Día en el Baikal


Amanece lloviendo y hace frío. Iván y yo vamos caminando con nuestras mochilas a buscar un trolleybus con el cual irnos a Listvyanka. Encontramos rápidamente transporte y en apenas 1 hora hemos llegado.
Listvyanka está situada junto al Baikal, y aunque muchas veces los rusos se refieren a ella como una isla, no lo es, a pesar de estar casi toda bordeada por mar. No hay un centro específico sino que las casas y los pocos hoteles que hay están casi todos a lo largo de la carretera que da al lago.

casita en Listvyanka

casita en Listvyanka

Nosotros no tenemos alojamiento pero yo había mirado la noche antes en internet y me he decidido por un lugar específico, el Hotel Terema, que aunque se sale de nuestro presupuesto es una opción tranquila y cómoda tras tantos días durmiendo en trenes. El hotel son una serie de cabañas de madera muy confortables, situado un poco en lo alto con lo cual se tienen magníficas vistas sobre el lago. Antes de encontrarlo hemos tenido que caminar durante un buen rato bien cargados con las mochilas, mientras Iván se quejaba y me decía que por qué no nos alojábamos en otro lugar.
Nadie en la recepción habla inglés, sólo ruso, a veces es un reto agotador el intentar comunicarse en este país. Finalmente nos dan una habitación con dos camas y un baño, porche y buenas vistas. Estoy muy feliz…

nuestra cabaña

Nos vamos a pasear por la “isla”, bordeando el malecón y mirando el lago, inmenso, cuya infinitud nos hace olvidarnos de que es un lago y a veces creemos que es el mar. Caminamos y caminamos, hacemos fotos, ha salido un día frío y nublado pero a mediodía está soleado y ya no hace frío. Hay gran cantidad de abejas durante esta época así que me aplico el repelente que he traído, creo que será la única vez que utilice algo de mi extenso botiquín durante este viaje. 

mirando la inmensidad

Como estábamos  sin desayunar a eso de la una, hambrientos, nos paramos en una especie de cafetería que hay junto a la carretera para tomar algo. Pedimos dos cafés con leches, pastelitos, e Iván añade un pincho de carne hecho a la brasa en la entrada del garito. Sabe riquísimo!
Una vez hemos repuesto fuerzas empezamos a subir a la montaña desde la cual las vistas sobre el lago intuimos que deben ser espectaculares.

subida en teleférico

En el mapa nuestro viene marcado un punto desde el cual subir en teleférico así que comenzamos a buscarlo. Entre risas y juegos vamos subiendo hasta llegar al punto de subida mecánica, nos subimos e intentamos adivinar cuántos años tendrá y si habrá pasado las revisiones pertinentes. Al llegar arriba las vistas son preciosas, por mucho que uno intente encontrar el fin del lago, la otra orilla, no se puede encontrar, es tan grande que la mirada se pierde en el infinito. Como he traído unos binoculares al viaje intento ver los detalles, a lo lejos veo barcos, aves, árboles…
Nos quedamos un rato en la cima, intentado grabarlo todo en nuestras mentes, hacemos fotos, hay momentos bien graciosos con turistas chinos y la cámara, se está bien aquí.

el Baikal y su inmensidad

Al bajar nos acercamos al puerto y cogemos un barquito para un paseo de una hora por el lago. Este es uno de los momentos más graciosos de la etapa rusa, sólo superado quizás por otro que más adelante y ya casi en Mongolia contaré. Mientras Iván y yo conversamos e intentamos avistar algún narval en las heladas aguas del lago, una pareja de rusos que está bebiendo y pasándola bien nos pide que le hagamos una foto. Ella tendrá unos 30 años, está bien borracha, no habla palabra de inglés pero intenta todo el tiempo comunicarse con nosotros. Había entrado en el barco con un vestido veraniego sin sujetador que por el frío hacía que sus inmensos pechos pareciesen algo obsceno. De repente no sé en qué momento se cambió de ropa y apareció con con un jersey -aún sin sujetador-. Su marido parecía más caluroso, llevaba bermudas y chanclas y una botella en la mano todo el tiempo que nos ofrecía con esa característica hospitalidad que tienen los rusos a la hora de beber. De repente estábamos entablando conversación, no nos entendíamos pero nos entendíamos, eran de otra región cercana a los montes Altai, estaban de vacaciones unos días, y ella decía que yo le gustaba mucho, que era muy guapa o algo así. No parábamos de reír. A pesar de declinar la invitación a beber Iván tuvo que embucharse unos cuantos tragos, seguidos eso sí de unos pastelitos con crema exquisitos. Yo sólo comí los pastelitos, de beber nada. Tras muchas risas el viaje en barco llega a su fin y al bajarnos nos dicen que los acompañemos. Caminamos todos juntos un buen rato por la playa, ella está feliz y juntas nos agachamos para buscar piedras y lanzarlas al lago, intentando hacerlas “saltar” sobre la superficie. Cuando alguna lo logra nos abrazamos de alegría, como si nos conociéramos de mucho tiempo, su risa paroxística es contagiosa.

los rusos e Iván

haciendo saltar las piedras

Al despedirnos un rato más tarde me da un abrazo muy sentido, muy sincero y me pareció un gran momento. Los rusos, a pesar del frío y de su dura apariencia, pueden llegar a ser muy cercanos.

Cenamos en un puesto frente a la playa, no probamos el omul, el pescado típico del lago, pues Soya, la señora que viajó con nosotros en tren nos aconsejó no comerlo pues a veces está contaminado con parásitos.

Al anochecer nos vamos al hotel, no hay mucho que hacer en Listvyanka una vez ha caído el sol, el lugar parece desierto y fantaseo con cómo será en invierno. Debe ser bien duro vivir aquí durante los meses más fríos del año.

atardecer en el Baikal

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3 pensamientos en “Día en el Baikal

    • hola Víctor, gracias, ya sabes si tienes alguna pregunta tienes dos blogs documentales además de a la fuente inacabable de conocimientos que es tu hermano, jaja.
      Un saludo,

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