del transiberiano y otras aventuras: último día en Moscú


catedral de San Basilio

5 de agosto, nuestro último día en Moscú. Sabíamos que estaríamos poco tiempo, por eso a pesar del cansancio nos despertamos temprano para aprovechar al máximo el dia, a las 19:20 tenemos el tren para Kazán. Hago un planning -pues Iván se ha acomodado y confía plenamente en mi criterio organizativo- para hacer un recorrido bastante completo por la ciudad que comienza en Kitay Gorod bajando hacia el Kremlin. Detrás de la catedral de San Basilio, justo al comienzo del Bolshoy Moskoretsky (un puente), llamo a mi padre para ponerlo al día del viaje, contarle la impresión que me está causando Moscú, oír su voz, la voz de mi padre que tan lejos está hoy de mí. Recuerdo cuando era pequeña y era él el que por trabajo venía a Moscú. El nombre de la ciudad sonaba lejano, la Unión Soviética parecía estar en otro planeta de lo lejos que nos decían que estaba. Recuerdo ir al aeropuerto José Martí en La Habana con mi hermano y mi madre a esperar a que llegase su vuelo de Moscú. Recuerdo también los bombones rusos, deliciosos, la lámpara blanca que le trajo a mi madre, recuerdos que ahora se acumulan en mi mente mientras hablo con él y le digo lo mucho que ha cambiado este país, la abismal diferencia de clases que hay ahora, y el caos y subdesarrollo a pesar del capitalismo.

Cruzamos el puente y caminamos, caminamos sin parar. A veces hacemos alguna foto, pero no paramos mucho. Conversamos, compramos botellas de agua cada media hora, el calor es insoportable, no hay tanto humo como ayer pero sigue habiendo una calina horrorosa. Me fijo que casi no se ven escuelas o guarderías en esta parte de la ciudad, aún no he visto ninguna, me sorprende también que casi no he visto niños, supongo que las familias con niños vivirán en barrios periféricos, alejados del centro, en edificios colmenas como los que hay en Berlín, Varsovia o La Habana.

Buscando la catedral del Cristo Salvador encontramos una oficina de correos en la cual entramos para enviar más postales y ver si puedo enviar la dichosa muñeca. Las empleadas son muy amables, estamos una media hora sentados escribiendo postales y las enviamos, con mi muñeca no hay tanta suerte, me dicen que tardará aproximadamente un mes y no me dan muchas garantías así que decido que Iván siga cargando con ella en su mochila.

Iglesia de Cristo Salvador

Cruzamos el río y estamos ante la preciosa, majestuosa y blanca catedral de Cristo Salvador. Hay una vista muy bonita desde aquí, hacemos fotos. No me dejan entrar en la iglesia por llevar shorts, de todas maneras no importa, creo que he llenado ya la cuota de iglesias de todo el viaje.

avenida moscovita

Nos vamos hasta la Novy Arbat ulitsa, una gran avenida que representa la planificación urbanística soviética. Aquí hay de todo, edificios colmenas, “cajones de bacalao”, moles de concreto de corte fascista, todo en dimensiones gigantescas que hacen sentirse pequeño, ínfimo, controlado por un poder superior. Ahora esta avenida es como una gran paradoja. Delante de murales soviéticos que representan los logros conseguidos por el Leninismo, el Comunismo y demás Ismos, aparecen vallas publicitarias anunciando hoteles, bebidas y otra serie de elementos asociados al “enemigo capitalista”. Moscú es, definitivamente, una ciudad de paradojas. Esta calle me recuerda La Rampa, hay edificios que recuerdan al Focsa, recuerdos nuevamente.

Llegamos a la Casa Blanca rusa, lugar de importantes acontecimientos. Enfrente hoy se encuentra el Hotel Radisson Royal que por su arquitectura tuvo que haber sido uno de los centros de mando de la caduca URSS. Bordeamos el río buscando todo un símbolo de aquel antiguo régimen, un edificio seguramente odiado por muchos moscovitas, el del Ministerio de Asuntos Exteriores. Al verlo quedamos impresionados, es gigantesco, gris, atemoriza aún hoy.

