viajando por Alemania con Mitfahrgelegenheit

Hace una semana volví de un viaje de 5 días a Leipzig (ciudad que aún no conocía y de cuyos encantos hablaré en otro post). El trayecto en coche desde Berlín dura apenas una hora y media y sale muy rentable si se hace con un Mitfahrgelegenheit. ¿Y qué es Mitfahrgelegenheit? La palabra en sí viene a resumir algo así como: oportunidad de compartir un viaje.

Los alemanes son personas sumamente prudentes a la hora de gastar dinero e intentan optimizar los gastos siempre que sea posible, así que si tienen que desplazarse en coche grandes distancias, intentarán amortizar el gasto del combustible alquilando las plazas libres de que dispongan en su auto. Para ello han creado la maravillosa web http://www.mitfahrgelegenheit.de/ en la cual introduciéndose unos determinados criterios de búsqueda, ciudad de partida, ciudad de llegada, fecha, aparecen todas las opciones disponibles. El siguiente paso -una vez encontrada la opción que mejor nos parece- es contactar con el conductor, ya sea por teléfono o por email (opción menos recomendable si se piensa viajar inmediatamente). Además de la opción del coche hay otra que es la de compartir billete de tren. Eso quiere decir que si Hans (pongamos por caso), quiere viajar a Sachsen-Anhalt, puede comprar un billete de tren que se llama Länder-Ticket y que cuesta alrededor de 30 euros. En este billete van incluidas otras 4 personas, 5 contando a Hans, lo cual hace muy barato el viaje, sólo 6 euros por cada viajero. Pero Hans viaja solo así que pone un aviso en Mitfahrgelegenheit diciendo día y estación de la cual parte y hasta donde viaja y espera que otras 4 personas estén interesadas en hacer el mismo trayecto.

Muchos se preguntarán si es seguro viajar en coche con un desconocido y he aquí unas cuantas aclaraciones y consejos. Primeramente, el Mitfahrgelegenheit no es como hacer autoestop (sí, en castellano se escribe con E), las personas que ofrecen sitio en sus coches están registradas en la web del Mitfahrzentrale y si hubiese algún problema con un pasajero no tardarían en dar con la persona que puso el anuncio. Como casi todo en la vida, nada es 100 por 100 seguro y por ello recomiendo usar el sentido común. Cuando estoy buscando coche compartido intento viajar siempre con mujeres, miro siempre los anuncios puestos por chicas y las contacto en primer lugar, así me siento más cómoda. He viajado con chicas y con chicos y hasta hora nunca me he sentido incómoda o insegura, he tenido siempre muy buenos viajes con gente joven, simpática que también están viajando o viven entre dos ciudades y utilizan el Mitfahrgelegenheit muy a menudo. Otro consejo sería el de no entrar en el coche hasta que no aparezcan todas las personas que van a compartir el trayecto, quizá aparece alguien con quien simplemente no te apetece pasar 2-3 horas en un auto porque apesta, tiene pintas raras o te estornuda en la cara.

En general el Mitfahrgelegenheit suele ser una opción segura, cómoda y muy barata cuando se quiere viajar por Alemania.

Para convenceros de lo económico que es, basta con poner la diferencia de precio entre el tren y el viaje compartido en coche.

Tren Berlín-Leipzig, duración 1 hora y 15 minutos: 34 euros

Coche compartido Berlín-Leipzig, duración 1 hora y 30/45 minutos: 10 euros.

A viajar se ha dicho!

La ciudad sin manto blanco

Extraño título para la primera entrada de mi blog de este año 2012 y muchos se preguntarán a qué se debe. Para ello tengo que explicar que desde principios de enero estoy de vuelta en Berlín y que al igual que al irme aún no ha nevado, ni un mísero copo de nieve que haya durado más de 1 minuto sobre cualquier superficie, y esto es algo inexplicable, increíble, algo así como que casi una maldición. Es cierto que después del duro invierno del 2009 -en el cual durante más de 4 meses estuve viendo nieve allá donde que fuese- no tenía ganas de volver a vivir las incomodidades que implica: ponerte botas horrorosas y muy pesadas para no terminar con los pies gangrenados por la falta de circulación, llevar cuatro mil capas de ropa encima para mantenerte caliente, el quita y pon de zapatos al entrar y salir de todo lugar porque ensucias todo, el sentir que no avanzas mientras caminas porque los pies se hunden bajo una espesa capa blanca y gélida.

