Tomás Saraceno y las utopías soñadas y construidas

Ayer por la mañana decidí quitarme la pereza que me había invadido durante el fin de semana y me levanté con la firme resolución de ir a ver la exposición de Tomás Saraceno en la Hamburger Bahnhof. De no haberlo hecho ayer, quizá no la hubiera visto, pues se termina el 15 de enero, y hubiera sido una pérdida imperdonable.

Contenta y muy optimista por el día tan soleado que hacía, cogí la bici y me fui pedaleando hasta el Museo de Arte Contemporáneo más destacado de Berlín, el Hamburger Bahnhof, una antigua estación de trenes que hace años cayó en desuso y fue convertida en Museo de Arte Contemporáneo albergando una magnífica colección que incluye a Joseph Beuys, Bruce Nauman, Lawrence Weiner, Dan Flavin, Robert Rauschenberg, Cy Twombly, Anselm Kiefer, Nam June Paik o Andy Warhol. En el Salón Histórico – un amplio espacio que aún conserva la armadura metálica que nos recuerda que en sus tiempos se dedicaba al servicio ferroviario y no a exponer arte-, está desplegada de manera espectacular la instalación Cloud Cities de Tomás Saraceno.

Cloud Cities, Tomás Saraceno, Hamburger Bahnhof, Berlín

Como en otras obras, esta nueva instalación creada ex profeso para el recinto berlinés va acompañada de la palabra utopía, término con el cual Saraceno está muy familiarizado, afirmando él mismo que: la utopía existe hasta que es creada. Y en Cloud Cities Saraceno toma uno de los ejemplos más destacables de arquitectura utópica del siglo XX, el concepto de ciudad flotante habitable que Buckminster Fuller dio a su cúpula geodésica por allá por los años 50.
Richard B. Fuller, un visionario, ingeniero e inventor, se preocupó -entre otras cosas- por buscar soluciones a una vida alternativa en espacios no convencionales, para lo cual creó el concepto de cúpula geodésica, resultado del montaje de estructuras simples mediante el uso del principio de la tensegridad o integridad tensional que no es más que el empleo de componentes aislados comprimidos que se encuentran dentro de una red tensada continua, de tal modo que los miembros comprimidos (generalmente barras) no se tocan entre sí y están unidos únicamente por medio de componentes traccionados (habitualmente cables) que son los que delimitan espacialmente dicho sistema. El uso de este principio estructural hace que las cúpulas geodésicas sean  muy ligeras y estables.

Detalle de una de las obras.

Partiendo de las ideas de Fuller, Saraceno despliega sus esferas envueltas en cuerdas que las mantienen flotando sobre nosotros como si de inmensas pompas de jabón atrapadas en telarañas se tratase. El efecto de antigravedad es inevitable, las esferas transparentes que quedan suspendidas sobre nosotros te atraen hacia ellas, tentando al espectador para que las toque o incluso entre a flotar en ellas (lo cual es posible, despojándose de cualquier artefacto punzante).

Visitantes dentro de las burbujas de Saraceno

Y este es uno de los aspectos que refuerza mi interés en el trabajo del artista argentino: la pérdida de fronteras entre la obra y el espectador, la interacción del público con ella, la posibilidad que hay durante un determinado espacio de tiempo de formar parte de ella.  Al ver a la gente quitándose los zapatos, anillos, pendientes y demás objetos que pudieran estropear las magníficas pompas gigantes, recordé cómo el arte puede ser lúdico en sí mismo sin necesidad de que el espectador sea un entendido sobre el actual panorama artístico. Hace años recuerdo haberme divertido como una niña dentro de una obra de otro artista sudamericano, el brasileño Ernesto NetoPero además de visitantes, los espacios habitables albergan también plantas o agua, haciendo realidad la utopía soñada de Buckminster Fuller aunque sea sólo por unos meses.