Ministerio de Asuntos Exteriores

Fantaseo con la cantidad de papeleo que habrá generado este ministerio, la de micrófonos puestos para espiarse unos a otros, el gran ambiente de desconfianza que habría, la de preguntas, la de mentiras

La hoz y el martillo continúan ahí, como un ojo que lo vigila todo, que controla desde aquí todo un país y gran parte de un continente. Me recuerda al ojo de Sauron en El Señor de los Anillos o al ojo del Gran Hermano que todo lo ve y todo lo sabe en 1984. Estos son los medios de control, estos son los métodos para atemorizar, pero aún no hemos visto lo peor.

Cogemos el metro en Smolenskaya y nos bajamos en Pushkinskaya para ir al Museo Estatal de la Historia del Gulag.

Museo del Gulag

Junto a tiendas de lujo, en una calle llena de Mercedes, Hammers y Audis, se encuentra este pequeño y lúgubre museo dedicado a las víctimas de la ignominia, de la represión, de la cruedad e ira de un loco como fue Stalin. En apenas dos pisos se resume la barbarie de los miles de gulags diseminados por el país entre 1917 y 1956. Casi 40 años que para muchos fue una vida entera. En el piso superior hay un vídeo que conmueve hasta las lágrimas, víctimas del sinsentido cuentan sus días allí, frases como: los seres humanos se acostumbran a todo, o: no había nombres, sólo números, y: unos guardias nos vigilaban, otros guardias vigilaban a los guardias, campos dentro de campos, no había forma de escapar. Lloro al ver el testimonio de un hombre que cuenta cómo el hambre cegaba su razón y que día tras día sólo pensaba en comer un trozo de pan blanco. Decía que ni pensaba en su familia, ni leyó un libro en diez años, que sólo pensaba en el pan. Cuánta tristeza se respira aquí.

Salgo conmovida, pienso en cómo el ser humano es capaz de algo así, cómo se puede poner la cabeza sobre la almohada y dormir sabiendo que se causa tanto sufrimiento. ¿En nombre de qué? No sé si a mi hermano, gran lector y admirador de Soljenitsin le hubiera gustado este museo.

centro comercial GUM

Volvemos caminando hacia la Plaza Roja, hacemos nuevas fotos hoy que no hay humo, y entramos al GUM, el centro comercial. Nos comemos un helado y paseamos por las tiendas, mucho lujo y poca gente, es hora ya de marcharse de Moscú, pero antes hay que comer.

Cerca del Hostel vamos a una cafetería de comida rápida estilo ruso, nos pedimos blinis y yo una sopa, no está tan mal y sale bien barato.

Recogemos las mochilas, tenemos tiempo suficiente para llegar a la estación, vamos al metro y…aquí comienzan los problemas. El metro que cogemos nos lleva a otra parada, volvemos de nuevo a Kitay Gorod a coger otro en otra dirección pero nos estamos alejando de nuestro destino. No es complicado, sólo eran 3 paradas ¿qué es lo que sucede? Vemos que uno de los metros llega a la estación y todos se bajan, y no sigue su trayectoria normal. Iván sale a tiempo y yo me quedo dentro, sola, no hay nadie, estoy atrapada y quién sabe adónde me va a llevar. Comienzo a golpear la puerta, Iván desde fuera intenta abrirla y por suerte la puerta se abre. Preguntamos a un policía cómo llegar a la Kazansky Vokzal (la estación de Kazán) y nos da una ruta alternativa desde allí. Tenemos aún tiempo, pero estamos nerviosos y vamos leyendo el nombre de las estaciones para asegurarnos que vamos en la dirección correcta.

estación de metro Komsomolskaya

La parada es Komsomolskaya, una de las más bonitas del metro moscovita que mi padre me había recomendado ver.  Nos hacemos unas fotos y subimos. Finalmente aquí, ya estamos, otra vez el tren, es bien excitante. Nos esperan 13 horas hasta Kazan, el Transiberiano ya ha comenzado. Nuestros compartimentos -estamos separados- no tienen aire acondicionado, hace un calor sofocante, no paramos de sudar. Yo estoy con dos chicas y la madre de una de ellas, buenas personas, una habla muy poco inglés y me pregunta de dónde soy. Me dice que va a Barcelona la semana próxima.

¡A dormir, mañana será otro día!

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