diversiones en la nieve

La mayoría de las personas que al igual que yo proceden de climas cálidos ansían ver nevar cuando viajan a ciudades que uno está cansado de ver en películas, fotos y postales cubiertas por el espeso manto blanco. Uno quiere simplemente ver esos copitos, tirar unas cuantas bolas, hacer un muñequito y hay hasta quien la come por el aquello de: ¿a qué sabe la nieve? Pero pocos piensan -pensábamos- lo pesado que es vivir durante meses rodeados de ella.

Ahora bien, lo que sí se hace raro, incluso a alguien que no es amante de la nieve como yo, es estar en Berlín en enero y no haber visto aún nevar. Es como ir al Caribe y que haya frío ¡no puede ser! Y así es como me siento ahora cuando veo que estamos a un pie de febrero y que si aún no ha nevado ya no lo hará y de repente siento nostalgia de ver caer algo blanco del cielo, de ver cómo el suelo se va cubriendo poco a poco de una alfombra blanca, fría, homogénea, que amortigua el sonido y da una grandísima sensación de paz, de tranquilidad alrededor.

el manto blanco

Hoy por primera vez en los últimos dos años, tengo añoranza de la nieve.

Mientras baja la nieve

Ha bajado la nieve, divina criatura, 
el valle a conocer. 
Ha bajado la nieve, mejor que las estrellas. 
¡Mirémosla caer! 

Viene calla-callando, cae y cae a las puertas 
y llama sin llamar. 
Así llega la Virgen, y así llegan los sueños. 
¡Mirémosla llegar!  

Ella deshace el nido grande que está en los cielos
y ella lo hace volar.
Plumas caen al valle, plumas a la llanada,
plumas al olivar.

Tal vez rompió, cayendo y cayendo, el mensaje
de Dios Nuestro Señor.
Tal vez era su manto, tal vez era su imagen,
tal vez no más su amor.

Gabriela Mistral

Vuelta a casa por Navidad

Si hay una época del año que espero con mucha ansiedad es la Navidad. Cuando era pequeña, me encantaba, aunque en Cuba no se celebraba como en el resto de países de tradición cristiana, sí es cierto que mi familia siempre la ha celebrado  y tanto mi hermano como yo, esperábamos con muchas ganas a que llegase el momento de poner el árbol y ver los regalos que mis padres compraban para todos – parientes y vecinos- y colocaban bajo éste.

Unos cuantos años después, la Navidad ya no es para mí época de regalos materiales, sino más bien, de regalos espirituales. Sobre todo, desde que vivo lejos de los míos y vuelvo a casa cada año para pasar con ellos unos días que espero que se alarguen pues luego me cuesta volver a la rutina berlinesa y al frío invierno alemán.

Un mes antes de Navidad siempre tengo comprado mi billete de avión, y en ese momento empieza una cuenta atrás muy personal, comienzo a contar las semanas, luego los días que quedan para estar en casa, con mis padres, mi hermano, los perros y los gatos. Pienso en la de amistades que quiero ver, la de conversaciones aplazadas, la de besos y abrazos que tengo por dar y por recibir. Y casi que rezo -es que no soy creyente- para que ninguna tormenta de nieve arruine mis planes y me deje en Berlín sin conexión aérea.

Y cuando ya sólo quedan pocas horas como esta vez, me imagino el momento del embarque, me veo en el avión, llegando al aeropuerto con ese frío en el estómago, esperando que cuando se abra la puerta de salida, ahí esté mi familia esperándome. Es mi mejor regalo, llegar a casa, estar con ellos y poder celebrar que estamos juntos de nuevo, y que estamos bien.

Feliz Navidad a todos, y que el próximo año, yo siga escribiendo, y ustedes/vosotros, me sigan leyendo.

