La ciudad sin manto blanco

Extraño título para la primera entrada de mi blog de este año 2012 y muchos se preguntarán a qué se debe. Para ello tengo que explicar que desde principios de enero estoy de vuelta en Berlín y que al igual que al irme aún no ha nevado, ni un mísero copo de nieve que haya durado más de 1 minuto sobre cualquier superficie, y esto es algo inexplicable, increíble, algo así como que casi una maldición. Es cierto que después del duro invierno del 2009 -en el cual durante más de 4 meses estuve viendo nieve allá donde que fuese- no tenía ganas de volver a vivir las incomodidades que implica: ponerte botas horrorosas y muy pesadas para no terminar con los pies gangrenados por la falta de circulación, llevar cuatro mil capas de ropa encima para mantenerte caliente, el quita y pon de zapatos al entrar y salir de todo lugar porque ensucias todo, el sentir que no avanzas mientras caminas porque los pies se hunden bajo una espesa capa blanca y gélida.

diversiones en la nieve

La mayoría de las personas que al igual que yo proceden de climas cálidos ansían ver nevar cuando viajan a ciudades que uno está cansado de ver en películas, fotos y postales cubiertas por el espeso manto blanco. Uno quiere simplemente ver esos copitos, tirar unas cuantas bolas, hacer un muñequito y hay hasta quien la come por el aquello de: ¿a qué sabe la nieve? Pero pocos piensan -pensábamos- lo pesado que es vivir durante meses rodeados de ella.

Ahora bien, lo que sí se hace raro, incluso a alguien que no es amante de la nieve como yo, es estar en Berlín en enero y no haber visto aún nevar. Es como ir al Caribe y que haya frío ¡no puede ser! Y así es como me siento ahora cuando veo que estamos a un pie de febrero y que si aún no ha nevado ya no lo hará y de repente siento nostalgia de ver caer algo blanco del cielo, de ver cómo el suelo se va cubriendo poco a poco de una alfombra blanca, fría, homogénea, que amortigua el sonido y da una grandísima sensación de paz, de tranquilidad alrededor.

el manto blanco

Hoy por primera vez en los últimos dos años, tengo añoranza de la nieve.

Mientras baja la nieve

Ha bajado la nieve, divina criatura, 
el valle a conocer. 
Ha bajado la nieve, mejor que las estrellas. 
¡Mirémosla caer! 

Viene calla-callando, cae y cae a las puertas 
y llama sin llamar. 
Así llega la Virgen, y así llegan los sueños. 
¡Mirémosla llegar!  

Ella deshace el nido grande que está en los cielos
y ella lo hace volar.
Plumas caen al valle, plumas a la llanada,
plumas al olivar.

Tal vez rompió, cayendo y cayendo, el mensaje
de Dios Nuestro Señor.
Tal vez era su manto, tal vez era su imagen,
tal vez no más su amor.

Gabriela Mistral

Vuelta a casa por Navidad

Si hay una época del año que espero con mucha ansiedad es la Navidad. Cuando era pequeña, me encantaba, aunque en Cuba no se celebraba como en el resto de países de tradición cristiana, sí es cierto que mi familia siempre la ha celebrado  y tanto mi hermano como yo, esperábamos con muchas ganas a que llegase el momento de poner el árbol y ver los regalos que mis padres compraban para todos – parientes y vecinos- y colocaban bajo éste.

Unos cuantos años después, la Navidad ya no es para mí época de regalos materiales, sino más bien, de regalos espirituales. Sobre todo, desde que vivo lejos de los míos y vuelvo a casa cada año para pasar con ellos unos días que espero que se alarguen pues luego me cuesta volver a la rutina berlinesa y al frío invierno alemán.

Un mes antes de Navidad siempre tengo comprado mi billete de avión, y en ese momento empieza una cuenta atrás muy personal, comienzo a contar las semanas, luego los días que quedan para estar en casa, con mis padres, mi hermano, los perros y los gatos. Pienso en la de amistades que quiero ver, la de conversaciones aplazadas, la de besos y abrazos que tengo por dar y por recibir. Y casi que rezo -es que no soy creyente- para que ninguna tormenta de nieve arruine mis planes y me deje en Berlín sin conexión aérea.

Y cuando ya sólo quedan pocas horas como esta vez, me imagino el momento del embarque, me veo en el avión, llegando al aeropuerto con ese frío en el estómago, esperando que cuando se abra la puerta de salida, ahí esté mi familia esperándome. Es mi mejor regalo, llegar a casa, estar con ellos y poder celebrar que estamos juntos de nuevo, y que estamos bien.

Feliz Navidad a todos, y que el próximo año, yo siga escribiendo, y ustedes/vosotros, me sigan leyendo.

