión, se destrozaron templos, monasterios e imágenes, y se asesinaron o encarcelaron gran cantidad de lamas y monjes. La barbarie es posible en cualquier parte del mundo. Gandan Khiid se mantuvo “a salvo” como lugar turístico para las visitas de jefes de estado de otros países cuando aterrizaban en la capital. 

La gente aquí resulta muy amistosa, muy sonriente, en cualquier lado te espera una sonrisa, un saludo, es un gran contraste respecto a Rusia donde el trato humano nos pareció más frío. Sorprendentemente mucha gente habla o chapurrea inglés, al menos aquí en Ulan Bator, y eso hace la comunicación y la interacción con el otro más fácil.

Salimos del monasterio felices, Iván está contento al verme tan relajada, dice que tengo “sonrisa de princesa” y se le ve feliz por ello. Es una persona con una gran paciencia, a veces no sé cómo aguanta mi carácter. Seguimos hambrientos así que nos vamos a la Peace Avenue –eje principal de la ciudad- a buscar donde comer algo. La calle está llena de bares, restaurantes, tiendas de souvenirs, agencias de tours para descubrir Mongolia, es impresionante la cantidad de hostels que hay para una ciudad relativamente pequeña. Ulan Bator, a pesar de ser la capital de Mongolia y concentrar  la mayor cantidad de población sedentaria del país, no es una gran ciudad y su planificación urbanística deja mucho que desear. Es una ciudad construida durante la era soviética, un asentamiento sedentario para un pueblo eminentemente nómada.

Encontramos casualmente la Michele’s French Bakery, justo cuando habíamos perdido la esperanza de encontrarla. La búsqueda ha valido la pena, los croissants son impresionantes, también la tortilla con tomate y pollo, y el café, Dios, ¡como he echado de menos un buen café!
Tras esta pausa que nos acerca a Occidente a través de la comida, nos movemos hacia la Plaza Sükhbaatar, donde está la estatua del héroe de la Revolución que da nombre a la plaza. Sukhbaatar fue quien en 1921 declaró la independencia de Mongolia de China, alentando a un país durante largo tiempo dominado por el vecino asiático, a una revolución de carácter independentista. Justo enfrente de su estatua está el otro gran héroe de Mongolia, mitad hombre, mitad leyenda, quizá la persona que personifica a Mongolia en sí misma: Gengis Kan.

Su estatua preside la fachada del parlamento. Curiosamente Gengis aparece sentado, parece más un monarca  europeo que el guerrero nómada que fue, un hombre que no entendía de ciudades, de urbanismo, sino de guerra, de estrategia, de cabalgar a la velocidad del relámpago a través de las estepas asiáticas. Alrededor de la plaza se encuentran los edificios más emblemáticos de la ciudad: la bolsa, el teatro, y una tienda de Louis Vuitton que parece algo anacrónico aquí.

A Mongolia aún no ha llegado la locura de las inmobiliarias y promotores urbanísticos, aunque se ve algún que otro edificio nuevo, un rascacielos de aspecto futurista junto a la plaza que parece más un hotel de Dubai que un edificio de Ulan Bator. Paradojas, siempre nos encontramos con paradojas durante este viaje, a unos pasos de la tienda de Vuitton o de Ermenegildo Zegna todavía hay una estatua de Lenin, una reliquia de otros tiempos.

Queremos visitar el Museo de las Víctimas de la Persecución Política que se encuentra a pocas calles de la plaza. Nos asombra encontrar huecos de alcantarillas sin tapar en el medio de las calles, están ahí como esperando a que alguien entretenido o en la oscuridad de la noche caiga dentro de ellos.

Una casa de madera de dos alturas acoge El Museo de las Víctimas de la Persecución Política. Es un lugar pequeño, un poco descuidado, abierto en 1996 por la hija de Genden, el presidente mongol asesinado en Moscú en 1937 por confrontar los deseos de purgas de Stalin en Mongolia. Como en todos estos museos, las imágenes estremecen, los datos nos hacen pensar en la maldad humana, en la crueldad que implica cualquier régimen extremista. Salimos como siempre acongojados, pero intentamos animarnos, pensamos en que por suerte eso ya acabó, aunque  ¿en cuántos países del mundo aún no se cometen abusos, se pisotean los derechos humanos diariamente?

Callejeando pasamos por el Palacio de Matrimonios, lugar donde antes y aún hoy en día se celebran las bodas en la capital. Entramos a curiosear y vemos una pareja, vestidos con traje blanco impecable ella, smoking negro él, muy jóvenes ambos. Las familias están sonriendo, algunos, los más viejos, llevan el del o traje tradicional mongol. Nadie pone mala cara porque irrumpamos en un momento tan íntimo, sonríen, si algo acompañará nuestro viaje por Mongolia será la sonrisa de sus gentes.

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