De Kazán a Omsk, crónicas tártaras


Es 7 de agosto y el tren sale esta vez hacia Omsk, nudo ferroviario que conecta Rusia Occidental con Siberia. Nos embarcamos temprano en la mañana, por delante nos esperan unas 36 horas así que Iván y yo nos vamos a la cafetería de este monstruo de hierro sobre ruedas para  sentarnos a gusto a escribir, leer, conversar. Nada más llegar al vagón restaurante nos choca la indumentaria de la ¿jefa de camareras? No sabemos si va en pijama o si lo que lleva puesto es su uniforme. Mejor pijama. Habla de una forma muy aguda, más un chillido que otra cosa.

De repente nos traen la carta, esta vez tenemos suerte y hay traducción al inglés, leemos lo que hay para desayunar: té, café, chocolate caliente, esto promete, y no es caro. De repente, como si de un mundo sólo posible en el tren que recorre este país tan alejado y extraño, aparece una asistente o camarera que viene a atendernos y volvemos a asistir a un espectáculo de esos que no sabes si debes contar sin parecer una persona frívola y superficial.

Magnífico té negro

Magnífico té negro

Es una mujer de unos 50 años, tullida, deforme o simplemente con una parálisis de cuello que la hace mirar siempre al lado izquierdo, aún cuando sus interlocutores se encuentran en el lado derecho. Si no fuera por lo que viene a continuación me sentiría apenada, pero los acontecimientos ocurren de tal manera, que no puedo evitar encontrar la situación repleta de comicidad. Intento no reírme pues esto es como un gran sarcasmo, camarera, en un tren que va moviéndose y que tu cabeza no gire y siempre esté inclinada a un lado con la consiguiente torpeza de movimientos.

Le pedimos un té y un chocolate caliente, no hay chocolate o quizás porque es sábado no toca chocolate caliente, vete tú a saber, aquí todavía rigen las normas de la URSS. Le pido entonces un té con crema. Se va, trae el té en unas jarritas de cristal y metal muy bonitas que serán las que veremos por toda Rusia. De repente me dice algo en ruso que no logro entender, ¿quizá que no hay algún ingrediente? Digo Ok, quizá me está preguntando que si quiero arsénico y yo ni me entero. Al poco me doy cuenta de lo que intentaba decirme ¿azúcar? Tras probar un sorbo del té he comprendido que aquí el té con crema se toma con o sin azúcar. Ya se ha ido y me levanto para pedirle con qué endulzar mi bebida esperando que me diese un sobrecito o un azucarero, pero no, aquí todo está racionado así que se aparece con un recipiente de barro, enorme, y una cuchara para dosificar ella misma la cantidad. Comienza a echar el azúcar y no sé si cae más dentro que fuera de la tasa, debido a su incapacidad física tiene problemas de locomoción que la hacen ser muy torpe, la escena es digna de una novela de Balzac o mejor de Dickens, ¿qué hubiera dicho el maestro de la ironía ante una situación como esta? Ya en el tren de Moscú a Kazán vivimos momentos muy peculiares, dignos de un documental circense, cuando al visitar la cafetería del tren por vez primera nos dieron un menú en ruso, en cirílico, y ni sabíamos qué íbamos a comer. Este momento fue inolvidable, con la guía nuestra intentábamos leer en el apartado de comidas, hacíamos gestos y sonidos de cerdos, gallinas, vacas, para saber qué tipo de carne había. Al final en aquella ocasión pedimos unos escalopes con patatas que resultaron estar riquísimos.