La niña cuyo nombre no recuerdo

La excitación y felicidad de la jornada anterior dan paso a otro largo día que será el preámbulo a nuestra vuelta a Ulan Bator. Durante 2 días estaremos en marcha para volver a la capital mongola y partir hacia China. Pero antes damos un paseo en camello por las dunas de Khongoryn Els guiados por una señora mongola cuya cara no vemos porque va tapadísima y tras despedirnos de las majestuosas arenas del desierto ponemos rumbo hacia uno de los lugares más famosos de Mongolia, conocido con el nombre de Flaming Cliffs.

yendo a camello

señora de los camellos

Flaming Cliffs -Bayanzag en mongol- es el nombre con el cual se conoce un cañón rojizo que se encuentra al norte del Parque de Gurvan Saikhan.

Este enclave se hizo muy famoso con las excavaciones llevadas a cabo por Roy Chapman Andrews, explorador y naturalista norteamericano que en los años ’20 estando a cargo de una expedición en la zona, encontró gran cantidad de restos de dinosaurios que hoy se encuentran diseminados en museos de Historia Natural a lo largo del globo. Muchos de los tours que se centran en el Gobi tienen parada obligada entre estas rocas y arenas rojizas, y nosotros no fuimos la excepción.

Flaming Cliffs

hasta aquí crecen arbustos

El paisaje es precioso, pues la combinación del rojo del suelo y el azul del cielo crean un marco incomparable.
Nos quedamos un rato explorando el lugar, nos sentamos a conversar y poco antes de caer la noche nos vamos hacia una especie de campamento donde pasaremos nuestra penúltima noche. Esa noche no puedo comer, el cordero ya me tiene asqueada y prefiero esperar al desayuno.

Al día siguiente nos vamos bien temprano. Será nuestra última aventura juntos, nuestras últimas horas en Mongolia y aunque tengo ganas de ver China, siento que no quiero irme aún, aunque sí que ansío llegar a la ciudad y darme una ducha, creo que la temática ducha y comida acapara nuestra conversación a lo largo del día.

A mediodía paramos para comer y Gianluigi se ofrece para preparar los espaguetis. Otro día más con Gotov cocinando y dejamos de comer. Así que nos ponemos todos manos a la obra, vamos a un pozo a sacar agua y en un santiamén la pasta a la napolitana -o lo que se intenta hacer para que lo parezca- está lista. Tenemos mucha hambre y el sabor mediterráneo de los espaguetis de Gianluigi es una tentación que no puede desaprovecharse, así que no dejamos nada, los platos están relucientes.

los espaguetis de Gianluigi

En nuestro camino hacia Ulan Bator pasamos por un pueblo en el cual hay un templo budista muy bonito. Intentamos entrar pero no aparece nadie para abrir el candado, yo me niego a irme sin verlo, pero se está haciendo tarde y no hay más remedio que irse.

escultura del templo

Finalmente llegamos al ger donde pasaremos la última noche. Es la misma familia de nuestra primera comida durante el viaje, pero se han movido a una especie de valle bien verde para que el ganado pueda alimentarse.

Es un matrimonio muy joven, con un hijo. Yo pensaba que era un niño pero después de unas horas, me entero de que es una niña. La madre me dice el nombre, un nombre que no consigo recordar porque era demasiado largo y complicado. La niña tiene mucha curiosidad, nos mira, posa para las fotos, pero es tímida, si la quieres cargar o abrazar, se escapa y busca a su madre.

nuestro último hogar

Este lugar es inmejorable para terminar nuestro viaje. Unas montañas con crestas rocosas se alzan a un lado y a lo lejos, cerca del horizonte, vemos una superficie blanca, sentimos curiosidad y allá vamos Iván y yo, a ver qué hay. Susana y Gianluigi se van a explorar la montaña. Está atardeciendo y no nos damos cuenta de lo lejos que está la salina. Parece estar cerca pero durante casi una hora caminamos para alcanzarla. Ha anochecido, una inmensa luna alumbra gran parte del campo y oímos el ruido de patos que emigran, es raro, ¿adónde? No hay agua cerca de aquí, ¿de dónde vienen y adónde irán?

la salina

salina

Volvemos con prisa hacia el ger, tardamos de nuevo mucho rato, y a pesar de la luna, ya no se ve nada. Al llegar nos dicen que el hombre de la casa ha salido a buscarnos y que estaban preocupados, pero yo pienso, ¿preocuparse en un sitio así? ¿De qué? Aquí me siento tan segura.

Es la última noche y no puedo dormir. Pienso en todo lo que hemos visto y sentido, ha sido tan intenso, la vida parece tan intensa que tengo miedo a dormirme y perder esas horas.