 

 

La Potsdamerstrasse está de moda

Exposición de Sarah Morris en Capitain Petzel

Pocos quizá lo vinieron venir, o no creyeron que pudiera convertirse en realidad. Tras años de supremacía de Mitte como centro neurálgico de las galerías berlinesas, o el amago de ser el nuevo Chelsea berlinés de la zona de Halle am Wasser tras la inauguración de la Hamburger Bahnhof como centro de arte contemporáneo, la zona más cool, inn o idónea para el arte contemporáneo se llama Potsdamer Strasse. Sí señores, pues en los últimos años la mayoría de galerías pesos pesados de Berlín ha cambiado su ubicación a esta zona, y ahora quien no esté en los alrededores de la Potsdamer no es nadie, o al menos, no es tan cool.

Haunch of Venison junto a la Halle am Wasser

Recuerdo cuando se decía que Wedding sería el nuevo barrio bohemio y de artisteo berlinés. Pero no señores, a Wedding le faltaba personalidad para atraer a los “bohemios”, la Stattbad con su emergente propuesta artística no ha llegado a cuajar del todo, y otras calles de la ciudad, como la Lindenstrasse y la Zimmerstrasse con su proyecto de galerías ubicadas a pocos pasos, parecen perder hegemonía frente a la nueva zona trendy.

Blain & Southern, Berlín

Respetables galerías como Arndt, Klosterfelde o Esther Schipper han decidido abrir nuevas sedes en la zona inmediata a la Neue Nationalgalerie. En los antiguos edificios del Tagesspiegel se han inaugurado nuevos espacios expositivos, siendo el de Blain & Southern el absoluto ganador en cuanto apariencia y despliegue, pues más que una galería parece una sucursal de la Tate Modern londinense. Por si fuera poco, la galería británica bautizó su espacio con una espectacular exposición de Tim Noble y Sue Webster, por si alguien dudaba del poderío insular.

Time Noble & Sue Webster: Turning the Seventh Corner, Blain & Southern, Berlín

Como es habitual, hay un lado negativo en la vertiginosa apertura de tantas galerías en esta parte de la ciudad. Y es que ahora los alquileres han comenzado a dispararse, y lo que era un barrio de clase media-baja, con mucha inmigración turca, ahora puede convertirse en una zona inaccesible para sus antiguos residentes, lo cual sería bien injusto, pues han sido ellos los que han dado forma y color a este pedazo de Berlín. Pero así está escrita la historia de las grandes ciudades, ya pasó en Nueva York, en Londres, en París, y ahora ocurre en Berlín. El arte mueve a mucha gente, pero el dinero, mueve a  mucha más.

Leer, beber, soñar

Salón del Roderich

Todo eso y algo más se puede hacer en el Kultursalon Roderich, un salón cultural y cinemateca donde lo mismo puedes leer mientras tomas un café o una sopa, que disfrutar embobado de la gran colección de películas en alquiler que tienen, o simplemente sentarte y no hacer nada mientras disfrutas del ambiente, las pinturas que decoran el lugar y te olvidas de todas las cosas que tienes por hacer. Centros híbridos o polivalentes como este -que combinan varias actividades a la vez- son muy frecuentes en Berlín, una ciudad en la cual nada es lo que parece y “el invento y reinventarse a sí mismo” está a la orden del día.

Espacio donde tomar un café mientras se disfruta de un buen libro

Lavanderías que son cafés y disponen de ordenadores y conexión a internet, peluquerías que son cafeterías, apartamentos-estudios-galerías, hostels con espacio dedicado a exposiciones, son todo ello un ejemplo de cuán necesario se ha hecho el diferenciarse de la media, el abarcar más de un área de negocio, “reciclarse”, ni más ni menos, para poder atraer a la clientela.

cinemateca

Y el Roderich es un abanderado de esta idea, desde sus comienzos hace años en el barrio berlinés de Friedrichshain se ha convertido en el referente cultural para aquellos que buscan un ambiente inspirador, películas de autor que no se encuentran en casi ningún sitio, buenos libros y conciertos de piano o ciclos de cortometrajes.  Hoy situado en Kreuzberg, un barrio tan colorido como artístico, es una de las mejores opciones a la hora de pasar una agradable mañana o tarde entre libros y películas.

Once Upon a Time…the Deutsche Guggenheim

Cuando oímos hablar del Guggenheim, a muchos nos viene a la mente el escultórico edificio neoyorquino que Frank Lloyd Wright concibió para albergar el Museo de Pintura No-Objetiva por allá por los años ’50 del pasado siglo. Otras personas, tal vez por la edad, asocian el Guggenheim con un navío de titanio que se refleja majestuosamente en la ría de Bilbao. Pero quizás son pocos los que saben de la existencia de otras tres sedes de la Fundación Solomon R. Guggenheim, en lugares tan distintos como pueden ser Venecia, Berlín y Abu Dabi.