Hall del Hotel Tatarstan

Hall del Hotel Tatarstan

Alejándonos un poco de las aventuras en el tren, volvemos a nuestra ruta, que esta vez nos llevó a Kazán, capital de la República de Tartaria. Llegamos a la ciudad bien temprano en la mañana, un caluroso viernes 6 de agosto. Aquí en Rusia hemos perdido un poco de los días de la semana, no sé nunca en qué día estoy viviendo. Encontramos el Hotel Milena, en el cual pensamos alojarnos, a 5 minutos de la estación. Este hotel merece un capítulo aparte que por lo largo que haría el relato no podré narrar. Sólo digo que es como si aún aquí no se hubieran enterado que el muro de Berlín cayó, la URSS también y que ahora viven en un sistema capitalista, que debería ser competitivo. Aquel hotel funciona aún con tickets para desayunar, mobiliarios pesados seguro comprados o intercambiados a la Rumanía de Ceaucescu, personal ineficaz, en fin, un largo etcétera de deficiencias, pero: ¡tenemos aire acondicionado! Tras una merecidísima ducha nos vamos a la calle, a descubrir un pedacito de Tartaria.

Mercado

Mercado

Caminamos a través del Mercado -especie de viaje en el tiempo- que combina un macro mercadillo destartalado y polvoriento con auténticas reliquias. Dejamos atrás la mezquita verde de Soltanov, un teatro, la Universidad Estatal de Humanidades, llegamos al Hotel Tatarstan donde está la Oficina de Turismo y el personal -compuesto por un hombre- apenas habla inglés. Desayunamos aquí cerca y seguimos.

Mezquita de Soltanov, Kazán

Mezquita de Soltanov, Kazán

boda en Tartaria

Se nota que estamos en tierra de tártaros, los rasgos faciales son diferentes, se ven pelos oscuros, ojos rasgados, una tipología diferente a la caucásica. Las calles, los letreros, todo está escrito en tártaro y en ruso. Caminamos más y más. Llegamos a la iglesia de San Pedro y San Pablo, muy linda, tanto en el exterior como en el interior con sus frescos y sus retablos, iconos por todas partes. Se está celebrando una de las tantas bodas que vemos en la ciudad -a cada paso nos encontramos con una- y pienso si para estas gentes, sencillas, quizás sin grandes aspiraciones, no será todo más fácil. Se casan muy jóvenes, tienen hijos, construyen un hogar, una familia, no hay en muchos casos “grandes expectativas” como para nosotros los occidentales. ¿Acaso no será eso la vida? El seguir un destino, un camino sin estar dudando todo el tiempo. (algunos me acusarán de simplista por este comentario).

Torre de Suyumbike e Iglesia de la Anunciación

Torre de Suyumbike e Iglesia de la Anunciación

Ponemos rumbo al Kremlin, lugar UNESCO con su Mezquita de Kul Sharif -a la que entramos-, la Torre de Suyumbike, la Iglesia de la Anunciación. Es bien bonito este lugar, desde aquí se ve el río Kazán, al otro lado, el Volga, ambos envuelven la ciudad.

Al salir, justo enfrente del Kremlin se encuentra el Museo Nacional de la República de Tartaria. Sabemos que no habrá casi nada en inglés pero nos apetece verlo. La visita se hace rápida, no es muy grande y además no hay muchos paneles explicativos, y los que hay están en ruso y tártaro, hasta ahí no llegamos…

restaurant tártaro

restaurant tártaro

Vamos a comer a una especie de taberna local, nada turística, al entrar cruzamos nuevamente una frontera y entramos en Asia Central. Las alfombras, las mesas con cojines, las ropas, pareciera que estuviéramos en algún país de la Ruta de la Seda. No sabemos qué pedimos pero está todo muy sabroso. Hay una familia en el otro lado del restaurante que nos mira y hace fotos. De repente el padre y el hijo vienen a pedir permiso para que el niño se haga una foto con Iván. No se ve a mucha gente como nosotros por estos lares, en realidad desde Moscú no hemos visto turistas, somos los únicos por aquí. Al irse la familia viene y se despide y nos hacemos fotos con algunos de ellos.

Seguimos caminando, paseando por la ciudad, algunos rincones bien podrían estar en Sarajevo de lo destartalados que están. Nos ha gustado Kazán, ha sido una buena idea venir.

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