A la mañana siguiente le damos a la niña unos colores que habíamos traído para regalar. Nunca ha dibujado y le enseño. Todos los niños son iguales, no importa si son de Mongolia, Ghana, Suecia o Perú, todos son iguales. Le enseño a hacer círculos y los repite, está concentrada, feliz porque está aprendiendo. Sale de la casa con el paquete de colores y se lo enseña a su madre muy orgullosa. Durante toda la mañana no los suelta, los aprieta contra su pecho, son su nuevo tesoro.

dibujando juntas

la niña y sus colores

Nuevamente pienso en lo poco que necesitamos para ser felices. Y estoy segura de que la felicidad de estos nómadas mongoles es mucho más completa que la que tenemos nosotros en casa, porque siempre deseamos tener más, y quizá no nos damos cuenta de que tenemos todo lo que hace falta para ser felices. Salud, libertad, familia, amigos. Es nuestra la decisión de ser felices con ello o sentirnos infelices por lo que no tenemos. Mongolia me ha dado una gran lección de vida y el recuerdo de este viaje, de este país y de su increíble gente quedan hasta hoy en mi corazón.

Gracias Mongolia, no cambies.

 

Tomás Saraceno y las utopías soñadas y construidas

Ayer por la mañana decidí quitarme la pereza que me había invadido durante el fin de semana y me levanté con la firme resolución de ir a ver la exposición de Tomás Saraceno en la Hamburger Bahnhof. De no haberlo hecho ayer, quizá no la hubiera visto, pues se termina el 15 de enero, y hubiera sido una pérdida imperdonable.

Contenta y muy optimista por el día tan soleado que hacía, cogí la bici y me fui pedaleando hasta el Museo de Arte Contemporáneo más destacado de Berlín, el Hamburger Bahnhof, una antigua estación de trenes que hace años cayó en desuso y fue convertida en Museo de Arte Contemporáneo albergando una magnífica colección que incluye a Joseph Beuys, Bruce Nauman, Lawrence Weiner, Dan Flavin, Robert Rauschenberg, Cy Twombly, Anselm Kiefer, Nam June Paik o Andy Warhol. En el Salón Histórico – un amplio espacio que aún conserva la armadura metálica que nos recuerda que en sus tiempos se dedicaba al servicio ferroviario y no a exponer arte-, está desplegada de manera espectacular la instalación Cloud Cities de Tomás Saraceno.

Cloud Cities, Tomás Saraceno, Hamburger Bahnhof, Berlín

Como en otras obras, esta nueva instalación creada ex profeso para el recinto berlinés va acompañada de la palabra utopía, término con el cual Saraceno está muy familiarizado, afirmando él mismo que: la utopía existe hasta que es creada. Y en Cloud Cities Saraceno toma uno de los ejemplos más destacables de arquitectura utópica del siglo XX, el concepto de ciudad flotante habitable que Buckminster Fuller dio a su cúpula geodésica por allá por los años 50.
Richard B. Fuller, un visionario, ingeniero e inventor, se preocupó -entre otras cosas- por buscar soluciones a una vida alternativa en espacios no convencionales, para lo cual creó el concepto de cúpula geodésica, resultado del montaje de estructuras simples mediante el uso del principio de la tensegridad o integridad tensional que no es más que el empleo de componentes aislados comprimidos que se encuentran dentro de una red tensada continua, de tal modo que los miembros comprimidos (generalmente barras) no se tocan entre sí y están unidos únicamente por medio de componentes traccionados (habitualmente cables) que son los que delimitan espacialmente dicho sistema. El uso de este principio estructural hace que las cúpulas geodésicas sean  muy ligeras y estables.

Detalle de una de las obras.

Partiendo de las ideas de Fuller, Saraceno despliega sus esferas envueltas en cuerdas que las mantienen flotando sobre nosotros como si de inmensas pompas de jabón atrapadas en telarañas se tratase. El efecto de antigravedad es inevitable, las esferas transparentes que quedan suspendidas sobre nosotros te atraen hacia ellas, tentando al espectador para que las toque o incluso entre a flotar en ellas (lo cual es posible, despojándose de cualquier artefacto punzante).

Visitantes dentro de las burbujas de Saraceno

Y este es uno de los aspectos que refuerza mi interés en el trabajo del artista argentino: la pérdida de fronteras entre la obra y el espectador, la interacción del público con ella, la posibilidad que hay durante un determinado espacio de tiempo de formar parte de ella.  Al ver a la gente quitándose los zapatos, anillos, pendientes y demás objetos que pudieran estropear las magníficas pompas gigantes, recordé cómo el arte puede ser lúdico en sí mismo sin necesidad de que el espectador sea un entendido sobre el actual panorama artístico. Hace años recuerdo haberme divertido como una niña dentro de una obra de otro artista sudamericano, el brasileño Ernesto NetoPero además de visitantes, los espacios habitables albergan también plantas o agua, haciendo realidad la utopía soñada de Buckminster Fuller aunque sea sólo por unos meses.