Museo Solomon Guggenheim, Nueva York. Cortesía de BACACAC. Flickr

De todos estos museos, es quizá el de la capital alemana el menos espectacular, pues su edificio no es el resultado de un proyecto ad hoc, sino que en el inmueble ya existente se readaptaron los espacios que acogerían las exposiciones fruto de la colaboración entre el Deutsche Bank y la Fundación Guggenheim.

Deutsche Guggenheim, Berlín. Cortesía de Wikipedia

En realidad, la sede alemana es una humilde y nada pretenciosa sala de exposiciones alojada en un edificio de corte neo-barroco de los años ’20, lo cual no quita mérito a su programación, la mayor parte de ella muy comprometida con el arte contemporáneo y emergente. Si bien es cierto que el pagar la entrada para exposiciones tan pequeñas puede ser frustrante, el Guggenheim berlinés brinda la oportunidad de visitar gratuitamente sus instalaciones cada lunes. Este es siempre el día de la semana que yo elijo para visitarlo siendo ayer la última con motivo de la exposición de vídeoarte: Once Upon a Time. La muestra, comisariada por Joan Young, curadora asociada del Guggenheim de Nueva York,  consta de 6 vídeos en los cuales cada uno de los autores materializa la ficción-fantasía individual, los sueños y utopías individuales y colectivas. Nombres como Francis Alÿs, Cao Fei, Pierre Huyghe, Aleksandra Mir, Mika Rottenberg y Janaina Tschape se dan cita en Once Upon a Time, cuyos vídeos pertenecen a la colección de la Fundación Solomon R. Guggenheim.

En Whose Utopia, Cao Fei filmó durante días el trabajo en serie y deshumanizador que llevan a cabo los empleados de una fábrica de bombillas OSRAM en China. Mientras realizan las mismas tareas cada día, los trabajadores de la fábrica -como cualquier persona- sueñan despiertos, tienen proyectos, expectativas. Sueños que difícilmente pueden cumplirse con unas condiciones de trabajo tan poco inspiradoras, donde la alienación es la tónica diaria.

Francis Alÿs recurre a la mítica noción de que la Fé mueve montañas, con el vídeo Cuando la fé mueve montañas, en el cual 500 personas, voluntarios, palean arena de una duna en el extrarradio de Lima para poder moverla 10 centímetros de su lugar original, demostrando que las cosas no siempre tienen que ser como son y que el trabajo colectivo puede alcanzar grandes metas.

Con First woman on the Moon Aleksandra Mir despliega un espectáculo con ciertos tintes circenses o de feria para hacer una especie de recreación-parodia de la llegada del hombre a la luna, sólo que en este caso es una mujer la que corona un cráter de arena hecho en una playa holandesa, siendo una crítica a la famosísima frase de Neil Armstrong, “es un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la Humanidad”. Su versión feminista de la llegada a la luna, no deja de ser festiva, graciosa, esperanzadora.

One Million Kindgdoms es el nombre del vídeo de Pierre Huyghe que también aborda la temática de la supuesta (?) llegada del hombre al cuerpo celeste, protagonizado por Annlee -el personaje manga que aparece en muchas obras de Huyghe- que mientras camina por un extraño paisaje montañoso reproduce frases dichas por Neil Armstrong durante su expedición pero también textos de Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne.

Las otras dos integrantes de la exposición, Mika Rottenberg y Janaina Tschäpe, dan a luz un mundo muy peculiar. Con Dough de nuevo la temática de la fábrica y del trabajo alienante salen a relucir en el trabajo de Rottenberg, mientras que en Lacrimacorpus, el vídeo de Tschäpe, un extraño ser cuyo nombre evoca el llanto no deja de dar vueltas y más vueltas alrededor de sí mismo dentro del palacio de Ettersburg, cerca del infame campo de exterminio de Buchenwald.

Once Upon a Time (Érase una vez)… como siempre comienzan los cuentos de hadas.