Clärchens Ballhaus, donde aún se respira el Berlín de entreguerras

Cortesía de Patrick Wilken (Flickr)

Ayer he vuelto al Clärchens Ballhaus, donde he cenado, bailado y despedido a una buena amiga que se va a Frankfurt. Siendo este uno de mis sitios favoritos en la ciudad, es hora de dedicarle un pequeño homenaje.

Creo que conocí este lugar la primera semana que llegué a Berlín, pues buscando galerías por la Auguststrasse di con su Biergarten, en aquel momento lleno de mesitas y gente bebiendo y comiendo, aprovechando la explosión primaveral.

Más tarde he ido varias veces, con amigos, con mi madre, a fiestas de disfraces, y es un lugar donde siempre lo he pasado muy bien, por su ambiente algo decadente -que recuerda cómo sería el Berlín de entreguerras-, por su pista de baile -donde nadie tiene miedo a hacer o no el ridículo, todos se divierten-, la buena música y el buen precio que no abusa de las inmensas posibilidades de un local que casi siempre está lleno.

Fachada del Clärchens.

El Clärchens (cuyo nombre es el diminutivo de la dueña que lo fundó: Clara) ocupa un edificio decimonónico que se ve un poco descuidado desde el exterior. En cualquier otra ciudad, sería un edificio inhabitado o presto a demoler. Pero en Berlín, es toda una institución. Inaugurado justo antes de que estallase la Primera Guerra Mundial, en 1913, como salón de baile y restaurante, el edificio y el negocio sobrevivieron a la guerra para recibir los años ’20 con furor. Era el Clärchens un lugar para divertirse, para bailar, para evadirse de lo que se avecinaba. Tras la Segunda Guerra Mundial y dañado en su estructura, el edificio quedó en la zona de la República Democrática Alemana, pero continuó siendo un lugar de encuentro y diversión. Se dice que incluso gente del Oeste, de la RFA, venía a bailar por la noche a este salón que ya adquiría matices legendarios.

Al entrar es como atravesar una máquina del tiempo. Las paredes revestidas de madera oscura, los camareros con chaleco y pajarita, la música retro, mesas y sillas de tiempos que no fueron mejores y que son testigos de la convulsa historia de la ciudad. En la planta baja hay una gran pista de baile, donde según cada día de la semana, suenan ritmos diferentes. Los lunes Salsa, martes Tango, miércoles Swing, jueves Chachachá y Vals y así durante toda la semana.

Salón de Baile

Escalera. Cortesía de draculina_ak (Flickr)

Al salir a la izquierda una escalera conduce a la primera planta, la más linda, la más enigmática. Es el Salón de los Espejos, que es todo un deleite para la vista. Está conservado como si aún estuviera en el siglo XIX, con su magnífico techo de estuco, las molduras, relieves, la lámpara de cristal, los candelabros, y los espejos que dan nombre al salón. Espejos que están rajados, que han perdido azogue, y que incluso tienen marcas que hacen pensar en la guerra. Es este salón el que guarda el mejor secreto de la casa: la originalidad, el haberse mantenido intacta a pesar del paso del tiempo y las circunstancias. A la luz de las velas se puede disfrutar de una copa de vino, un café, y bailar con los habituales, pues al Clärchens, casi siempre van los mismos, salvo algunos que están de paso por la ciudad.

Salón de los Espejos. Cortesía de draculina_ak (Flickr)

Techo con molduras. Cortesía de Underpuppy. (Flickr)

Como bien contaba Steffan Wolff -gestor y parte de la familia de un negocio que hasta 2004 fue regentado por ellos mismos- “éramos como una familia, nuestros clientes venían cuando estaban contentos, pero también cuando estaban tristes. Había gente de todas las edades, de 18 a 80 años”. Incluso dice Steffan, que ” hace unos años se celebraron las Bodas de Oro de una pareja que se había conocido aquí”. Esto demuestra hasta qué punto, este lugar ha sido desde principios del siglo XX, uno de los lugares preferidos de la sociedad berlinesa, pero también de gente que venía desde distintos puntos de Brandeburgo o desde Frankfurt del Oder.

Sin lugar a dudas, el Clärchens Ballhaus es una visita inolvidable.