
Cortesía de rustinpc (Flickr)
Aquí también dejo un enlace para quien quiera conocer algo más sobre Uzbekistán, pertenece a la serie de documentales Otros pueblos, de Televisión Española. Uzbekistán. Rutas de Seda.
Por qué Uzbekistán? Y por qué no?
Bueno, para aquellos que como mis padres piensen que allí no se me ha perdido nada, yo respondo con una sóla palabra: Samarcanda. Si bien no es lo único que ver en Uzbekistán, ya sólo por ver la Plaza del Registán con sus fantásticos edificios, merece la pena un viaje a un país que entraña la historia de caravanas, de la fantástica Ruta de la Seda, tierra asolada por mongoles y reconstruida por Tamerlán, testigo de tantos pueblos que la atravesaron.
Con una extensión de 447, 400 kilómetros cuadrados y apenas casi 26 millones de habitantes, Uzbekistán es un crisol de lenguas y pueblos. Uzbekos, rusos, tayikos, kazajos, karakalpakos, tártaros y kirguises conforman una población diversa, con una mayoría que habita medios rurales, y algunos aún como nómadas, como en épocas de kanes, cuando Marco Polo pasaba por estos terrenos de Asia Central y quedaba asombrado con la belleza de las ciudades que recorrían la más famosa de las rutas hacia Catai.
La ubicación geográfica de Uzbekistán no tiene desperdicio. Tiene como vecinos a Kazajastán al norte (donde limita el Mar Aral), al nordeste Kirguistán y Tayikistán en el sudeste, al sur Afganistán y Turkmenistán al sudoeste donde el río Amu Daria, el antiguo Oxus, traza una prácticamente línea fronteriza entre estos dos países para ir a morir en el casi desértico Mar de Aral.

Tus padres nunca piensan “que allí no se te ha perdido nada” cuando hablas de una nueva aventura. En realidad, lo que siempre seguro que temen son las andaduras por algunos lugares que desgraciadamente hoy en día son poco menos que peligrosos. ¡Ojalá pudiéramos viajar por este mundo verdaderamente no tan ancho, pero sí tan ajeno, sin temor a nada! Pero seguro que a ellos les da mucha satisfacción que conozcas tantos lugares que para la mayoría de los mortales son casi inaccesibles, y que luego les cuentes de ellos, como si fueras una expedicionaria de antaño. ¡Tus padres no quieren cortarte esas alitas!